EL MISTERIO TRINITARIO
1. Revelación
2. Personas
3. Prerrogativas de cada persona
4. Circunminsesión
5. Operaciones «ad extra»
6. Nociones
7. Procesiones a) del Hijo, b) del Espíritu Santo
8. Relaciones
9. Misiones
10. La Inhabitación
1. El Misterio Trinitario. Revelación
-Las verdades reveladas por Dios exceden la capacidad natural de conocer
-La razón natural no puede vislumbrar ni conocer el Misterio de la Trinidad
-La razón iluminada por la fe puede explicar imperfectamente la Trinidad de las personas
-Sólo hay indicios del misterio trinitario en A. T.
-La Trinidad se vislumbra en el A. T.
-Las tres personas se manifiestan en el Bautismo de Jesús
-El Misterio Trinitario se revela claramente en el N. T.
-Las verdades que Dios revela al hombre, es razonable que la razón humana las acepte como verdaderas aunque excedan mucho la capacidad natural de conocer.
¿Pretendes alcanzar la realidad de Dios, llegar hasta la perfección de Sadday? (Job 11, 7).
...que grande es Dios y no le comprendemos, el número de sus años es insondable (Job 36, 26).
Porque imperfecta es nuestra ciencia e imperfecta nuestra profecía (1 Cor. 13, 9).
Aclaración. No se puede rechazar como falso, todo lo que es afirma de Dios, aunque la razón humana no pueda descubrirlo ni comprobarlo.
-La razón natural sin la iluminación de la fe no puede conocer y ni siquiera vislumbrar la existencia del misterio de la Santísima Trinidad.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt. 11, 27).
-La razón iluminada por la fe puede explicar la Trinidad de las personas divinas, aunque sea muy imperfectamente.
Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión... (2 Cor. 5, 6-7).
-El Misterio Trinitario no aparece claramente revelado en el Antiguo Testamento y sólo hay algunos indicios de la futura Revelación del mismo.
a) -Usando muchas veces el plural:
Dijo Dios: «Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza...» (Gén. 1, 26).
Y dijo Yahvéh Dios: «¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal!» (Gén. 3, 22).
...y dijo Yahvéh: «...Ea, pues, bajemos y una vez allí confundamos su lenguaje...» (Gén. 11, 7).
Aclaración. Estos textos pudieran referirse a un plural mayestático, Ej. el usado por los Papas y por los Reyes.
b) -Los libros sapienciales nos hablan de la Sabiduría divina, junto a Yahvéh y engendrara por Él.
Yahvéh me creó, primicia de su camino,
antes que sus obras más antiguas.
Desde la eternidad fui moldeada,
desde el principio, antes que la tierra.
Cuando ni existían los abismos fui engendrada (Prov. 8, 22-24).
c) -El Antiguo Testamento nos habla muchas veces del Espíritu de Dios o del Espíritu Santo.
...mientras el Espíritu de Dios alentaba sobre la superficie de las aguas (Gén. 1, 2).
...no retires de mí tu santo espíritu (Sal. 50, 13).
Porque el Espíritu del Señor llena el mundo...
Sab. 1, 7.
Saldrá un vástago del tronco de José, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh... (Is. 11, 1-2).
El Espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvéh (Is. 61, 1).
Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu Santo,... (Is. 63, 10).
d) -El trisagio de Isaías parece una alusión.
Y se gritaban el uno al otro:
«Santo, santo, santo, Yahvéh Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria» (Is. 6, 3).
Aclaración. Esta triple expresión pudiera expresar el superlativo de la misma.
e) -En el libro de la Sabiduría se nombran junto a Yahvéh su sabiduría y su espíritu.
Y ¿quién hubiera conocido tu voluntad, si tu no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu Espíritu santo? (Sab. 9, 17).
-La Trinidad de personas en Dios se vislumbra en el Antiguo Testamento.
a) -Cuando Dios habla, usa el verbo en plural.
Dijo Dios: «Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza,...» (Gén. 1, 26).
Y dijo Yahvéh Dios: «He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal» (Gén. 3, 22).
«Ea, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo» (Gén. 11, 7).
b) - Cuando el hagiógrafo habla, usa el verbo en singular.
Y creó Dios el hombre a imagen suya,... (Gén. 1, 27).
Aclaración. Queda expresada la pluralidad de personas en las palabras «hagamos», «uno de nosotros», «bajemos» y «confundamos».
-Las tres personas divinas se manifestaron simultáneamente enseguida de bautizado Jesús.
Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que venía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt. 3, 21).
Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. No bien hubo salido de agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y vino una voz de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco» (Mc. 1, 9-11).
Cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco» (Lc. 3, 21-22).
-El Misterio trinitario se revela claramente en el Nuevo Testamento.
a) -En los evangelios:
-En la Anunciación:
El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios (Lc. 1, 35).
-En el Bautismo:
Bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco» (Lc. 3, 21-22).
-En el sermón de la cena:
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn. 14, 26).
-En la fórmula del Bautismo:
Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,... (Mt. 28, 19).
b) -En las cartas de los Apóstoles:
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu santo sean con todos vosotros (2 Cor. 13, 13).
Llenaos más bien del Espíritu...dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo (Ef. 5, 18-20).
...¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a si mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! (Hebr. 9, 14).
Pedro, apóstol de Jesucristo, a los que viven como extranjeros...según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre.
A vosotros gracia y paz abundantes (1 Pe. 1, 1-2).
c) -En los hechos de los Apóstoles:
Y exaltado (Jesús) por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís (Hch. 2, 33).
Aclaración. Esta es la fe de la Iglesia y nadie puede alterar estos datos sagrados que la Iglesia conserva fidelísimamente a través de los siglos.
2. El Misterio Trinitario. Personas
-El concepto de persona puede aplicarse a Dios
-El nombre de persona designa en Dios sus relaciones, no su esencia
-El Padre es Dios. El Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios
-Los tres son iguales entre sí
-Los tres se identifican en la misma esencia
-Los tres tienen sustancia común
-Los tres tienen naturaleza común
-Los tres son coeternos
-Los tres se distinguen realmente
-Existe distinción entre los Tres
-El concepto de persona puede aplicarse a Dios, pero sin las imperfecciones propias de las criaturas.
Naturaleza es la esencia de una cosa en cuanto que es sujeto de las operaciones que le son propias. Responde a la pregunta ¿Qué es esto?
Persona es sustancia individual de naturaleza racional. (Boecio). Responde a la pregunta ¿Quién es éste?
La naturaleza designa a la cosa y la persona designa al yo.
Porque el Señor es el Espíritu,... (2 Cor. 3, 17).
Aclaración. El Espíritu es sustancia individual de naturaleza racional.
-El nombre de persona no designa en Dios su esencia divina, sino sus relaciones subsistentes.
Si la expresión Persona, aplicada a Dios, designara la esencia divina, habría en Él tres esencias divinas, o sea tres dioses.
Pero hay un solo Dios,
...para que sepas que Yahvéh es el verdadero Dios y que no hay otro fuera de Él (Dt. 4, 35).
Escucha Israel: Yahvéh es nuestro Dios, sólo Yahvéh (Dt. 6, 4).
Ved ahora que yo, sólo yo soy, y que no hay otro Dios junto a mí (Dt. 32, 39).
Yo soy Yahvéh, no hay ningún otro; fuera de mí ningún Dios existe (Is. 45, 5).
y las personas son tres,
Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28, 19).
Por tanto, con la palabra Persona no se designa en dios su esencia divina, sino sus relaciones reales intratrinitarias, que son paternidad, filiación y espiración pasiva, identificadas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
-En Dios hay tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28, 19).
-El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios.
a) -El Padre es Dios.
...llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios (Jn. 5, 18).
Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios (Jn. 20, 17).
b) -El Hijo es Dios.
En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, el Verbo era Dios (Jn. 1, 1).
c) -El Espíritu Santo es Dios.
Pedro le dijo: «Ananías, ¿cómo es que Satanás llenó tu corazón hasta inducirte a mentir al Espíritu Santo,...?. No has mentido a los hombre sino a Dios» (Hch. 5, 3-4).
No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención (Ef. 4, 30).
-Las tres personas divinas son absolutamente iguales entre sí.
«...el Padre y yo somos una sola cosa» (Jn. 10. 30).
Todo lo que tiene el Padre es mío (Jn. 16, 15).
Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío (Jn. 17, 10).
Aclaración.
...porque el Padre es más que yo (Jn. 14, 28).
se refiere en cuanto hombre, no en cuanto Dios.
-Las tres personas divinas se identifican en una sola y misma esencia.
«...el Padre y yo somos una sola cosa» (Jn. 10, 30).
Porque tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son una misma cosa (1 Jo, 5, 7).
Aclaración. Este último texto está tomado de la Vulgata. Falta en la mayor parte de los códices antiguos y es desconocido de los Padres. Se ve en los antiquísimos de diferentes iglesias que consultó el Cardenal Cisneros para la edición políglota complutense de la Biblia.
-El Padre, el Hijo y el espíritu Santo tiene un sustancia común a los tres.
a) -El Hijo es consustancial al Padre.
En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios (Jn. 1, 1).
El Padre y yo somos una sola cosa (Jn. 10, 30).
b) -El Espíritu Santo es consustancial al Padre y al Hijo.
