viernes, 19 de noviembre de 2010

PARTE II CAPITULO VI COOPERACIÓN DE MARÍA EN LA SANTIFICACIÓN DEL HOMBRE

PARTE II

CAPITULO VI
COOPERACIÓN DE MARÍA EN LA SANTIFICACIÓN DEL HOMBRE

[Antonio Orozco Delclós, Introducción a la Mariología]

Finalidad de la Encarnación (Propter nostran salutem)

Hemos de prestar ahora particular atención a un hecho que nos importa sobremanera. Todo el magnífico retablo de maravillas que Dios ha puesto en el “ser” de María - Inmaculada Virgen Madre de Dios Asunta y Reina... - tiene una finalidad que no termina en Ella, sino en nosotros, sus hijos. No decimos en el Hijo, sino en los hijos, porque si el mismo Verbo se hace hombre propter nostram salutem (por nuestra salvación y santificación), María es concebida en la mente de Dios - y como consecuencia en el seno de su madre -, con vistas a nuestra salvación. María ha sido creada para recuperar el designio creador original sobre la Humanidad y llevarlo a su plenitud mediante la redención y elevación del hombre a la vida intratrinitaria.

En este capítulo vamos a estudiar más directamente, aunque nos haya salido al paso en los anteriores, el lugar que le ha sido otorgado a María en la obra de la redención y santificación del hombre. Tan relevante es que bien se ha llamado a María, Corredentora, en un sentido muy literal y estricto. Como es lógico, dentro de la economía de la Redención, la corredención implica santificación. Si María corredime con Cristo Redentor, María santifica con Cristo santificador. La cuestión esencial es: ¿María, propiamente, es causa de redención y santificación en el Cuerpo Místico?

Trataremos de ver que, en efecto, quiso Dios (en su libre y eterno designio) asociar a la obra de su Hijo, una Mujer, María, al extremo de que también Ella fuera en verdad causa de la salvación del género humano. Quizá tal aserto pueda parecer a primera vista una disparatada hipérbole. Sin embargo es una verdad cierta, en perfecta armonía con todos los demás misterios salvíficos y contenida tanto en la enseñanza de los Padres como en el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia. Para comprenderlo, nos conviene considerar a grandes trazos el designio divino sobre la Humanidad antes y después de la caída original. No será un rodeo en vano.

El pecado original y la unidad del género humano

Sucede con frecuencia que nos preguntamos: ¿cómo es posible que el pecado de Adán y Eva se transmita por generación a todos sus descendientes, por alejados que se encuentren de aquella lamentable caída? ¿Qué tengo que ver yo con ellos para sufrir lo que personalmente sólo incumbe a la primera pareja humana?

Planteada así la cuestión tiene muy difícil respuesta, por no decir imposible. Se trata no de cuestionarse el hecho, que está ahí, que lo vivimos todos los días y se contiene en la divina revelación. Menos aún cabe a un hijo de Dios pedir cuentas a un Padre que ha entregado la vida de su Unigénito por nuestra salvación eterna. Lo pertinente es indagar en el hecho y en sus consecuencias perceptibles, para ver si hallamos en ellos una respuesta satisfactoria, por misteriosa que resulte. Lejos de negar, nos confirmará en las verdades incuestionables. No hemos de temer al misterio, que, cuando es verdad, es siempre luz que permite ver más de lo que esperábamos.

Si yo me encuentro con el pecado original en mi sangre y en mi espíritu, ha de haber una razón suficiente, he de hallar su principio en el Principio Absoluto, universal, es decir, el Amor de Dios. Y ahí, en efecto, se encuentra la respuesta.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Dios, Uno por naturaleza es Trino en Personas: unidad y pluralidad, unidad y diversidad. Dios, enseña Juan Pablo II, «es Familia», porque en El hay Paternidad, Filiación y la esencia de la familia que es el Amor. Por eso crea al hombre “varón y varona”, para que formen una familia, un “unum” a imagen de Dios-Familia. El inconmensurable número de miembros de la gran familia humana no había de ser obstáculo, al contrario, para la unidad, como la diversidad no es obstáculo para la Unidad del único Dios verdadero.

Cada persona humana (inmultiplicable, irrepetible) posee - a diferencia de lo que acontece en la Trinidad - una naturaleza numéricamente distinta a la que poseen las demás, pero en todos la naturaleza es esencialmente la misma. La persona es siempre una nueva creación. La naturaleza se multiplica por generación. La procreación humana da lugar a nuevas personas que comparten la misma naturaleza. Aunque todos tenemos una naturaleza numéricamente distinta, tenemos la misma naturaleza de Adán y Eva, creados ellos para ser “dos en una sola carne”: una unidad de dos, con una misma esencia; llamados a un mismo fin. Ellos debían “crecer y multiplicarse”, ser los padres de una familia numerosísima, que llenara primero la tierra y después el Cielo. Una pluralidad de personas formando una estrecha y vital unidad. La magnitud del número no sería obstáculo para ser verdaderamente una familia, a imagen de la Familia que es Dios. La unión de los miembros de la familia humana había de ser el reflejo de la unión de las Personas divinas (en Dios, cada una “es” enteramente “en” las otras).

Según el plan divino original, a la unidad biológica, afectiva, espiritual, entre los miembros de la Humanidad, se añadiría la unidad en la participación común en la vida sobrenatural de la Gracia santificante (participación en la vida de Dios). Sería la “común unión”; en una palabra, la “comunión”, en una misma vida humana y en la vida de la tres Personas divinas. Ese era el gran designio divino que afirmaba, como sólo El puede hacerlo, la unidad en la diversidad de la familia humana.

El pecado desbarata ese designio. Adán y Eva quiebran en ellos el amor de Dios, el vínculo de la unidad. Y como nadie puede dar lo que no tiene, se transmite la vida humana privada de los dones sobrenaturales y preternaturales que poseía al principio y, en cambio, carga con la fractura, causada por el pecado, entre Dios y el hombre y de los hombres entre sí. La familia humana ha perdido cohesión y pronto hará acto de presencia el crimen (Caín). La naturaleza humana se multiplicará sin la vida sobrenatural de la gracia que Dios le había otorgado al principio, con la debilidad de una criatura violentamente autoalejada del Creador.