Pedro le dijo: «Ananías, ¿cómo es que Satanás llenó tu corazón hasta inducirte a mentir al Espíritu Santo,...?
No has mentido a los hombres sino a Dios (Hch. 5, 3-4).
Aclaración. La consustancialidad del Hijo y del Espíritu Santo, se deduce claramente de ser ambos consustanciales al Padre.
-El Padre, el Hijo y el espíritu Santo tiene un sola naturaleza común a los tres.
Naturaleza de un ser es el mismo ser en cuanto que es sujeto de sus operaciones propias.
En la Sagrada Escritura consta de la unidad de Dios y la trinidad de las personas.
a) -La unidad de Dios.
Escucha, Israel: Yahvéh es nuestro Dios, sólo Yahvéh (Dt. 6, 4).
...sabemos que el ídolo no es nada en el mundo y no hay más que un único Dios (1 Cor. 8, 4).
b) -La trinidad de las personas.
Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,... (Mt. 28, 19).
Aclaración. La naturaleza de Dios uno es común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
-Las tres personas divinas son absolutamente coeternas y en ellas no existe sucesión de tiempo.
En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios (Jn. 1, 1-2).
Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo:
antes que naciese Abraham, Yo Soy» (Jn. 8, 58).
Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese (Jn. 17, 5).
Aclaración. Si el Padre engendra al Hijo y el Espíritu Santo procede de ambos, parece que el Hijo existe después del Padre y que el Espíritu Santo existe después del Padre y del Hijo. La solución es muy sencilla y clara. Las procesiones divinas nada tienen que ver con el antes y el después propio de las acciones de las criaturas realizadas en el tiempo. El Padre engendra al Hijo y de ambos procede el Espíritu Santo, por una acción que no es distinta de la misma naturaleza divina. No es una acción accidental sobreañadida a su esencia. Por consiguiente, el instante de su origen es el mismo instante en que se realizan en el seno de la vida trinitaria, se realizaron, se realizan y se realizarán en este instante de duración eterna que es la eternidad.
-El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se distinguen entre sí realmente.
Significa que cada uno de ellos no es ninguno de los otros dos.
a) -El Hijo es distinto del Padre.
Y una voz que venía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt. 3, 17.)
En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios (Jn. 1, 1).
...el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn. 1, 18).
b) -El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son cada uno distinto de los otros dos.
...bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco» (Lc. 3, 21-22).
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad,... (Jn. 14, 15-17).
-Existe distinción entre las tres divinas personas.
a) -Distinción entre el Padre y el Hijo.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo,... (Mt. 11, 27).
b) -Distinción entre el Padre y el Espíritu Santo.
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre,... (Jn. 15, 26).
c) -Distinción entre el Hijo y el Espíritu Santo.
Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré (Jn. 16, 7).
3. El Misterio Trinitario. Prerrogativas de cada persona
-El Verbo existe con preexistencia eterna
-El Verbo es consustancial con el Padre
-Existe identidad entre el Hijo y el Padre
-El Verbo posee las prerrogativas del Padre
-Al Verbo y al Padre le cuadran las prerrogativas de la divinidad
-La gloria del Hijo y del Padre se identifican
-El Espíritu Santo es consustancial con el Padre y el Hijo
-El Espíritu Santo es igual al Hijo como el Hijo es igual al Padre
-El Espíritu Santo tiene los mismos atributos de Dios
-El Verbo de Dios existe con preexistencia eterna.
Antes de todo estaba creada la Sabiduría, la inteligente prudencia desde la eternidad (Si. 1, 4).
-El Verbo o el hijo es verdadero Dios, segunda persona de la Trinidad consustancial con el Padre.
En la Sagrada Escritura consta que el Verbo es Dios, que es de la misma naturaleza que el Padre y que se le atribuyen atributos y operaciones propias de Dios Padre.
a) -Que el Verbo es Dios
En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios (Jn. 1, 1).
Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna (1 Jn. 5, 20).
...y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo, según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos (Rom. 9, 5).
b) -Que es de la misma naturaleza que el Padre.
El Padre y yo somos una sola cosa (Jn. 10, 30).
Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn. 10, 33).
Todo lo que tiene el Padre es mío (Jn. 16, 15).
Los judíos le replicaron: « nosotros tenemos una ley y según esa ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn. 19, 7).
El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios (Fil. 2, 6).
c) -Que al Verbo se le atribuyen atributos y operaciones propias de Dios Padre.
1º -Se le atribuyen atributos
-La eternidad.
En el principio de la Palabra existía (Jn. 1, 1).
Aclaración. Antes de todas las cosas creadas.
-La omnisciencia.
...en el cual (Cristo) están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col. 2, 3).
-La Omnipotencia.
Jesús les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso lo hace también igualmente el Hijo» (Jn. 5, 19).
2º -Se le atribuyen operaciones.
-La creación del mundo.
...y el mundo fue creado por ella (por la Palabra, Verbo de Dios)... (Jn. 1, 10).
-El poder de perdonar pecados.
Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados» (Lc. 5, 20).
-La infusión de la gracia.
A todos los que la (La Palabra, el Verbo de Dios) recibieron les dio poder de hacerse Hijos de Dios,... (Jn. 1, 12).
-El poder de santificar.
Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás (Jn. 10, 28).
-Entre Dios Padre y Dios Hijo existe una identidad ontológica.
En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios (Jn. 1, 1).
Los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios (Jn. 5, 18).
Respondió Jesús: «...si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre» (Jo, 8, 19).
Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn. 10, 33).
El Padre y yo somos una sola cosa (Jn. 10, 30).
Jesús gritó: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado...» (Jn. 12, 44-45).
En verdad, en verdad os digo: «Quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a aquel que me ha enviado» (Jn. 13, 20).
Le dice Jesús: «¿tanto tiempo estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre...» (Jn. 14, 9).
Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos creedlo por las obras (Jn. 14, 11).
Y yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno... (Jn. 17, 22).
-Los atributos y prerrogativas del Padre los posee perfectamente el Hijo.
a) -Atributos.
-Eternidad.
...él -Cristo- existe con anterioridad a todo,... (Col. 1, 17).
-Omnipotencia.
...todo fue creado por él -Cristo- y para él,... (Col. 1, 16).
-Infinidad.
Porque en él -Cristo- reside toda la plenitud de la Divinidad,... (Col. 2, 9).
b) -Prerrogativas.
- La consistencia.
...todo tiene en él -Cristo- su consistencia,... (Col. 1, 17).
La gloria, el señorío.
...y toda lengua confiere que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Fil. 2, 11).
-La identidad de su reino -el de Cristo- y el del Padre.
...ningún fornicario o impuro o codicioso -que es ser idólatra- participará en la herencia del reino de Cristo y de Dios (Ef. 5, 5).
-La identidad de su tribunal -el de Cristo- con el del Padre.
...todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios... (Rom. 14, 10).
...es necesario que todos seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo,... (2 Cor. 5, 10).
-La identidad del Espíritu de Dios y el de Cristo.
...ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece;... (Rom. 8, 9).
-La identidad del nombre «Señor»
...todo el que invoque el nombre de Yahvéh será salvado,... (Jl. 3, 5).
Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará (Hch. 2, 21).
Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará (Rom. 10, 13).
-Todas las prerrogativas de la divinidad le cuadran al Hijo lo mismo que al Padre.
a) -La eternidad.
...él (Cristo como Dios) existe con anterioridad a todo (Col. 1, 17).
b) -La omnipotencia.
...todo fue creado por él (Cristo) y para él,... (Col. 1, 16).
c) -La consistencia de todas las cosas en él.
...y todo tiene en el (Cristo) su consistencia (Col. 1, 17).
d) -La plenitud de la divinidad.
Porque en él (Cristo) reside toda la Plenitud de la Divinidad... (Col. 2, 9).
e) -La gloria.
...Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Fil. 2, 11).
f) -El reino sobre todo principado.
...y cual la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero (Ef. 1, 19-21).
g) -El Reino de Dios.
Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso -que es ser idólatra- participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios (Ef. 5, 5).
h) -El Tribunal de Dios.
En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios,... (Rom. 14, 10).
Porque es necesario que todos seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal (2 Cor. 5, 10).
i) -El Espíritu.
Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece;... (Rom. 8, 9).
Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestro cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rom. 8, 11).
La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá Padre! (Gál. 4, 6).
-La gloria del Padre y la gloria del Hijo son una misma cosa.
Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Jn. 1, 14).
Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto (Jn. 13, 31-32).
Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese (Jn. 17, 5).
Aclaración. La gloria misma recibida del Padre por comunicación de identidad en la misma generación eterna.
-El Espíritu Santo es verdadero Dios, tercera persona de la Trinidad, consustancial con el Padre y con el Hijo.
En la Sagrada Escritura consta que el Espíritu Santo es Dios, que es de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo y que se le atribuyen atributos y operaciones propias de Dios Padre.
a) -Que el Espíritu Santo es Dios.
Pedro le dijo: «Ananías, ¿cómo es que Satanás llenó tu corazón hasta inducirte a mentir al Espíritu Santo,...? No has mentido a los hombres, sino a Dios (Hch. 5, 3-4).
b) -Que es de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo.
Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres convienen en los mismo (1 Jn. 5, 7-8).
Aclaración: El texto de la Vulgata es: «Son tres los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno;... (1 Jn. 5, 7-8).
c) -Que al Espíritu Santo se le atribuyen atributos y operaciones propias de Dios Padre.
1º -Se le atribuyen atributos
-La Inmensidad.
Porque el Espíritu del Señor llena el mundo (Sb. 1.7).
-La Omnisciencia.
Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa;... (Jn. 16, 13).
...y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios (1 Cor. 2, 10).
2º -Se le atribuyen operaciones.
-La creación del mundo.
Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra(Sal. 104, 30).
-La infusión de la gracia.
...por que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado... (Rom. 5, 5).
-La Justificación.
...habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Cor. 6, 11).
-Manifestaciones del Espíritu para utilidad de los hombres.
A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común (1 Cor. 12, 7).
-La inspiración de los Profetas.
...porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios (2 Pe. 1, 2).
-El Espíritu Santo es igual al Hijo como el Hijo es igual al Padre.
Cristo describe el origen y la misión del Espíritu Santo con los mismo términos empleados para caracterizar su propia igualdad con el Padre.
Jesús les respondió: «...El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn. 10, 30).
«...Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí...» (Jn. 14, 11).
Jesús le respondió: «...Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará y os recordará todo lo que yo os he dicho...» (Jn. 14, 26).
Yo os aseguro: «...Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre» (Jo, 16, 28).
Aclaración. El Espíritu Santo enseñará la Palabra del Hijo que a su vez es el Padre.
Jesús le respondió: «...Y mi Palabra no es mía sino del que me ha enviado...» (Jn. 14, 24).
Por tanto, como Cristo es por el Padre, el Espíritu Santo es por el Padre y por él.
-El Espíritu Santo tiene los mismos atributos de Dios.
a) -La omnisciencia.
...el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios (1 Cor. 2, 10).
...nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios (1 Cor. 2, 11).
b) -La omnipresencia.
¿A dónde iré yo lejos de tu espíritu,
a dónde de tu rostro podré huir? (Sal. 139, 7).
c) -La omnipotencia.
El soplo de Dios me hizo,
me animó el aliento de Sadday (Job 33, 4).
d) -La potencia activa de Dios.
El espíritu de Yahvéh le invadió, y Sansón sin tener nada en la mano despedazó al león cono se despedaza un cabrito;... (Jue. 14, 6).
...recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra (Hch. 1, 8).
...quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse (Hch. 2, 4).
e) -La inspiración a los hombres.
Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre es el que hablará en vosotros (Mt. 10, 20).
f) -La enseñanza a los hombres.
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo entenderá todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn. 14, 26).
4. El Misterio Trinitario. Circuminsesión de las tres personas divinas
-Existe la circuminsesión de las tres personas
-Cristo afirma que Él está en Padre y el Padre en él
-Existe una circuminsesión perfecta entre las tres divinas personas.
Circuminsesión es la compenetración mutua, íntima y perfecta de las personas divinas entre sí, sin separación ni confusión.
En virtud de esta cualidad, donde está una de las tres divinas personas, está también las otras dos.
a) -Que el Padre está en el Hijo.
El Padre y yo somos una sola cosa (Jn. 10, 30).
b) -Que el Hijo está en el Padre.
El Padre está en mí y yo en el Padre (Jn. 10, 38).
c) -Que el Espíritu Santo está en el Padre y en el Hijo.
...y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios (1 Cor. 2, 10-11).
-Jesucristo afirma que él está en el Padre y el Padre en él.
Jesús les respondió: «...y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn. 10, 38).
Le dice Jesús: «...¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (Jn. 14, 10).
Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí (Jn. 14, 11).
Así hablo Jesús, y... dijo: «...Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti,...» (Jn. 17, 1 y 21).
Aclaración. Jesús afirma la inmanencia total del Padre y del Hijo y la unidad perfecta de operaciones.
5. El Misterio Trinitario. Operación «ad extra» comunes a las tres personas divinas
-Las operaciones «ad extra» son comunes a las tres divinas personas
-Por apropiación el poder se atribuye al Padre, la Sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo
-Las operaciones de Dios «ad extra» son comunes a las tres divinas personas.
Operaciones de Dios «ad extra» son aquellas cuyo término está fuera de Dios, como la creación, la gobernación, la santificación, etc.
...lo que hace él (El Padre), eso también lo hace igualmente el Hijo (Jn. 5, 19).
Aclaración. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un sólo Dios, una sola naturaleza y, por tanto, un sólo principio de operación.
-El poder se atribuye al Padre, la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo.
Apropiación es un modo de hablar fundado en que, cada una de ciertas operaciones comunes a las tres divinas personas, se atribuyen a cada persona de la Trinidad con preferencia a las otras dos.
a) -El poder se atribuye al Padre.
Y decía: «Abbá, Padre; todo es posible para ti;...» (Mc. 14. 36).
b) -La sabiduría se atribuye al Hijo.
...nosotros predicamos a un Cristo crucificado ...sabiduría de Dios (1 Cor. 1, 24).
c) -La bondad se atribuye al Espíritu Santo.
Por eso mismo...les amonestas despertando la conciencia de sus pecados para que se aparten del mal y crean en ti, Señor (Sab. 12, 2).
6. El Misterio Trinitario. Nociones
-Existen cinco nociones
-Existen cuatro actos nocionales
-Las nociones de las personas divinas son cinco; innascibilidad, paternidad, filiación, espiración activa y espiración pasiva.
En la Teología Trinitaria, nociones son aquellas notas características por las cuales conocemos y distinguemos a las tres personas divinas.
a) -Al Padre le pertenece:
-La Innascibilidad, porque no procede de nadie.
Antes que los montes fuesen y fuesen producidos la tierra y el orbe, eres tú desde la eternidad hasta la eternidad (Sal. 89, 2).
No hay más que un Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros (1 Cor. 8, 6).
- La Paternidad, porque todo procede de Él.
Yo estoy en el Padre y el Padre en mí (Jn. 14, 11).
Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Jn. 20, 17).
No hay más que un Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros (1 Cor. 8, 6).
b) -Al Hijo le pertenece:
-La Filiación, porque es engendrado por el Padre.
Yahvéh me ha dicho: «Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado yo» (Sal. 2, 8).
Y esta comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Jn. 1, 3).
¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn. 5, 5).
c) -Al Espíritu Santo le pertenece:
-La Espiración pasiva o procesión,
-Porque procede del Padre,
El Espíritu de verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí (Jn. 15, 26).
-Porque procede del Hijo,
Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros. todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 14-15).
Aclaración. Recibirá de lo mío, es decir de mi ciencia que os comunicará a vosotros y está identificada con mi ser, por tanto, tomará de mi ser, es decir, procede de Mí, (del Hijo).
d) -Al Padre y al Hijo le pertenece:
-La Espiración activa,
-Porque son principio «a quo» del Espíritu Santo.
-El Padre es principio,
El Espíritu de verdad que procede del Padre, él os dará testimonio de mí (Jo, 15, 26).
-El Hijo es principio,
El (Espíritu de Verdad) me dará gloria, porque recibirá de lo mío (del Hijo) y os lo comunicará a vosotros. Todo lo que os lo comunicará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 14-15).
Aclaración. La Sagrada Escritura no habla de las nociones de una manera formal y explícita, pero las enseña de modo implícito al revelarnos la existencia de tres personas distintas en un solo Dios verdadero.
-Existen en Dios cuatro actos nocionales: engendrar, ser engendrado, espirar y ser espirado.
a) -Engendrar. Es propio del Padre.
...y todo el que ama a Aquel que da el ser ama también al que ha nacido de Él (1 Jn. 5, 1).
b) -Ser engendrado. Es propio del Hijo.
...y todo el que ama a Aquel que da el ser ama también al que ha nacido de Él (1 Jn. 5, 1).
c) -Espirar. Es propio del Padre y del Hijo.
-Propio del Padre.
El Espíritu de verdad que procede del Padre, él os dará testimonio de mí (Jn. 15, 26).
-Propio del Hijo.
Él (Espíritu de verdad) me dará gloria, porque recibirá de lo mío (del Hijo) y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 14).
d) -Ser espirado. Propio del Espíritu Santo.
El Espíritu de verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí (Jn. 15, 26).
Él (Espíritu de Verdad) me dará gloria, porque recibirá de lo mío (del Hijo) y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 14).
7. El Misterio Trinitario. Procesiones
a) Procesión del Hijo
-Existencia de las procesiones «ad intra» y «ad extra»
-Son inmanentes y eternas
-El Padre es el principio de las procesiones divinas
-Sólo el Padre no procede
-El Hijo procede del Padre
-Cristo como Dios procede del Padre
-El Hijo procede del Padre pro generación
-El Verbo procede del conocimiento de la esencia de Dios, de los atributos, de las personas y de las criaturas
-La procesión del Hijo tiene razón de generación
b) Procesión del Espíritu Santo
-Procede del Padre y del Hijo como de un solo principio
-No es por generación sino por vía de amor
-No por generación divina sino eternamente
-Existen procesiones en Dios; dos inmanentes o «ad intra» y otras transeúntes o «ad extra».