Sin embargo, persiste algo que en Teología se llama solidaridad y es mucho más que un sentimiento, un deseo, un querer o una actividad. Es una “común unión”, una comunión vital. Hay una corriente vital, de vida, imperceptible a los sentidos, misteriosa, pero real, que recorre nuestra gran familia desde el principio al fin. La suerte de un miembro de la humanidad está en conexión vital con todos los demás. Por desgracia, el pecado nos ha hecho participar a todos en el mal. Nacemos en una “común unión” en el mal causado por nuestros primeros padres. Pero o félix culpa!, canta la Iglesia: ¡oh, qué gran suerte, qué maravilloso ha sido encontrarnos involucrados en la culpa original, porque, por mala e indeseable que sea aquella, da ocasión al Amor de Dios de manifestar su inmensidad. El pecado original “nos ha merecido” - tan inmensa es la Misericordia - un Redentor que es el mismo Verbo de Dios, la Segunda Persona divina, que se ha hecho hombre en las entrañas purísimas de María!

Pero Dios sigue suspirando por lo que Cristo Jesús, próximo ya a consumar la Redención, pedirá al Padre: «que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti» [1]. Y he aquí una maravilla que vale la pena ponderar sin descanso: «El Hijo de Dios mediante su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre». Y, como ha señalado Juan Pablo II, «no se trata del hombre ‘abstracto’, sino del hombre real, del hombre ‘concreto’, ‘histórico’. Se trata de ‘cada’ hombre... en su única e irrepetible realidad humana (...). El hombre tal como ha sido “querido” por Dios, tal como El lo ha “elegido” y eternamente llamado, destinado a la gracia y a la gloria, tal es precisamente “cada” hombre, el hombre “más concreto”, el “más real”; éste es el hombre, en toda la plenitud del misterio, del que se ha hecho partícipe en Jesucristo, misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes en nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la Madre» [2].

Estas palabras de Juan Pablo II están llenas de una luz que nos permite ver con claridad, en lo que cabe, el maravilloso misterio del Cuerpo Místico de Cristo y, por medio de él el de nuestra unión con Cristo y María. El Cuerpo Místico (con mayúsculas) de Cristo es, en realidad, una sanación y elevación del cuerpo místico (con minúsculas) que ha sido desde el principio la Humanidad.

Hay un momento en que Cristo Jesús nos revela aquel fin final que persigue Dios con la creación del hombre y su redención: «ut omnes unum sint», que todos sean uno (“unum”); pero no de cualquier manera, sino «sicut tu Pater in me et ego in te»:

«Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (...) Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno (“unum”), y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí»[3].

Palabras de grandeza y hondura incomparables. Dios quiere introducirnos en la vida íntima de la Trinidad de un modo tal que el Verbo puede decir, a lo humano: como el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre, que tan “unum” son, que son “una sola cosa”, una sola naturaleza, numéricamente una.

¿Cómo es posible tan impresionante misterio? El pecado nos ensombrece el entendimiento. La humanidad somos desde el principio “unum”. Adán y Eva son en verdad nuestros primeros padres. Y formamos con ellos un “unum”, que explica que su pecado (el pecado original originante) sea personalmente suyo, pero naturalmente nuestro. El pecado original originado, no es personal nuestro, pero es de nuestra familia. Es una carencia de santidad y un deterioro de la naturaleza que nos afecta íntimamente, porque somos de la misma carne y sangre que Adán y Eva.

El pecado original originado (lo que se nos transmite del pecado original originante) no se explica a partir de la pregunta: ¿cómo se comprende que yo tenga que cargar con una culpa que sólo concierne a los lejanísimos Adán y Eva? Es una cuestión metodológicamente mal planteada. Lo pertinente es: ¿cómo es posible el hecho de que me afecte tan profundamente el pecado de Adán y Eva? Y se explica bastante bien concluyendo que yo soy “unum” con ellos, que a su vez eran “unum” entre ellos (dos en uno, duo in carne una). Solidaridad vital entre los que tienen en las venas la misma sangre. Y como, en nuestro caso, la “sangre”, los “huesos”, nuestro cuerpo entero es “personal” (de personas con alma espiritual) hay también una solidaridad espiritual entre todos los miembros de la humanidad. Por eso, de una forma misteriosa, pero estrictamente “natural”, somos “unum” en Adán y Eva (que eran “unum” entre sí).

El pecado deteriora el “unum” humano original. La ilusión divina, queda frustrada. Pero Dios no quiere perder la familia que ha creado a su imagen. Envía a su Unigénito al mundo, que se haga uno de los nuestros –Emmanuel, Dios con nosotros- y con la fuerza infinitamente unitiva del Amor divino infunda en el “unum” humano savia nueva, capaz de restaurar el “unum” perdido y elevarlo e introducirlo en el “Unum” divino trinitario. Es una maravilla tan impresionante como cierta. Tanto, que San Agustín, con su poderosa inteligencia ilustrada por la Fe, alcanza a comprender una síntesis formidable: sólo hay dos hombres: Adán y Cristo.

Gracias a esa solidaridad, se ha llevado a efecto entre Cristo y la humanidad el admirabile commercium (maravilloso intercambio), por el cual Cristo carga sobre sí con todo el cúmulo de pecados de los hombres, satisfaciendo con sobreabundancia por ellos ante el Padre. Ahora, los hombres podemos ser interiormente renovados por la gracia de Dios y ser «constituidos justos» [4], cuando se nos aplican los méritos de la vida, pasión y muerte del Señor. Por la solidaridad de toda la humanidad con Adán «entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte... incluso sobre aquellos que no pecaron con una transgresión semejante a la de Adán» [5]. De modo similar y con mayor fuerza, por la solidaridad con Cristo, el «nuevo Adán», podrán los hombres «recibir en abundancia la gracia y el don de la justicia» [6]. Gracias a la solidaridad natural que cohesiona al género humano, Cristo se erige en Cabeza de la humanidad renovada, revitalizada, llamada con más fuerza que nunca a la santidad original, más aún, a la superación de la original filiación divina, porque ahora se nos ha dado el poder de llamarnos - y ser de veras - hijos en el Hijo [7], formamos con Cristo y en Él un mismo Hijo del Padre [8].

Sólo así somos capaces de entender el pecado original originado y la redención operada por Cristo; sólo así podemos meternos a fondo en el misterio de María, nueva Eva. Por eso hemos dado un aparente rodeo.

María Nueva Eva, Madre de los vivientes

Adán es «nadie» sin Eva y viceversa (porque no es concebible una persona sola, sea humana, angélica, o divina). La familia humana tiene un padre y una madre y ambos son miembros absolutamente necesarios para que haya un “unum” verdaderamente humano, imagen de la Trinidad. Para restaurar y elevar el “unum” humano hasta la intimidad de la Trinidad de Dios Uno, bastaba un hombre-Dios, el Verbo encarnado. Pero aunque no sea menester, ni quepa, estrictamente hablando, simetría alguna, la redención y santificación del hombre no hubiera sucedido de la manera mejor posible - adecuada al modo de ser humano - si el Redentor hubiese sido un «varón solitario». Jesucristo es el Redentor, el Nuevo Adán - así le llama ya San Pablo -, el Dios humanado, el hombre-Dios, la Vida necesaria al «unum» humano para zarpar de nuevo hacia su destino bienaventurado.

Pero, aunque podía, no convenía, no era adecuado, digámoslo de una vez, no hubiera sido «perfectísimo», y por ello no quiso la Trinidad que el Redentor redimiese solo, que el Santificador santificase solo, que el Verbo divinizase solo. Es más, lejos del temor luterano (a que la acción de la criatura ensombrezca, oculte o acaso anule la acción divina), la Trinidad decide, congruentemente con la obra de la creación, realizar la redención con la cooperación de cada hombre concreto. Bien lo comprendió San Pablo cuando escribió a los Colosenses que se gozaba en sus padecimientos (in passionibus) por ellos, ya que así cumplía en su carne lo que falta (ea quae desunt) a los padecimientos de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia [9]. Cristo cuenta con Pablo para la salvación del mundo y la vida de la Iglesia. Pablo, como todo fiel cristiano, en cierto sentido «complementa» a Cristo en la obra de

CAPÍTULO VII MARÍA, MADRE Y MEDIADORA DE LOS HIJOS DE DIOS

CAPÍTULO VII

MARÍA, MADRE Y MEDIADORA DE LOS HIJOS DE DIOS
[Antonio Orozco Delclós, Introducción a la Mariología]

Estudiemos ahora, más en concreto, la maternidad espiritual que la Virgen María posee y ejerce sobre todos los hijos de Dios, como consecuencia de su maternidad divina, que se inicio en la sustancia de su fe (la fe es la « sustancia » de lo que se espera [1]). María es Madre nuestra no en un sentido natural - esto es obvio -, pero sí en un sentido real, sobrenatural y místico, porque es Madre de Cristo, no sólo de la Persona de Cristo por haber engendrado su naturaleza humana, sino del Cristo total (Cabeza y miembros).

Hemos visto que María está maternal y divinamente asociada con Cristo Cabeza de la Iglesia. He aquí cómo se expresa S. Pío X: «¿No es acaso María Madre de Cristo? Pues también es Madre nuestra. Todos deben tener muy presente que Jesús, que es el Verbo de Dios hecho carne, es también el Salvador del género humano. Ahora bien, en cuanto Dios-Hombre, El adquirió un cuerpo concreto como los demás hombres. Pero en cuanto Salvador de nuestro linaje, consiguió un cierto cuerpo espiritual o, según se dice, místico (...) Por consiguiente, la Virgen no concibió tan sólo al Hijo eterno de Dios para que, recibiendo de Ella una naturaleza humana, se hiciese hombre; sino también para que, mediante esta naturaleza recibida de Ella, fuese el Salvador de los mortales (...) Así, pues, en el mismo seno virginal de la Madre, asumió Cristo para sí una carne y, al mismo tiempo, adquirió un cuerpo espiritual, el cuerpo formado por aquellos que habían de creer en El. De tal forma, que puede decirse que María, cuando llevaba en su seno al Salvador, gestaba también a todos aquellos cuya vida estaba contenida en la vida del Salvador. Así pues, todos cuantos estamos unidos con Cristo y, según frase del Apóstol, somos, ‘miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos’ [2], hemos salido del seno de María a semejanza de un cuerpo unido con su cabeza. De donde, en un sentido ciertamente espiritual y místico, nosotros somos llamados hijos de María y Ella es Madre de todos nosotros. Madre en espíritu, pero evidentemente Madre de los miembros de Cristo, que somos nosotros» [3]. El realismo con se expresa San Pío X es impresionante e inequívoco: María es Madre en un sentido propio. María nos ha engendrado en Cristo, nos ha alumbrado en Cristo, nos nutre en Cristo.

Se trata de una inefable dignación, de misericordia y de bondad, que el Espíritu del Padre y del Hijo no sólo nos conforme al Hijo, para poder exclamar «Abbá, Padre»; sino que también nos infunda un espíritu de filiación a María, por el que podamos igualmente exclamar: «Madre, Madre»...

La espiritualidad de esa nueva vida no niega, al contrario, la consistencia, la intensidad, la realidad de la vida de que se habla.

Maternidad universal

La Maternidad espiritual de María tiene una dimensión universal, porque todo hombre de algún modo está unido a Cristo mediante la Encarnación. Ahora bien ¿María es madre de todos los hombres - desde los más santos a los más pecadores - de la misma manera y en el mismo grado? Para responder a esta cuestión cabe acudir a la analogía con la unión de los hombres con Cristo: «Cristo es cabeza de los hombres, pero en diverso grado. Primera y principalmente es cabeza de aquellos que actualmente están ya unidos con El por la gloria; en segundo lugar, es cabeza de los unidos a El por la gracia y la caridad; el tercer grupo de quienes Cristo es Cabeza son aquellos que tienen fe, y por ella se unen a Cristo, aunque no tienen Gracia; en cuanto término, Cristo es también Cabeza de aquellos que no están unidos a El ni por la Gracia ni por la fe, pero que están en potencia de unírsele y realmente se le unirán (...); finalmente, es cabeza aun de aquellos que de ningún modo están unidos a Cristo, ni se le unirán (aunque podrían hacerlo) (...); y sólo éstos dejan totalmente de ser miembros de Cristo cuando mueren, porque entonces pierden para siempre hasta el poder de unirse con Cristo» [4].

Según esto, cabe decir que María es Madre de los bienaventurados del Cielo de modo “excelente”; es Madre de las personas en gracia de modo “perfecto”, ya que estas poseen vida sobrenatural completa; es Madre de los cristianos en pecado mortal de modo “imperfecto”, porque estos no tienen vida sobrenatural completa, sino únicamente su inicio, que es la fe; es Madre de modo “potencial” o “de derecho” respecto a los no bautizados, ya que está destinada por Dios a engendrarlos en la perfecta vida sobrenatural. De los condenados que se hallen en el infierno, María no es Madre en modo alguno [5], pues ya no les cabe en absoluto la unión con Cristo.