Definiciones; Triple acepción:
a) -Es un movimiento local progresivo relativo a cosas corporales.
Ej. Procesión de imágenes.
b) -Es una emanación u origen de una cosa con relación a otra que es su causa o principio.
Ej. El rayo de luz procede del foco luminoso que lo produce.
c) -Es la producción de un efecto o término de la procesión sin desplazamiento local.
Ej. La idea, el juicio o el raciocinio permanecen dentro de la inteligencia misma que los produce.
Divisiones: 1º
a) -Activas, que aluden a la operación del agente,
b) -Pasivas, que se refieren al término de la operación.
2º
a) -Inmanentes o «ad intra» son aquellas en las que el efecto o término de la procesión permanece dentro de la causa o principio de origen, sin desplazamiento local.
b) -Transeúntes o «ad extra» son aquellas en las cuales el efecto o término de la procesión se desplaza fuera de su causa o principio de origen.
a) -Las dos procesiones inmanentes o «ad intra» son:
-La procesión del Padre al Hijo.
A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn. 1, 18).
...porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado (Jn. 8, 42).
-La procesión del Padre y del Hijo al Espíritu Santo.
-Del Padre,
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de verdad, que procede del Padre... (Jn. 15, 26).
-Del Hijo,
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad,...Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 13-14).
Aclaración. Recibirá de lo mío, es decir, de mi ciencia que os comunicaré a vosotros y está identificada con mi ser, por tanto, tomará de mi ser, es decir, procede de Mí (del Hijo).
Aclaración. las procesiones inmanentes o «ad intra» se han de entender como una emanación inteligible que permanece dentro, consustancial e identificada con el mismo Dios.
b) -Las procesiones transeúntes o «ad extra» están constituidas en Dios por la producción de los seres de la nada, que es operación de su omnipotencia.
Porque el Señor lo hizo todo,
y dio a los piadosos la sabiduría (Si. 43, 33).
Yo soy Yahvéh, el que lo ha hecho todo (Is. 44, 24).
He aquí que tú hiciste los cielos y la tierra con tu gran poder y tenso brazo;... (Jer. 32, 17).
-Las procesiones divinas son inmanentes y eternas.
a) -Son inmanentes, es decir, que la persona que procede permanece en la misma de la que procede.
...el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn. 1, 18).
Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí (Jn. 14, 11).
b) -Son eternas, es decir, que su existencia carece de principio y de fin.
Mas tú, Belén- Efratá, ...de ti me ha de salir aquel se ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño (Mich. 5, 1).
Aclaración. «Días de antaño» significa «días de la eternidad».
-El Padre es principio sin principio de las procesiones divinas.
a) -El Padre es principio del Hijo
...y todo el que ama a Aquel que da el ser ama también al que ha nacido de Él (1 Jn. 5, 1).
b) -El Padre es principio del Espíritu Santo.
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre,... (Jn. 15, 26).
Aclaración. El Padre es principio del Hijo y del Espíritu Santo, por tanto, ninguno de los dos son principio de Él; Es principio sin principio de las procesiones divinas.
-Sólo el Padre no procede.
Demostrado que el Hijo procede del Padre, ...porque yo he salido y vengo de Dios;... (Jn. 8, 42).
y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo,
-del Padre,
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de verdad, que procede del Padre... (Jn.15, 26).
-del Hijo,
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad,...Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 13-14).
Es evidente que el Padre no procede de ninguno de los dos, por consiguiente, sólo el Padre no procede.
-El Hijo procede del Padre.
Jesús respondió: «...porque yo he salido y vengo de Dios;...» (Jn. 8, 42.)
Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «...habéis creído que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo...»
Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro, y no dices parábolas. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios» (Jn. 16, 19 y 27-30).
-Jesucristo como Dios procede del Padre.
a) -Así lo afirma él mismo:
«...Salí del Padre y he venido al mundo...» (Jn. 16, 28).
«...ellos han aceptado verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado...» (Jn. 17, 8).
b) -Así lo reconocen sus discípulos.
«...Por eso creemos que ha venido de Dios» (Jn. 16, 30).
-El Hijo procede del Padre por verdadera generación divina
Voy a anunciar el decreto de Yahvéh: él me ha dicho: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy...» (Sal. 2, 7).
Aclaración. La generación divina es eterna, inmaterial, comunicación perfectísima de la naturaleza, no por escisión de la sustancia, y de tal modo que la naturaleza del Hijo no es nueva ni distinta de la naturaleza del Padre.
-El Verbo de Dios procede del conocimiento de la esencia divina, de los atributos, de las personas y de las criaturas posibles.
Él es imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas,... (Col. 1, 15-16).
Aclaración. La esencia de los atributos, de las personas y de las criaturas posibles, están identificados con la esencia divina.
-La procesión del Hijo tiene razón de verdadera y propia generación.
Voy a anunciar el decreto de Yahvéh: él me ha dicho: «Tú eres mi hijo;
yo te he engendrado hoy (Sal. 2, 7).
b) Procesión del Espíritu Santo
-El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un sólo principio.
a) -Procede del Padre.
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, y que yo os enviaré de junto al Padre, él dará testimonio de mí (Jn. 15, 26).
b) -Procede del Hijo.
Él -Espíritu- me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 14).
c) -Como de un sólo principio.
«...el Padre y yo somos una sola cosa» (Jn. 10, 30).
Aclaración. Existe una identidad sustancial entre el Padre y el Hijo, por tanto, constituyen un sólo principio de producción del Espíritu Santo.
-La procesión del Espíritu Santo no es por generación, sino por vía de amor.
a) -El Hijo es engendrado.
Voy a anunciar del decreto de Yahvéh:
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo;
yo te he engendrado hoy (Sal. 2, 7).
b) -El Hijo es único.
...el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn. 1, 18).
Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único,... (Jn. 3, 16).
c) -Luego el Espíritu Santo no es engendrado; su procesión no es por vía de generación.
Aclaración. El entendimiento se pone en acción cuando el objeto entendido está presente y la voluntad cuando existe tendencia hacia lo que quiere o ama, y esto es como un impulso vital semejante al de aquél que es movido por amor a realizar alguna cosa. Este impulso no procede como engendrado, como hijo, sino por amor, que radica siempre de la voluntad y nunca del entendimiento. Luego el Espíritu Santo procede por vía de amor, no de generación.
El Espíritu Santo procede del amor con el cual el Padre y el Hijo se aman. El Padre y el Hijo aman con el amor de todas las cosas que son necesarias y formalmente en Dios.
-El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, pero no por generación divina, sino eternamente.
a) -Que procede del Padre.
Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él (Mt. 3, 16).
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre él...» (Jn. 1, 32).
b) -Que procede del Hijo.
la prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestro corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre! (Gál. 4, 6).
8. El Misterio Trinitario. Relaciones
-Existencia
-Identificación con la esencia
-Existen cuatro relaciones divinas intratinitarias: paternidad, filiación, espiración activa y espiración pasiva.
Relación es el orden que una cosa tiene con respecto a otra.
Se divide en real, de razón o mixta.
a) -Real.
El orden de una cosa causado por la misma naturaleza de ambas, independientemente de nuestro entendimiento.
Ej. La del padre y la de su hijo.
b) -De razón.
El orden que el entendimiento establece entre dos cosas sin que estén relacionadas por sí mismas ni por su misma naturaleza.
Ej. El ramo de vid colocado en la puerta de una tienda y el vino que en ella se vende.
c) -Mixta. Es aquella en la que uno de los dos extremos se ordena al otro por su propia naturaleza, pero éste otro se ordena a aquel sólo por nuestro entendimiento.
Ej. Dios y las cosas creadas. Hay relación real por parte de las criaturas, pero de razón por parte de Dios.
Los elementos de la relación son tres: el sujeto, el término y el fundamento.
Ej. Sujeto el padre, término el hijo y fundamento la generación.
a) -Existen dos procesiones divinas:
-La generación del Hijo,
Voy a anunciar el decreto de Yahvéh: él me ha dicho: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy...» (Sal. 2, 7).
Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único,... (Jn. 3, 16).
-La procesión del Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo.
-Que procede del Padre,
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de verdad, que procede del Padre... (Jn. 15, 26).
-Y del Hijo,
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad,... Él me dará gloria, porque recibirá de los mío y os lo comunicará a vosotros (Jn. 16, 13-14).
b) -Cada una de estas dos procesiones da origen a dos relaciones reales mutuas.
Por tanto, son cuatro las relaciones existentes en Dios:
a) -Del Padre al Hijo, de paternidad.
b) -Del Hijo al Padre, de filiación.
c) -Del Padre y del Hijo al Espíritu Santo, espiración activa.
d) -Del Espíritu Santo al Padre y al Hijo, espiración pasiva.
Aclaración. El Hijo procede del Padre y el Padre es origen del Hijo; el Espíritu espirado procede de quien lo espira, el Espirador da origen al espirado. Por tanto, la Paternidad existe en el Padre; la Filiación en el Hijo; en el Padre y en el Hijo la expiración activa; en el Espíritu Santo la expiración pasiva. Estas relaciones son las que distinguen a las personas divinas. Si es engendrada, es el Hijo; si es aspirada, es el Espíritu Santo; si es engendradora es el Padre.
-Las relaciones divinas intratinitarias se identifican con la esencia, y se distinguen de ella solamente con distinción de razón.
Si las relaciones divinas constituidas por las personas, se distinguieran realmente de la esencia divina, habría cuaternidad en Dios, es decir, las tres personas y la esencia distinta de ellas.
Pero en Dios sólo hay tres personas.
Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,... (Mt. 28, 19).
El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios (Lc. 1, 35).
Por tanto las tres Personas no se distinguen de la esencia con distinción real, pues están identificadas con la esencia, sino con distinción de razón porque tal distinción está establecida solamente por el entendimiento.
9. El Misterio Trinitario. Misiones
-Existencia
-Se dividen en visibles e invisibles
-Cuando una es enviada, otra también es enviada con ella
-El Padre no es enviado, pero se manifestó con voz sensible
-Las Misiones visibles se otorgan a los fieles para su provecho común.
-Las personas divinas no pueden ser enviadas sino por los dones de la gracia
-Existen misiones en las personas divinas.
Misión es la procedencia de una persona de otra y su destino a producir algún efecto en las criaturas.
Sólo el Padre no es enviado; el Hijo y el Espíritu Santo sí son enviados.
a) -El Padre envía al Hijo.
Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn. 3, 17).
Aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios,... (Jn. 3, 34).
El que no honra al Hijo no honra la Padre que le ha enviado (Jn. 5, 23).
En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna... (Jn. 5, 24).
Lo mismo que me ha enviado el Padre que vive, y yo vivo por el Padre... (Jn. 6, 57).
...porque no estoy yo sólo, sino yo y el que me ha enviado (Jn. 8, 16).
b) -El Padre envía al Espíritu Santo.
Pero El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo... (Jn. 14, 26).
c) -El Hijo envía al Espíritu Santo.
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, y que yo os enviaré de junto al Padre,... (Jn. 15, 26).
...si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré de junto al Padre,... (Jn. 16, 17).
Aclaración. Las personas divinas están en todas partes y, por tanto, su envío no supone desplazamiento local, sino que reciben la misión de producir determinado efecto en determinado lugar.
-Las Misiones de las personas divinas son: unas visibles y otras invisibles.
a) Misiones visibles son las que se realizan con especies sensibles.
-Misión del Hijo.
El Ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor;... (Lc. 2, 10).
-Misión del Espíritu Santo.
Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él (Mt. 3, 16).
y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se quedada sobre él (Jn. 1, 32).
Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que dividiéndose se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les concedía expresarse (Hch. 2, 3-4).
b) -Misiones invisibles son la procedencia de una persona divina de otra y su inhabitación en el alma de la criatura racional por la gracia.
-Misión del Padre y del Hijo.
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre la amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn. 14, 23).
-Misión del Espíritu Santo.
¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios...? (1 Cor. 6, 19).
-Cuando una de las tres personas divinas es enviada otra es también enviada con ella.
...porque no estoy sólo, sino yo y el que me ha enviado (Jn. 8, 16).
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en el...» (Jn. 14, 23).
-El Padre no es enviado propiamente, pero se manifestó con voz sensible.
a) -En el bautismo de Jesús.
Y una voz que venía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt. 3, 17).
b) -En la Transfiguración de Jesús.
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y salió de la nube una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.» Al oír esto los discípulos cayeron rostros en tierra llenos de miedo (Mt. 15, 5-6).
-Las Misiones visibles se otorgan a los fieles para su provecho común.
A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, proceder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obras un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad (1 Cor. 12, 7-11).
-Las personas divinas no pueden ser enviadas invisiblemente sino por los dones de la gracia santificante.
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn. 14, 23).
...porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5, 5).
...porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario (1 Cor. 3, 17).
Aclaración. Ningún efecto puede ser la razón de que Dios habite en el alma del justo, como en un templo, más que la gracia santificante.
10. El Misterio Trinitario. La Inhabitación
-La generación divina en nosotros se asemeja con la generación eterna del Hijo en el seno del Padre
-Las tres personas divinas inhabitan en el alma del justo
-Dios, en su trinidad, esta en cada uno de los hombres
-El Espíritu Santo recibido por la fe y por el bautismo habita en el espíritu y en el cuerpo del cristiano
-El Espíritu Santo habita en las almas de los justos
-Nuestra unión con Dios por la inhabitación es semejante a los de las tres divinas personas
-Las inhabitación es para hacernos participantes de su vida, para ser objeto de amor y motor de nuestras acciones
-La generación divina en nosotros tiene alguna semejanza con la generación eterna del Hijo el Verbo en el seno del Padre.
Como tú, Padre en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tu me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno,... (Jn. 17, 21-23).
Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn. 4, 16).
-Las tres divinas personas inhabitan en el alma del justo.
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn. 14, 23).
¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Cor. 3, 16).
...el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario (1 Cor. 3, 17).
¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros...? (1 Cor. 6, 19).
Porque nosotros somos santuario de Dios vivo... (2 Cor. 6, 16).
Conserva el buen depósito mediante el Espíritu santo que habita en nosotros (2 Tim. 1, 14).
Aclaración. Esta inhabitación consiste formalmente en una unión física y amistosa entre Dios y el hombre realizada por la gracia, en virtud de la cual Dios, uno y trino, se da al alma y está presente en ella personal y sustancialmente haciéndola participante de su vida divina.
-Dios, en la Trinidad de sus personas, esta en cada uno de los hombres.
a) -Dios Padre.
¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Cor. 3, 16).
...el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario (1 Cor. 3, 17).
Porque nosotros somos santuario de Dios vivo,... (2 Cor. 6, 16).
b) -Dios Hijo.
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn. 14, 23).
c) -Dios Espíritu Santo.
¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros...? (1 Cor. 6, 19).
-El Espíritu Santo recibido por la fe y por el Bautismo habita en el Cristiano en su espíritu y en su cuerpo.
a) -Recibido por la fe.
Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la Ley o por la fe en la predicación? (Gál. 3, 2).
...a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa (Gál. 3, 14).
b) -Recibido por el Bautismo.
Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Cor. 6, 11).
...él nos salvó...por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que él derramó sobre nosotros... (Tit. 3, 5-6).
c) -Habita en el cristiano.
...ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros (Rom. 8, 9).
¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Cor. 3, 16).
Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en vosotros (2 Tim. 1, 14).
d) -En su espíritu.
El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (Rom. 8, 16).
e) -En su cuerpo.
¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios,...? (1 Cor. 6, 19).
-El Espíritu Santo habita en las almas de los justos.
El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios.
¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Cor. 3, 16).
-Nuestra unión con Dios por la inhabitación es semejante a la unión que existe entre las tres divinas personas.
Como tú, Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros... (Jn. 17, 21).
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno... (Jn. 17, 22).
Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn. 4, 16).
-La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para hacernos participantes de su íntima vida divina y para constituirse en objeto fruitivo de amor y para ser motor y regla de nuestras acciones.
a) -Para hacernos participantes de su vida.
Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn. 10, 10).
...y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Ga. 2, 20).
...Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (1 Jn. 4, 9).
b) -Para constituirse en objeto fruitivo de amor.
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn. 14, 23).
Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn. 4, 16).
c) -Para hacernos motor y regla de nuestras acciones.
...Y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gál. 2, 20).
Aclaración. El predominio de Cristo sobre el alma del justo es tanto, que llega a constituirse motor y regla de sus acciones.
miércoles, 3 de agosto de 2011
EL MISTERIO TRINITARIO
Publicado por
Unknown
en
21:48
0
comentarios
sábado, 23 de julio de 2011
María en la Evangelización
Presencia Mariana en el proceso evangelizador
María en la Evangelización
INTRODUCCIÓN
Para poder comprender mejor la temática se ha visto necesario esclarecer algunos términos-ejes que acompañarán nuestra reflexión.
1. Evangelio. Se entiende por él el contenido de la predicación de Jesús, codificado y transmitido a través de los textos sagrados llama¬dos evangelios. La enseñanza de Je¬sús acogida por la primera iglesia, vivida y puesta por escrito por los cuatro evangelistas, tiene una ampli¬tud mayor que los cuatro textos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan; es acogida, además de en ellos, en los restantes libros del NT. Por evangelio entendemos aquí todo el conjunto de verdades que ha sido compe¬tentemente transmitido de Cristo a nosotros. En esta enseñanza hay una parte histórica, el contenido de la re¬velación, la expresión de lo que Dios a través de Cristo le pide al hombre para su salvación. Es un mensaje de verdad y de vida que espera respues¬ta, y que sólo en la respuesta de la fe que se hace praxis puede ser real¬mente comprendido.
2. Evangelizar. Es la acción por la que se transmite el evangelio respondiendo al mandato de Cristo y ejecutando contemporáneamente la misión de la iglesia de predicar, anunciar y transmitir oralmente el contenido del evangelio, obedecien¬do al mandato de Cristo, que dijo a los suyos: "Id por el mundo y predi¬cad el evangelio a toda criatura" (Mc 16,15). Pablo llamará a esta acción servicio del evangelio, que es a la vez servicio al que manda y a los que a través de la palabra creerán. En se¬guida resulta evidente que la acción del evangelizador y el conjunto de estructuras con que se realiza esta acción guardan una estrecha rela¬ción con el que envía y da el mensaje y con el destinatario al que el men¬saje ha de llegar íntegro y vital.