Sin embargo, mientras nos encontremos en la tierra, siempre podremos exhibir el título que asume san Josemaría en uno de sus entrañables textos: «¡Madre mía! Las madres de la tierra miran con mayor predilección al hijo más débil, al más enfermo, al más corto, al pobre lisiado... / - ¡Señora!, yo sé que tú eres más Madre que todas las madres juntas... - Y, como yo soy tu hijo... Y, como yo soy débil, y enfermo... y lisiado... y feo... » [6]

Madre de la Iglesia

Existe, pues, una realidad misteriosa en María por la que puede y debe llamarse «Madre nuestra»: «es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella cabeza, por lo que también es saludada como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y caridad y a quien la Iglesia Católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima»[7]. María, por ser Madre de la Iglesia, no está «fuera de ella», sino todo lo contrario: es miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia. Siendo Madre de Dios, está adornada con todas las especiales gracias de que el Señor quiso dotarla para que fuera digna Madre de su Hijo divino y la generosa cooperadora con Cristo en la obra de la Redención. Por lo cual, unida íntimamente a Dios y a la obra redentora de Cristo con una fe heroica, una esperanza firme y una ferviente caridad, es, a la vez, prototipo y ejemplar eximio de la Iglesia y de su acción salvífica. Todo el influjo de gracia que le viene a la Iglesia, también a María, procede del único principio que es Cristo. María no es creadora, sino receptora (recibe la gracia de Cristo), pero de modo singular y eminente, al extremo de poder llamarse en verdad procreadora de esa vida que Ella posee (recibida) en plenitud.

Madre de la divina Gracia

María vive en el Padre y toma parte en su Paternidad; y vive en el Espíritu Santo tomando parte en su Amor personal; es unum con el Hijo, de modo esencialmente superior al de cualquiera de los que Jesús hace «unum» con El (según el «ut omnes unum sint, sicut tu Pater in me et ego in te»). Si un buen cristiano es y, sobre todo, será “unum” con Cristo Jesús, ¿qué nivel de unidad - sin merma alguna de la personalidad, al contrario - habrá alcanzado la Virgen María? Su relación con cada una de las Personas divinas parece reforzar o enriquecer su relación con las otras dos, en una suerte de espiral que a nosotros nos puede suscitar dulce vértigo. Es una como Madre, con Dios Hijo. Es Madre en Dios Padre; es la Enamorada por excelencia en el Amor que es el Espíritu Santo. Inmersa en la Vida misma, si alguna criatura puede ser dadora de vida, es sin duda María.

La Gracia santificante es vida, misteriosa pero verdadera participación («tomar parte») en la vida divina, «germen» de Dios (semen Dei [8]). «Hemos sido engendrados de nuevo, no de un germen corruptible (ex semine corruptibile), sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios, viva y permanente» [9]. La filiación divina adoptiva, se llama «adoptiva» porque no es «natural»: no nacemos viviendo vida de Dios; pero al ser adoptados por Dios Padre, el Espíritu Santo nos infunde una vida nueva, que es verdadera vida de comunión con Dios en Cristo: «El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» [10]. Y tiene las características de toda vida creada: concepción, gestación, nacimiento, desarrollo, plenitud. Comienza a vivir como una semilla (semen), incluso frágil, fácilmente destructible (por el pecado), y acaba siendo la vida robusta, indestructible, plena de Dios de los bienaventurados en el Cielo. Esta vida tiene su principio absoluto en la Trinidad, de modo personal en la Persona del Espíritu Santo. Esta vida, en virtud de la unión hipostática, llena la humanidad de Cristo Redentor, Cabeza de la nueva humanidad. Pero también inmediatamente a la que es extraordinariamente “unum” con El, carne de su carne y hueso de sus huesos.

No es de sorprender, aunque sí de admirar, que Dios disponga que la difusión o multiplicación de la vida sobrenatural (divina por participación), dependa no sólo de El, sino del querer de la Madre del Redentor, dotada de cierta plenitud de Gracia ya en el momento de la Concepción Inmaculada, y de plenitud sin restricción alguna desde el momento de la Asunción.

¡Cuántas veces San Pablo habla de un vivir en Cristo! Se vive de auténtica vida. Vida con un poder de fecundidad maravilloso. Al extremo que el mismo Apóstol puede exclamar: «yo os he engendrado por el Evangelio» [11]; o «hijitos míos, por los que otra vez tengo dolores de parto» [12].

Es tanta la bondad de Dios, que parece querer darnos todo lo que puede de Sí mismo a cada uno de sus hijos, con la diversidad que sea menester. Nos hace partícipes de su paternidad - capaces de engendrar espiritualmente -; nos hace partícipes de la filiación de Dios Hijo; y, en fin, nos hace partícipes del Amor que es Dios Espíritu Santo. Todo cristiano está, por la Gracia, capacitado para ser padre y madre, hijo y “espíritu santo” (paráclito: abogado, defensor, consolador, amor) de los demás.

Pero esta capacidad es de orden esencialmente superior en la criatura que ha sido constituida Madre de Dios. ¿Qué no podrá la Virgen María, asunta al Cielo, que ya goza de la existencia gloriosa de la bienaventuranza eterna y, por tanto, de una unión intimísima con la tres Personas divinas? Así como Cristo Cabeza nace en la mente y en el corazón de María por obra del Espíritu Santo, antes aún que biológicamente en sus entrañas virginales, por la fe en la Palabra de Dios [13]; de un modo análogo, los miembros de Cristo - los otros Cristos - nacen a la vida de Cristo también, por obra del Espíritu Santo, del Corazón inmaculado de María.

Ella engendra por obra del Espíritu Santo, la vida sobrenatural que es la gracia santificante, vida de Cristo que Ella posee en sobreabundante plenitud (plena sibi, superplena nobis). Y es también gracias a Ella que los miembros de Cristo pueden participar de la paternidad-maternidad de Dios Padre y de María Santísima: «Si nos identificamos con María - dice san Josemaría Escrivá -, si imitamos sus virtudes, podemos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos de su maternidad espiritual» [14].

Cabe decir que la Madre de Dios, por querer y don de Dios, procrea en la vida de la Gracia a los hijos de Dios. María no es autora de la Gracia, pero hay un compromiso divino asumido libremente por Dios con vista a la intervención de María en la obra de la santificación, que la erige en verdadera Madre, dadora de la vida sobrenatural, crística, creada por la Trinidad: desde el Padre en el Hijo por el Espíritu Santo [15].

En la paternidad-maternidad natural, los padres ponen unas condiciones biológicas, proporcionadas a la formación del cuerpo personal de los hijos. En la paternidad-maternidad sobrenatural - nos hallamos en el orden de la vida de la Gracia - la Trinidad pone el poder creador y la Madre de Dios pone el poder procreador.