3. Evangelizador. Es el que realiza personalmente la acción de evangelizar; el evangelista es el que ha escrito el mensaje; el evangeliza¬dor es el que, después de haberlo es¬cuchado, lo transmite a los herma¬nos con fidelidad. El evangelizador ha sido elegido, goza de la confianza y la autoridad del que le envía, me¬rece atención por parte del que le escucha, aunque lo que más cuenta es el mensaje que lleva. La evangelización depende en gran parte de la capacidad y de las virtudes del evan¬gelizador, que debe ser fiel y creíble, llevar la fuerza y la capacidad del profeta, acoger y vivir en sí mismo el mensaje que anuncia y saber amar al hombre al que Dios quiere salvar a través del mensaje.
4. María Está presente en el evangelio, tiene su función personal de anunciadora, ejerce personalmen¬te la evangelización en la iglesia y en el mundo. Los primeros evangeliza-dores fueron los apóstoles, pero no solamente ellos; toda la iglesia asu¬mió la tarea confiada por Jesús: ''Id y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo cuanto yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros to¬dos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20).
PRESENCIA MARIANA EN EL PROCESO EVANGELIZADOR DE LA IGLESIA
1. MARIA Y EL KERYGMA
La acción del Espíritu Santo hace de María y de la Iglesia un «signo» transparente y portador de Cristo para todos los pueblos. Cuando se habla de María, es para anunciar que:
Cristo es perfecto Dios, perfecto hombre y Salvador universal. La realidad mariana de virginidad, maternidad y asocia¬ción es transparencia de todo el misterio de Cristo.
María es la primera creyente y discípula de Cristo. Por esto también puede ser llamada la primera evangelizadora. La «cooperación (de María) a la salvación» (LG 56), como «asociada» a Cristo Redentor (LG 58), se convierte en «influjo salvífico» y en «misión materna para todos los hombres» (LG 60). Ella es «la gran señal» (Ap 12,1) ante los pueblos, como «la mujer» (Jn 2,4; 19,26; Gal 4,4) figura de la Iglesia.
Manifestar a Cristo y comunicarlo a todos los corazones y todas las gentes, es la razón de ser de María y de la Iglesia. La Iglesia mira a María como «punto de referencia... para los pueblos y para la humanidad entera» (RMa 6). En esta realidad «misionera», María precede a la Iglesia como «la gran señal» (Ap 12,1), «estrella de la evangelización» (EN 82) .
1.1 María en el primer anuncio
Desde el dia de Pentecostés, la Iglesia anuncia que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación, por medio de su muerte y resurrección; en él se cumplen las espe¬ranzas mesiánicas (cf. Hech 2,15-41). Estos datos del «kerigma» o primer anuncio cristiano, que la Iglesia está llamada a anunciar a todos los pueblos, aparecen en la predicación de Pablo (1 Cor 15,3-5; Rom 1,1-4; Gal 4,4-7) y en los evan¬gelios.
María forma parte de este anuncio misionero, como «la mujer» de la que, por obra del Espíritu Santo, nace el Salva¬dor. Los textos marianos del Nuevo Testamento contienen todos los elementos básicos del anuncio misionero:
— en Cristo, Hijo de David (verdadero hombre),
— Hijo de Dios (concebido por obra del Espíritu Santo),
— ha comenzado el cumplimiento de las profecías y es¬peranzas mesiánicas
El misterio pascual de Cristo, muerto y resucitado, que la Iglesia anuncia a todos los pueblos, tiene su faceta mariana de transparencia o de «gran señal'» (Ap 12,1). Cuando se anuncia a Cristo, nacido de María la Virgen, es para hacer resaltar su realidad integral: Cristo hombre (María Madre), Cristo Hijo de Dios (María Virgen) y Cristo Salvador (Ma¬ría asociada, «la mujer», Tipo de la comunidad eclesial).
María aparece relacionada con el misterio de Cristo y de la Iglesia como «la mujer», figura de la comunidad creyente, asociada esponsalmente a «la hora» de Cristo (Gal 4,4, Jn 2,4; 19,26).
Se pueden encontrar todos los elementos básicos del pri¬mer anuncio («kerigma») en los textos marianos de la infancia de Jesús (Mt 1-2; Le 1-2), así como en los textos joánicos (Jn 2 y 19). Como todo fragmento evangélico, también estos textos anuncian a Cristo, «el Señor». «La mujer», por medio de la cual Jesús es de nuestra estirpe (hombre), es virgen y madre por obra del Espíritu Santo, para hacer resaltar que Cristo es Hijo de Dios, el Señor resucitado.
El kerigma o primer anuncio proclama que Jesús es «na¬cido de la mujer» (Gal 4,4), «de la estirpe de David» (Rom 1,3; Mt 1,1), «por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20); es el «Hijo de Dios» (Le 1,35), «el que salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). María, anunciada por la Iglesia, hace ver la realidad de Jesucristo, el Salvador por ser el Señor resucitado. Hijo de Dios y hermano nuestro. Jesús es «el Salvador preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminar a las gentes» (Lc 2,30-32; Is 42,6; 49,6). María forma parte de la epifanía de este misterio salvífico, compar¬tiendo la misma «suerte» de Cristo (cf. Lc 2,35). La palabra de Dios es siempre «espada» que define la actitud de la persona respecto a los planes salvíficos de Dios.
La Iglesia encuentra en María su «Tipo» o personifica¬ción. Efectivamente, María, recibiendo con espíritu de ado¬ración esta palabra (Lc 2,19-51), define su postura de aso¬ciación a Cristo para dejar transparentar todo su «misterio», que es de salvación para todos los pueblos (Ef 3,3-7). Ahora este «misterio, oculto por los siglos en Dios», se manifiesta y se comunica por medio de la Iglesia y, más concretamente, por la vida y acción apostólica de la misma (Ef 3,8-10). Cuando la Iglesia anuncia el mensaje evangélico sobre Ma¬ría, indica la actitud de respeto a los planes salvificos de Dios en Cristo: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). La nueva Alianza, que es para todos los pueblos, tiene las mismas características fundamentales de la primera Alianza en el Sinai: Dios tiene la iniciativa en la historia de salvación, pero quiere la respuesta libre del hombre: «Haremos lo que el Señor nos dirá» (Ex 24,7).
La figura de María a la luz de los textos del Nuevo Tes¬tamento es Tipo de la comunidad eclesial, que anuncia y comunica el misterio de Cristo en toda su integridad «kerig-mática». La «humillación» de Cristo (que es hombre como nosotros) deja transparentar su «exaltación» (de Hijo de Dios), como Salvador del mundo. Infidelidad de María al misterio de la encarnación (Lc 1,38.45) se muestra en su actitud de «pobreza» (Lc 1,48), como tipo de la fe y de la acción materna y evangelizadora de la Iglesia (Jn 2,11).
Jesús fue anunciado por Simeón como «luz de los pue¬blos» (Le 2,32), mientras, al mismo tiempo, a María se le comunicaba su participación en la «suerte» dolorosa de Jesús (Lc 2,33-35). La maternidad de María, recibiendo al Verbo bajo la acción del Espíritu Santo, se hace nueva maternidad universal como tipo de la maternidad de la Iglesia misionera. María es «la gran señal», que transparenta la luz de Cristo (Ap 12,lss). La Iglesia es signo o «sacramento» porque «Cristo, luz de los pueblos, ... resplandece sobre la faz de la Iglesia» (LG 1).
1.2 María y los primeros misioneros
El evangelio de Mateo indica el cumplimiento de las pro¬mesas mesiánicas. El «kerigma» o primer anuncio es para todo el género humano. María forma parte de este anuncio, como transparencia de la realidad mesiánica de Jesús. La «genealogía» de Jesús indica al Salvador que, en cuanto hom¬bre, es de nuestra estirpe, nacido de María (Mt 1,1-15). En el «Emmanuel» (Dios con nosotros), se cumplen las esperan¬zas mesiánicas y llegan a su plenitud las esperanzas de salva¬ción que se encuentran en todos los pueblos (Is 7,14; Mt 1,21-23; Lc 2,31-32) .
El evangelio de Lucas subraya la fe de la comunidad y la cercanía de Jesús (su humanidad, su misericordia). María es como «la hija de Sión» (Sof 3,14ss), que recibe al Salvador con una actitud de fidelidad generosa. El Salvador es para todas las generaciones (Lc 1,50) y para todo el pueblo (Lc 2,10). El «gozo» de María, cantado en el Magníficat (Le 1,47), es anuncio de la buena nueva (anuncio gozoso, «eu-angello») para todas las gentes. María personifica a la comu¬nidad mesiánica que recibe al Salvador para anunciarlo y comunicarlo a toda la humanidad. Su capacidad contempla¬tiva ante la palabra se convierte en transparencia del miste¬rio de Cristo para todos los pueblos (Lc 2,19-20)
El evangelio de Juan presenta los «signos» por los que Cristo manifiesta su «gloria» o misterio de Verbo encamado (Jn 1,14). María, con su fe, es modelo de esta actitud creyente (Jn 2,11), que sabe descifrar los signos más pobres, para ver en ellos la donación de Dios al hombre (la «sangre») y la comunicación de su vida divina (el «agua») (Jn 19,34-37). El mismo Espíritu Santo, que formó a Cristo en el seno de María, comunica la vida en Cristo a todos los creyentes (Jn 1,13; 7,37-39). En el primer signo (Cana) y en el último («glorificación» desde la cruz), María abre el camino a una comunidad de seguidores de Cristo (Jn 2,12) que viven de él como «pan de vida» (palabra y eucaristía), «para la vida del mundo» (Jn 6,48-51) .