¿Cuál es, pues, la raíz de la virtud generativa sobrenatural (id quo generans generat) [16] de María Santísima? En nuestra opinión, puede ser, y no puede ser otra que la voluntad amorosa de María (llena de amor a la Trinidad y a cada ser humano). Supuesta la Voluntad de Dios Trino y la voluntad humana de Cristo Redentor y Santificador del hombre, supuesta también su existencia ya gloriosa, cabe decir que a María le basta querer (unida en el Espíritu Santo al querer de Cristo Redentor y Santificador) para procrear, es decir, para que Dios cree la vida sobrenatural en el alma de los que son justificados. Así Ella, en el sentido más real, vital, pleno, es Madre nuestra en el orden de la gracia. Ella no es origen absoluto de la Gracia - sólo lo es Dios -; Ella es con Cristo - no sin El - generadora (genetrix) de Gracia.

Mediadora bajo el mediador

Si esto es así, resulta claro que sea también Mediadora de todas las gracias de las que Ella es origen, bajo y con el Mediador. Mediadora ad Mediatorem, es una célebre expresión de San Bernardo [17]. Lumen gentium enumera unos cuantos títulos de los que se reconocen en María, como los de Abogada, Auxiliadora y, sobre todo, Mediadora [18]. Este último, se encuentra reconocido también en todo el capítulo VIII, dedicado a María. Maternidad espiritual y mediación son en la Virgen términos complementarios. María, precisamente porque es Madre del Redentor y Madre de todos los hombres, une a los hombres con el Redentor.

Abundemos en el concepto ya utilizado con frecuencia hasta aquí, de honda significación metafísica y teológica, el concepto participación. Para lo que ahora precisamos, puede hacerse con bastante llaneza sin adulterarlo. “Participar” equivale a “tomar parte”. Cuando se toma parte en un bien material - un pastel, por ejemplo -, y son muchos los participantes, toca menos a cada uno. Sin embargo, cuando se trata de bienes espirituales, como la alegría o la felicidad, que no son “objetos” o “cosas”, cuanto mayor es el número de participantes, no toca menos a cada uno; si acaso, parece que toca a más.

En una palabra, cuanto más espiritual, perfecto y perfectivo es el bien, es más participable. Como avanzamos en los primeros compases de la Sagrada Escritura, la Bondad infinita de Dios, sin dejar de ser única - sólo Dios es el Bueno - causa innumerables bondades. Son bondades creadas, limitadas, finitas, pero verdaderas bondades. Así sucede también con la función mediadora, equivalente a sacerdotal, de Cristo. Él es el único mediador, el Mediador nato, por unir en su persona hipostáticamente la naturaleza divina y la naturaleza humana. Por eso puede hacernos participar de su mediación, en cuanto somos humanos y participamos también por la Gracia en la vida divina de la Trinidad. La mediación mariana no rebaja la mediación de Cristo, al contrario, manifiesta más claramente su riqueza, consistencia y dignidad suprema.

No hay dificultad para que otros, en cierto sentido, puedan llamarse mediadores entre Dios y los hombres, en cuanto que cooperan a la unión del hombre con Dios, disponiéndole y siendo instrumentos suyos para ella, como son los ángeles y los santos, los profetas y los sacerdotes de ambos Testamentos. Redemptoris Mater subraya con vigor la unicidad de la mediación de Jesucristo, «sin embargo - aclara - esta unicidad no es exclusiva, sino inclusiva, es decir, hace posible otras formas de participación. En otras palabras, la unicidad de Cristo no suprime la reciprocidad y la colaboración de los hombres entre sí delante de Dios, de manera que todos pueden ser, en múltiples formas, el uno para el otro, mediadores ante Dios en comunión con Jesucristo». De este modo, los hombres pueden ser mediadores los unos de los otros. Se trata, por supuesto de una «función subordinada»[19] a la de Cristo, con otras palabras, una «mediación participada», que brota «de la superabundancia de los méritos de Cristo [...], de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud» [20].

Todo esto se refiere a los hombres en general y por lo tanto a María. Pero en Ella la mediación reviste un carácter especial y extraordinario [21], que sobrepasa en modo específico las demás mediaciones. El carácter específico de la mediación de María consiste en su cualidad maternal, «ordenada a un nacimiento siempre nuevo de Cristo en el mundo. Ella custodia la dimensión femenina en la actividad actual de la Iglesia y sigue siendo su origen permanente» [22].

No es de extrañar, aunque maraville, que la misma prerrogativa, pero mucho más gloriosa, conviene a la Virgen excelsa. Ese “mucho más”, incomparablemente más, equivale, en rigor, a un “esencialmente más”. Así como se distingue el sacerdocio común del sacerdocio ministerial por una diferencia no de grado sino esencial, cabe decir que la mediación de los fieles y la de María difiere también esencialmente. Por mucho que se perfeccione o intensifique la participación en la mediación de Cristo de los demás fieles, nunca alcanzará la cualidad de la mediación de María, pues es de una naturaleza específicamente superior, esto es, materna. Las demás serán en todo caso “filiales”, con las debidas diferencias en el caso de los sacerdotes (presbíteros) cuando actúan “in persona Christi”. Pero aún en este caso, ser Madre del Mediador - haberle dado la naturaleza humana, y tener los derechos de Madre hecha singularmente «unum» con su Hijo - es una condición cualitativamente superior a la de hacer presente a Cristo. Así entendemos Redemptoris Mater cuando afirma que «la mediación de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue de las demás criaturas (...)» [23].

De ahí que el Magisterio reconozca que María es Medianera y Dispensadora de todas las gracias: «es lícito afirmar que de aquel grandioso tesoro que trajo el Señor - porque la gracia y la verdad fue hecha por medio de Jesucristo [24] - nada se nos distribuye sino por medio de María, por quererlo Dios así; de suerte que a la manera que nadie se acerca al supremo Padre sino por el Hijo, casi del mismo modo, nadie puede acercarse a Cristo sino por su Madre» [25].

«Administradora» del Paraíso

Redemptoris Mater desarrolla suficientemente el aspecto intercesor de la mediación de María en el orden de todos los bienes de los hijos [26]. Lo hace sobre la base del relato evangélico de la boda en Caná de Galilea –comentada más arriba-, en la que la Madre de Jesús [27] «se pone ‘en medio’, o sea, hace de mediadora no como un persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede - más bien ‘tiene el derecho de’ - hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres». Dios ha querido que tengamos en el Cielo una Abogada, digna de ser oída siempre en beneficio de sus hijos. Está en la lógica divina que la que es gratia plena sibi, sea también superplena nobis (San Bernardo).

Por eso, a la Madre de Dios se le ha entregado toda la gracia de la que es Autor su Hijo, para que sea Administratrix Christi [28], en favor de todos sus hijos. Todas las gracias que se comunican a este mundo tienen un triple proceso: siguiendo un orden altísimo, se comunican por Dios a Cristo, por Cristo a María, y por María a nosotros [29]. Es ésta otra manifestación de la inmensidad del amor de Dios hacia María y hacia nosotros, porque poner toda la riqueza sobrenatural en manos de una madre como la suya es garantizar a todo el mundo que hallará siempre acogida en los Cielos si acude filialmente a la Virgen Santa. Si es inevitable que Dios sea infinitamente justo, lo es igualmente que la Madre de Dios sea indefectiblemente misericordiosa.