En la doctrina de Pablo, María, «la mujer» (Gal 4,4s), es modelo de la maternidad de la Iglesia (Gal 4,26) y de la maternidad del apóstol (Gal 4,19). La maternidad de Ma¬ría, de la Iglesia y del apóstol, es siempre instrumento de vida en Cristo o de filiación divina por obra del Espíritu Santo (Gal 4,4-7) .
La Iglesia es «misionera por su misma naturaleza» (AG 2), como «sacramento universal de salvación» (AG 1; LG 48), que encuentra en María su personificación o Tipo (LG 53, 63). Viviendo y anunciando el misterio de Cristo nacido de María, la Iglesia reencuentra continuamente su identidad. Al inicio del capitulo mariano de la Lumen gentium, el con¬cilio Vaticano II, citando el texto paulino de los Gálatas, resume así la acción eclesial de anunciar a Cristo, Redentor del mundo:
«Queriendo Dios, infinitamente sabio y miseri¬cordioso, llevar a cabo la redención del mundo, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo nacido de mujer,... para que recibiéramos la adopción de hijos (Gal 4,4-5). El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, des¬cendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encamó de la Virgen María (Credo). Este misterio divino de salva¬ción nos es revelado y se continúa en la Iglesia» (LG 52) .
En la acción misionera de la Iglesia, María está siempre presente, como parte integrante del «kerigma» o primer anuncio. La presencia de María en este primer anuncio a todos los pueblos es garantía de autenticidad en todos los elementos básicos del mismo anuncio: Cristo Hijo de Dios (María Virgen), Cristo hombre (María Madre), Cristo Sal¬vador (María asociada a Cristo, como figura de la Iglesia).
2. DIMENSIÓN MARIANA DE LA DIMENSIÓN ECLESIAL
La realidad de gracia que la fe descubre en María ayuda a conocer mejor la realidad de Cristo que se prolonga en la Iglesia para comunicarse a todos los pueblos. Las aspiracio¬nes de toda la humanidad hacia la perfección y salvación, se encuentran realizadas en Maria: «A partir de la humilde esclava del Señor, la humanidad inicia su retorno hacia Dios.» (MC 28).
Anunciando el misterio de Cristo, nacido de María y que sigue asociando a María en la obra redentora, la Iglesia se realiza como «sacramento universal de salvación» (AG 1; LG 48), es decir, como «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1) .
La maternidad universal de María y de la Iglesia se pos¬tulan mutuamente para hacer realidad el mandato misione¬ro de Jesús. La figura bíblica de María ayuda a la Iglesia a construir la «comunión» universal. Meditando el misterio de Cristo, como María y con su ayuda, la Iglesia toma concien¬cia de su propia realidad de misterio (signo de Cristo), comunión y misión. La diversidad de valores por los que se diferencian entre si los pueblos y las culturas, encuentra en la Iglesia un principio de unidad, de purificación y de subli¬mación.
2.1 Identidad mariana de la Iglesia
La «identidad» de la Iglesia se encuentra principalmente en el modelo mariano: «Se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención» (LG 56; cf. RMa 40). María, por cada una de las gracias recibidas y por cada uno de sus títulos, es siempre «Tipo» de la Iglesia. Es, pues, modelo (ejemplo, figura), personificación e instrumento.
María está «íntimamente unida con la Iglesia» (LG 63). «Con ella y como ella» (RMi 92), recibe al Verbo bajo la acción del Espíritu Santo, en un proceso de escucha, res¬puesta y donación. Marialis cultus expone el paralelismo Maria-Iglesia, como Virgen oyente, orante, oferente, Madre (MC 17-20). En María, la Iglesia encuentra el modelo de «consagración total a la persona y a la obra de su Hijo», para «convertirse en causa de salvación para si misma y para todo el género humano» (LG 56).
María es siempre modelo de la fe de la Iglesia. Se trata de una fe vivencial y comprometida, de quien «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» (RMa 2; LG 58). En esta «peregrinación en la fe... María precedió... y sigue precediendo» a la Iglesia como su personificación (RMa 5-6). Es una actitud de acep¬tación plena de la Palabra divina, así como de unión incon¬dicional con sus designios de salvación por Cristo y en el Espíritu Santo (cf. RMa 12-19).
Al subrayar el titulo mariano de Tipo de la Iglesia, el Vaticano II señala la línea vivencial y misionera: «La Biena¬venturada Virgen, por el don y la prerrogativa de la mater¬nidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está unida también intima¬mente a la Iglesia. La Madre de Dios es Tipo de la Iglesia, en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo» (LG 63).
En el título mariano de Tipo o figura, la Iglesia se en¬cuentra a sí misma:
— personificada en María y unida plenamente a Cristo;
— realizada ya en María, aunque de camino hacia la plenitud en Cristo;
— virgen fiel y madre fecunda como María, en el anuncio y comunicación del misterio de Cristo;
— llamada como María a la asociación esponsal con Cristo.
La relación entre María y la Iglesia deriva hacia la misión de colaborar en la obra salvífica. Jesús continúa asociando a María como Madre y Tipo de la Iglesia, actuando en el mundo por medio de signos eclesiales. María pertenece ple¬namente al principio fontal de la Iglesia, que es Cristo. Por esto, la Iglesia, al identificarse con María, se siente más unida al Señor, a los planes salvificos del Padre, a la acción del Espíritu Santo y a la obra de salvación universal.
2.1 María, maternidad y sacramentalidad de la Iglesia
La maternidad «espiritual» de María se dirige no sola¬mente a los creyentes individualmente, sino especialmente como comunidad eclesial. Esta maternidad se realiza «en la Iglesia y por medio de la Iglesia» (RMa 24). Por esto María es Madre de la Iglesia, es decir, «Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores»2(}.
En el cenáculo de Jerusalén, la Iglesia, reunida con Ma¬ría, comenzó su «nueva maternidad en el Espíritu» (RMa 47), que constituye su razón de ser y, por tanto, su misionariedad. En todas las épocas históricas, el Espíritu Santo hace posible la misión de la Iglesia, comunicándole nuevas gra¬cias para «dar testimonio con audacia de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo» (Hech 4,33).
Los períodos más fecundos para la evangelización se han caracterizado por la toma de conciencia sobre la maternidad de la Iglesia. Ello se hace patente de modo especial en la vida y en los escritos de los santos. De este «sentido» de Iglesia se pasa fácilmente a Maria Tipo de la maternidad eclesial.
La maternidad de la Iglesia es «ministerial» y «sacramen¬tal» en cuanto que obra a través de los ministerios o servicios profetices, cultuales y de caridad, como signos eficaces y portadores de Cristo.
«La Iglesia... se hace madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la pre¬dicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (LG 64). En esta maternidad apostólica la Iglesia imita a María: «Por esto también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cris¬to, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles» (LG 65).
El ser y la función apostólica de la Iglesia son una mater¬nidad permanente y universal. La naturaleza de esta mater¬nidad es de instrumentalidad salvifica. La permanencia de esta misma maternidad puede parangonarse a la de María:
«Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vaci¬lar al pie de la cruz, hasta la consumación perpetua de todos los elegidos» (LG 62).
La relación entre la maternidad de María y la de la Iglesia es tan estrecha, que se puede hablar de una sola maternidad (cf. RH 22). Propiamente es la maternidad de Maria que se actualiza por medio de la Iglesia:
«Las palabras que Jesús pronuncia desde lo alto de la cruz significan que la maternidad de su madre encuentra una nueva continuación en la Iglesia y a través de la Iglesia» (RMa 24).
Esta realidad materna, mariana y eclesial, se basa en el hecho de que Cristo sigue presente y operante en los signos eclesiales (Mt 28,20), asociando a María y a la Iglesia (cf. Jn 19,25-27). La misión que la Iglesia ha recibido de Cristo (Jn 20,21-22) se realiza bajo la acción del Espíritu Santo. Ella anuncia, presencializa y comunica a Cristo, para que sea realidad viviente en el corazón de cada ser humano.
El término «maternidad», aplicado a la misión de la Igle¬sia, encuentra su punto de apoyo en la misma doctrina de Jesús sobre las dificultades del apostolado (cf. Jn 16,20-22). San Pablo hace uso de esta terminología, incluso con el símil de los «dolores de parto» (Gal 4,19), en un contexto que es, al mismo tiempo, mariano (Gal 4,4-7), apostólico (Gal 4,19) y eclesial (Gal 4,26).
La enseñanza paulina sobre la maternidad de la Iglesia se basa en el texto de Isaías sobre la nueva Sión o nueva Jerusalén, que será madre de todos los pueblos (Is 54,1; 11,12). Esta nueva Jerusalén «es libre y es nuestra madre» (Gal 4,26), y tiene su comienzo en «la plenitud de los tiempos», cuando «Dios ha enviado a su Hijo nacido de la mujer» (Gal 4,4). Toda la humanidad está llamada a participar en la filiación divina de Cristo por obra del Espíritu Santo (Gal 4,6), puesto que él es «el Salvador de todos» (1 Tim 4,10).