Administradora de Cristo, Administradora del Paraíso, Dispensadora de todas las divinas gracias. Nos hallamos ante la sabiduría divina en su extremo más amable para la criatura necesitada de comprensión, compasión, perdón, salvación y elevación a la vida de Dios.

Educadora de su Hijo y de sus hijos

«Otro elemento esencial de esta función materna de María - continúa Juan Pablo II en Redemptoris Mater - se encuentra en las palabras dirigidas a los criados: ‘Haced lo que él os diga’. La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías. En Caná, merced a la intercesión de María y a la obediencia de los criados, Jesús da comienzo a ‘su hora’. En Caná María aparece como la que cree en Jesús; su fe provoca la primera ‘señal’ y contribuye a suscitar la fe los discípulos»[30]. «En la escuela de María podremos aprender mejor a Cristo»[31]. Juan Pablo II titula el capítulo VI de su Encíclica Ecclesia de Eucaristia, «En la escuela de María, Mujer Eucarística” (porque María es mujer «eucarística» con toda su vida).

Jesús mismo, Jesús Niño, aprendió en su «escuela», compartida con San José, en la que hay como una música de fondo: «Haced lo que Él os diga». «El Niño creía en sabiduría», dice Lucas. Es verdad igualmente que en la misma Persona - sorprendente antinomia, enamorante misterio - Dios aprendía y el hombre lo sabía todo. ¿Cómo no entrar y prestar toda la atención del mundo en esa escuela donde tantas cosas ha aprendido a lo humano Aquel que lo sabe todo a lo divino?

Pablo VI se entusiasma con la idea: «Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida. Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quien es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido. Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos se seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo. ¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!»[32].

Finalmente y desde el otro ángulo, san Josemaría confiesa: «Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de El. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre -y, después de Ella, José- conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador.»[33]

«Repasad en la oración esos argumentos, tomad ocasión precisamente de ahí para decirle a Jesús que lo adoráis, y estaréis siendo contemplativos en medio del mundo, en el ruido de la calle: en todas partes. Esa es la primera lección, en la escuela del trato con Jesucristo. De esa escuela, María es la mejor maestra, porque la Virgen mantuvo siempre esa actitud de fe, de visión sobrenatural, ante todo lo que sucedía a su alrededor: guardaba todas esas cosas en su corazón ponderándolas.»[34]

Refugio de los pecadores

Permítasenos, por una vez, ofrecer el testimonio de la fe del pueblo cristiano en la pluma de un escritor no eclesiástico, Miguel de Cervantes, quien llama a la Madre de Dios: «la siempre Virgen María, reina de los Cielos y Señora de los ángeles y nuestra, tesoro del Padre, relicario del Hijo y amor del Espíritu Santo, amparo y refugio de pecadores» [35]. ¿Cómo no va a ser refugio una Madre santísima que ve en cada hijo, al Hijo; sea glorioso por la gracia, sea crucificado por el pecado? Redemptoris Mater nos ofrece sobrado fundamento teológico para esta aseveración tan confortante [36], que reiteramos cada vez que rezamos las Letanías del Santo Rosario. Refugio y Abogada nuestra es la Madre de Dios.[37]

La «medida» del amor materno de María

Es lógico que nos preguntemos formalmente, en un estudio teológico, aunque sea breve, cómo es - al margen de experiencias personales en el trato con Nuestra Madre - el amor de la Madre de Dios por sus hijos. Enseguida caemos en la cuenta de que se trata de un misterio insondable en el que sólo Dios y Ella tienen cabal acceso: «María abraza a todos, con una solicitud particular, en el Espíritu Santo. En efecto, es El (el Espíritu Santo), como profesamos en nuestro Credo, el que “da la Vida”. El es quien da la plenitud de la vida abierta hacia la eternidad». Ella nos ama «en el Espíritu Santo»[38], es «la Madre que ‑con toda la fuerza de su amor que nutre en el Espíritu Santo ‑ desea la salvación de todos los hombres» [39].

A María, por decirlo así, le pasa como a Dios, que - según la célebre frase de André Frossard - ¡sólo sabe contar hasta uno! Tiene una muchedumbre inmensa de hijos, pero «la maternidad determina siempre una relación única e irrepetible, entre dos personas» y «aun cuando una misma mujer sea madre de muchos hijos, su relación personal con cada uno de ellos caracteriza la maternidad en su misma esencia (...) Cada hijo es rodeado del mismo modo por aquel amor materno, sobre el que se basa su formación y maduración en la humanidad» [40]. Mucho se aprende en la escuela de María, acerca de lo que valen una madre, y un hijo; en suma, una persona aunque sea sola por ser siempre “única”.


Reflexiones pedagógicas

Para poder adquirir el certificado del Curso de Mariología

deberá responder las preguntas de todos los envíos

y enviarlas -todas juntas- al final.

1.- ¿En qué sentido María es Madre nuestra?

2.- ¿Por qué la Maternidad espiritual de María tiene una dimensión universal?

3.- ¿Por qué la Virgen es verdaderamente madre de los miembros de Cristo?

4.- ¿Cuál es el carácter específico de la mediación de María?

5.- ¿Es igual la mediación de los fieles a la de la Virgen María?

6.- ¿Cuál es el triple proceso de todas las gracias que se comunican a este mundo?

7.- Elaborar una oración (de cuatro o cinco líneas) con alguno –o algunos- de los títulos de este séptimo capítulo.



[1] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 7.

[2] Efes 5, 30.

[3] San Pío X, Ad diem illum, 2-XI-1904.

[4] S. Th.. III, q. 8, a. 3.

[5] Cfr. Javier Ibáñez - Fernando Mendoza, María como Madre de la Iglesia, Palabra 233, XII-1984 (859), p. 31.

[6] San Josemaría Escrivá, Forja, núm. 234.

[7] LG 53.

[8] Cfr. 1 Jn 3, 9.

[9] 1 Petr 1, 23.

[10] 2 Cor 5,17.

[11] 1 Cor 4,15.

[12] Gal 4,19.

[13] San León Magno acuñó la fómula «prius concepit mente quam corpore» (Sermo 21, 1: ML 54, 191). Se hace eco de esta enseñanza LG 56, 57.

[14] San Josemaria E., Madre de Dios y Madre nuestra, Madrid, 1973, 29.30.

[15] Cfr. RM 47.

[16] S. Th. I, q. 41, a. 4 co.

[17] Cfr. San Bernardo, In Dominica infra oct. Assumptionis Sermo, 2; cit. RM nota (96).

[18] Cfr. LG 62.

[19] RM n. 38.

[20] RM n. 22; LG 60.

[21] Cfr. RM 38.

[22] J. Ratzinger, l.c. Para el gran tema del lugar de la mujer en la Iglesia, ver JUAN PABLO II, Enc. Mulieris dignitatem y Carta del Papa Juan Pablo II a las mujeres, 29 de junio de 1995.

[23] RM, n. 38; cfr. Joseph Rtzinger, María, Iglesia naciente, pp. 39-44.

[24] Jn 1, 17.

[25] León XIII, Enc. Octobri mense, 22-IX-1891, DS 3275; Cfr. LG 62.

[26] RM, nn. 21 - 24; Cfr. Pablo VI, Signum magnum.

[27] Jn 2, 1 ss.

[28] San Agustín, Serm. de Assumpt., LII.

[29] Cfr. León XIII, Enc. Iucunda semper, 8.IX.1894.

[30] RM, 21. El capítulo VI

[31] Benedicto XVI - en continuidad con Juan Pablo II -: Carta a la Conferencia Episcopal Española con motivo de la peregrinación nacional al Santuario de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, Vaticano, 19 de mayo de 2005.

[32] De las alocuciones del papa Pablo sexto (Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964)

[33] San Josemaría E., Amigos de Dios, n. 281.

[34] San Josemaría E., Es Cristo que pasa, n. 174

[35] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, L. I, c. IV.

[36] RM, núm. 11; Cfr.nn. 24 y 27.

[37] LG n. 62; Cfr. CEC 969.

[38] Juan Pablo II, Homilía, Fátima 13.V.1982.

[39] Juan Pablo II, Homilía, Fátima 13.V.1982.

[40] RM, 45.

CAPÍTULO VIII EL CULTO Y LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

CAPÍTULO VIII
EL CULTO Y
LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
[Antonio Orozco Delclós, Introducción a la Mariología]

El culto debido a la Madre de Dios

El culto es un honor que se tributa a una persona superior a nosotros. El culto rendido a los servidores de Dios honra a Dios mismo, que se manifiesta por ellos y por ellos nos atrae hacia Él. El Concilio de Trento así lo ha definido contra los que ven en el culto a los santos un modo de superstición [1].

Por tantos motivos es justo que Nuestra Señora sea objeto de una veneración singularísima. «Si se veneran todos los justos, ¿quién es el que no alabará a la fuente de la Justicia y al tesoro de la Santidad? Ni la lengua de los hombres, ni la mente de los Ángeles, que es la más sublime del mundo, pueden dignamente ensalzarla» [2].

Al constituir Dios a su Madre en la cima de la santidad, llenándola de gracias, nos expresa su voluntad de que la honremos en cuanto nos sea posible. Alabar a María es alabar al Hijo y, por El, a la Trinidad Santísima: ¿qué hijo no se goza en que honren a su madre? ¡Cuánto más Jesucristo que, siendo Dios, ama a su Madre más que todos los hijos del mundo! Se comprende bien aquel grito de alabanza a la Virgen María que sale de los labios de una mujer anónima interrumpiendo un discurso de Jesús: «Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: ‘¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!’»[3]. Es el comienzo de una cadena de alabanzas ininterrumpida que continuará por los siglos y en la eternidad: «Dijo María: ‘Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador. Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada...’» [4]. Ningún buen hijo de Dios querrá ausentarse de este coro innumerable que alaba a Dios del modo más entrañable y agradable al Hijo: alabando a su Madre, que es también Madre nuestra.

La Iglesia enseña que ha de tributarse a

sábado, 30 de octubre de 2010

"¿Qué dice la Biblia acerca de los fantasmas / apariciones?


"¿Qué dice la Biblia acerca de los fantasmas / apariciones?"

Respuesta: He aquí algunas verdades bíblicas relacionadas con apariciones, fantasmas y visitas de espíritus de gente muerta. Hay solo unos pocos incidentes que tratan de gente viva que en realidad tiene comunicación con una persona “muerta.”

a) En 1 Samuel 28:7-19, el rey Saúl buscó a una mujer con un espíritu de adivinación (demonio) para preguntarle a Samuel acerca de lo que debía hacer. El hecho de que ella verdaderamente manejara la comunicación con el muerto, la conmocionó (v.12), indicando que eso no había sucedido con anterioridad.

b) En Mateo 17:1-8, Pedro, Jacobo y Juan vieron brevemente a Moisés y Elías con Jesús.

c) En Lucas 16:19-31, Jesús cuenta la historia del hombre rico y Lázaro. En esta historia, podemos aprender que hay dos compartimentos para los muertos hasta el Juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11…) También en la historia, el hombre rico pide que Lázaro sea enviado de regreso para advertir a los vivos. Abraham le dice que no serviría de nada, porque si ellos no creen en la Palabra escrita de Dios, tampoco creerán aunque alguno se levante de entre los muertos.

De estos tres pasajes de la Escritura, podemos concluir que por ahora, existen compartimentos en los cuales habitan los espíritus de los muertos, y que aunque hay pocas ocasiones en las cuales Dios permite interacción entre los vivos y los muertos, éstas situaciones fueron muy raras y para nada tan comunes como el contacto entre la gente y los seres angélicos. También Lucas 16:27-31 indicaría que no les está permitido a los espíritus humanos, regresar a visitar a los vivos sin permiso, y si el permiso no es otorgado aún con el propósito de prevenir a la gente de escapar de la ira venidera, menos sería dado por razones frívolas.

A diferencia de las dos instancias que tratan de un contacto o comunicación verdadera con la gente muerta, hay numerosas ocasiones que incluyen contactos con seres angélicos, tanto ángeles buenos como ángeles caídos (demonios). Muchas de las situaciones involucran a un ángel bueno descrito como “el ángel del SEÑOR,” refiriéndose a veces a la apariencia de la pre-encarnación del Hijo de Dios (Cristofanías). Pero muchos otros se refieren a ángeles buenos que Dios utiliza para ministrar a favor nuestro (Hebreos 1:14). Con este fin, algunas veces ellos manipulan las circunstancias físicas como en 1 Reyes 19:5-7 (el ángel toca a Elías y lo provee de comida y bebida); 2 Reyes 19:35 (el ángel hirió de muerte a 185,000 asirios); Daniel 6:22 (el ángel cierra la boca de los leones), Hechos 12:23 (el ángel hiere a Herodes por aceptar adoración como si fuera un dios)

De la misma manera, hay hechos registrados, en los cuales ángeles malvados (demonios) interactúan con la gente. Y también son capaces de manipular las cosas físicas. En Job 1:12-19, éstos manipulan a la gente para hacer lo malo; causando que cayera fuego del cielo que consumió al ganado y las ovejas; así como también que soplara un fuerte viento que derribó la casa en la que estaban los hijos de Job.

En los evangelios, se registran numerosas ocasiones en las que los demonios se posesionaban de la gente (Mateo 8:16,28 en ad.; 9:32-33; 12:24; 15:22; 17:18; etc.) En estos incidentes, y muchos otros, la manifestación de posesión demoníaca involucraba algunas enfermedades físicas (mudez, epilepsia, ceguera, y algunas veces una fuerza sobrenatural). Ellos también entraron en los cerdos antes de que se precipitaran por un despeñadero y se ahogaran en el mar, en Mateo 8:28 en adelante.

Hay que notar tres cosas acerca de los demonios: (1) Los demonios no tienen poder sobre ninguna cosa que Dios no permita; esto es, Satanás (y sus huestes de ángeles caídos) son como perros salvajes sujetados con correas y es Dios quien las sujeta. Ellos pueden hacer solo lo que Él les permite (Job 1:12; Job 2:6; Mateo 8:31-32). (2) Los casos que involucran demonios registrados en la Escritura, son más numerosos que los pocos casos de interacción con gente muerta. (3) Cristo le ha dado a Sus discípulos autoridad sobre los demonios (Marcos 16:17; Lucas 9:1; 10:9).

Podrías preguntarte, ¿porqué Dios aún permite que los demonios traten con nosotros? Si ellos están bajo Su autoridad, ¿por qué no les impide cualquier interacción con los humanos? En la insondable sabiduría de Dios, Él es capaz de usar sus malos deseos e intentos sobre nuestras vidas, y obtener algo bueno de ellos para los cristianos. En Marcos 1:13 Dios usa las tentaciones de Satanás para probar la ausencia de pecado en Jesús. En el libro de Job, Dios usa a Satanás para mostrar la integridad del carácter de Job, y más tarde recompensar doblemente a Job por todo lo que experimentó. En 2 Corintios 12:7, Dios usa la aflicción que Satanás inflingió sobre Pablo para evitar que se volviera orgulloso. En el caso de los no creyentes, Satanás y los ángeles caídos sirven como un tipo de catarsis trabajando junto con la influencia del mundo no redimido y los deseos de la naturaleza pecaminosa para mostrar a los corazones de los inconversos el mal que ya mora dentro de ellos, mostrándoles de esta manera a ellos y a los demás, lo que es su verdadera naturaleza (naturaleza caída) (Mateo 15:18-19; Efesios 2:1-3; Apocalipsis 20:7-9).

Ahora, mientras examinamos la Escritura – particularmente las epístolas que se enfocan en nuestra vida en la “era de la iglesia” – encontramos muy poco acerca de la manera en que debemos interactuar con los demonios, excepto el no atrevernos a dirigirnos a ellos basándonos en nuestra propia habilidad y fuerza (Judas 1:9).

Tampoco se nos dice que nos detengamos a preguntarnos continuamente si hay demonios trabajando a nuestro alrededor aún ahora. (Los hay… ¡y a veces se manifiestan ellos mismos!) Pero ya sea que lo hagan o no, ellos no deben ser nuestro enfoque, ¿Por qué no? Porque, una vez más, ellos no tienen autoridad, sino la que les es dada por Dios. ¿Quién y qué entonces debe ser nuestro enfoque? Nuestra atención necesita estar sobre Dios y los claros mandamientos que Él nos da en la Escritura; si Él es nuestro centro de atención, no necesitamos temer a nada más (Salmo 27:1).

No debemos dejarnos fascinar por el mundo de los espiríritus, sino por Dios y Su impresionante carácter y atributos (Salmos 27:4; Salmos 73:25). Y si en el curso de nuestro servicio a Cristo y nuestra dependencia de Él, encontráramos manifestaciones de posesión demoníaca o actividad demoníaca, solo necesitamos volvernos a Él en una simple oración llena de fe, confiando en Su Palabra y Su Espíritu Santo para que obre de la manera que Él decida. De hecho, esta es la manera como debemos enfrentar la vida cuando NO hay manifestaciones evidentes de involucramiento demoníaco, porque con frecuencia Satanás hace su trabajo más frecuente y efectivo en secreto, jamás hace que su presencia o la de sus demonios sea evidente (2 Corintios 11:13-15).

Si sucede que hubiera una manifestación de su presencia de alguna forma, debemos preguntarnos el por qué. ¿Hay algún ídolo pagano, un fetiche usado en la adoración pagana, etc. (Deuteronomio 32:16-17; Salmos 106:37-38; 1 Corintios 10:19-21)? O tal vez hay algunos que han permitido ellos mismos llegar a estar poseídos por un demonio, o hayan permitido una participación demoníaca en sus vidas por algún pecado repetido y serio (Efesios 4:27). Cualquier artículo de lo oculto que uno posea, debe ser quemado, como Pablo y los otros cristianos hicieron con los libros que fueron quemados en Hechos 19:18 y cualquier pecado conocido debe ser confesado a Dios (1 Juan 1:9).

En resumen, es bíblico creer en demonios y que lo que la gente cree que son apariciones, son o ilusionismo fabricado por charlatanes, o verdaderamente involucran actividad demoníaca, como la visita de espíritus humanos. El usar canales y búsquedas de guías de “mediums” o “espiritistas,” o el jugar con las tablas de la Guija, cartas tarot, sesiones espiritistas, o escuchar música satánica de rock pesado, es verdaderamente invitar el involucramiento de demonios en la vida de uno. Es bíblico no obsesionarse con ellos y con el mundo de los espíritus. En ninguna parte de la Escritura puedes encontrar algún precedente de hacerlo así. Más bien, debemos impregnarnos de la Palabra de Dios (Salmo 119), con el conocimiento de Cristo (Filipenses 3:8-10), servirle a Él como sacrificios vivos (Romanos 12:1-2), y buscar hacer discípulos en todas las naciones (Mateo 28:18-20, etc.). La única liberación del pecado y del diablo que pueden obtener los perdidos, es a través de la que se encuentra solo en Cristo (Juan 8:32-36; Romanos 6:16-23; Efesios 2:1-10). Necesitamos concentrarnos en el Evangelio de Cristo para compartirlo con otros. Ese Evangelio es el poder de Dios para la liberación del pecado y de Satanás (Romanos 1:16; 1 Corintios 1:18).