En cada comunidad eclesial se concretiza la maternidad de la Iglesia (2 Jn 1,4-13). Todo creyente recibe la vida divina por medio de la Iglesia o de los signos eclesiales; por esto la fe en la Iglesia se puede expresar de este modo: «Creo en la santa Iglesia madre». Pero, al mismo tiempo, todo creyente es Iglesia madre, como parte activa e integrante de una comunidad que es madre por los servicios del profetismo, culto y realeza (cf. PO 6). Toda comunidad eclesial, y especialmente la Iglesia particular, se hace responsable de poner en práctica esta maternidad que es de misionariedad universal.
La condición de Iglesia peregrina hace descubrir el signi¬ficado de las dificultades y persecuciones. Estas tribulacio¬nes forman parte de la maternidad y misionariedad de la Iglesia y se transforman en fecundidad cuando la vida se hace donación. Estos son los «dolores de parto» inherentes a la vida apostólica (Jn 16,20-21; Gal 4,19), que hacen de la Iglesia (personificada en María) «la gran señal» (Ap 12,lss). Cristo continúa asociando a la Iglesia, que debe ser consorte (esposa) de sus sufrimientos (Ef 5,25ss), a imitación de María que fue llamada a compartir la «suerte» (espada) y «la hora» de Cristo (Le 2,35; Jn 19,25-27). Los signos eclesiales de esta maternidad, como son las vocaciones y los ministe¬rios, participan de estas reglas evangélicas de saber morir para resucitar con Cristo, como «el grano de trigo» (Jn 12,24).
Jesús continúa asociando a María su madre en la aplica¬ción de la redención, también en su presencia activa de resucitado, por medio de los signos eclesiales que constitu¬yen la maternidad ministerial y sacramental de la Iglesia. En esta perspectiva salvífica, mariana y eclesial, se comprende mejor el principio patrístico, repetido por el concilio, sobre la necesidad de la Iglesia para la salvación (cf. LG 14, 16; AG7).
Cristo es el único Salvador, porque las semillas evangéli¬cas que Dios ha sembrado en todos los corazones y en todos los pueblos (culturas, religiones...) tienden, por si mismas, a hacerse explícitamente Iglesia ya en esta tierra. La materni¬dad de la Iglesia, en relación con la maternidad de María, es instrumento de Cristo, tanto para que su salvación llegue a cada ser humano (todavía no explícitamente cristiano) co¬mo para que toda la humanidad llegue un día a ser explícita¬mente la Iglesia que Cristo ha instituido como signo visible y sacramental de salvación para todos.
La maternidad de la Iglesia tiene carácter «virginal», en el sentido de fidelidad a la palabra de Dios y a la acción del Espíritu Santo. Esta fidelidad virginal, a ejemplo de María, es fidelidad a la doctrina (fe), a las promesas (esperanza) y a la acción amorosa de Dios (caridad). La Iglesia es madre como medianera de verdad, como portadora de las prome¬sas divinas y como instrumento de vida divina.
En la medida en que la Iglesia es virgen fiel, se hace también madre y esposa fecunda, «sacramento universal de salvación» (AG 1, en relación con AG 4). María es modelo y ayuda de esta virginidad maternal de la Iglesia: «Como ya enseñó san Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues, en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Vir¬gen, presentándose de forma eminente y singular como mo¬delo tanto de la virgen como de la madre» (LG 63; cf. RMa44).
Así, pues, «se puede afirmar que la Iglesia aprende tam¬bién de María la propia maternidad... Porque, al igual que María está al servicio del misterio de la encarnación, asi la Iglesia permanece al servicio del misterio de la adopción como hijos por medio de la gracia» (RMa 43).
2.3 La Iglesia se hace evangelizadora en cenáculo con María
El proceso de maternidad virginal de María se realizó bajo la acción del Espíritu Santo (Lc 1,35; Mt 1,18-20). La Iglesia comenzó a ser misionera y madre guiada por esta misma acción del Espíritu, a modo de «plenitud» (Hech 2,4), que capacita para anunciar a Cristo con audacia (Hech 2,32-33; 4,31). «La era de la Iglesia empezó con la venida, es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el cenáculo de Jerusalén junto a María, la Ma¬dre del Señor» (DeV 25) .
La presencia de María en la comunidad eclesial que pre¬paraba Pentecostés (Hech 1,14) se ha convertido en un hecho paradigmático, como punto de referencia para toda época histórica de la Iglesia. En esta realidad bíblica se entrecruzan las imágenes de la anunciación (Nazaret) y de Pentecostés (cenáculo). «Fue en Pentecostés cuando empe¬zaron los hechos de los Apóstoles, del mismo modo que Cristo fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre la Virgen María» (AG 4); «antes de Pentecostés... también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la anunciación ya la había cubierto con su sombra» (LG 59).
La realidad misionera de la Iglesia arranca de la encarna¬ción y de la redención, pero se manifiesta desde el día de Pentecostés: «La Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; comenzó la difusión del evangelio por la predica¬ción y fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe por medio de la Iglesia de la Nueva Alianza» (AG 4). Esta misionariedad de la Iglesia tiene ca¬racterísticas de maternidad: «La Iglesia, contemplando su misteriosa santidad e imitando su caridad (de María) y cum¬pliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (LG 64).
María en la anunciación simboliza a la Iglesia y la prece¬de. Por esto en Pentecostés se encuentra en medio de la comunidad eclesial, como expresión de la misma Iglesia:
« Por consiguiente, en la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da una particular correspon¬dencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el ce¬náculo de Jerusalén» (RMa 24).
Es ya una «constante» en la época postconciliar del Vati¬cano II la invitación a reunirse en cenáculo con María. En Evangelii Nuntiandi, Pablo VI hizo esta invitación para pre¬parar el año dos mil, puesto que ya estamos en «la vigilia del tercer milenio»:
«En la mañana de Pentecostés, ella (María) presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea ella la estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza» (EN 82) .
En su primera encíclica, Juan Pablo II hacía una invita¬ción semejante, puesto que estamos en «un nuevo adviento» (RH 1, 20, 22), en una «nueva etapa de la vida de la Iglesia» (RH 6), en una «época hambrienta de Espíritu» (RH 18). Esta invitación se ha ido repitiendo de modo más insistente durante el año mariano.
En el fondo de esta temática mariana y eclesial se encuen¬tra el tema del Espíritu Santo, que hace madre a María y hace misionera y madre a la Iglesia. En Maríalis cultus, Pablo VI subrayó esta relación: «María es también la Virgen-Madre constituida por Dios como tipo y ejemplar de la fecundidad de la Virgen-Iglesia, la cual se convierte ella misma en ma¬dre»... (MC 19; cita a LG 64).
Los momentos más fecundos de la historia de la Iglesia han sido aquellos en los que se ha tomado conciencia de esta realidad mariana y eclesial. Se podría hablar de un «nuevo Pentecostés», en el sentido de recibir nuevas gracias del Espíritu Santo para poder afrontar nuevas situaciones eclesiales. Así lo dejó entrever el papa Juan XXIII al convocar el concilio Vaticano II y en la oración para pedir el éxito del mismo: «Renueva en nuestra época los prodigios de un nue¬vo Pentecostés».
La misión que la Iglesia recibió de Cristo es la misma del Señor (Jn 20,21; 17,18). Es, pues, misión bajo la acción del Espíritu Santo (Hch 1,8), como fue la de Cristo (Lc 4,18). Se trata de anunciar y comunicar un «nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu» (Jn 3,5), como fruto de la glorificación de Jesús (Jn 7,37-39; 19,35).
Esta misión, que Cristo recibió del Padre y que ejerció bajo la guía del Espíritu Santo, al ser comunicada a la Iglesia constituye la fuente de la fecundidad eclesial (Jn 15,26-27; 16,13-15). Por esto Jesús compara la vida y acción apostó¬lica a una maternidad que, para llegar al gozo de la fecundi¬dad, ha de pasar por los dolores del parto (Jn 16,20-22). Pablo aplicó este símil materno a su propio trabajo apostólico (Gal 4,19; cf. 1 Tes 2,7-8), en el contexto de la maternidad de María (Gal 4,4) y de la Iglesia (Gal 4,26).
Esta realidad misionera y materna de la Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo, fundamenta el deseo que la mis¬ma Iglesia tiene de vivir en cenáculo con María (Hech 1,14). Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia vive de la palabra y de la eucaristía, se edifica como fraternidad y se orienta audaz¬mente hacia la evangelización (cf. Hch 2,42-47; 4,31-34). María está presente de modo ejemplar y activo en este pro¬ceso de maternidad.
El mismo Espíritu Santo que hizo madre a María siempre Virgen, hace misionera y madre a la Iglesia. La maternidad eclesial, como fecundidad apostólica, es, pues, obra del Es¬píritu Santo. Efectivamente, el Espíritu Santo «guía la Iglesia a toda la verdad... la unifica en comunión y ministerio... Con la fuerza del evangelio rejuvenece a la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo» (LG 4).
La acción del Espíritu Santo, que guía a la Iglesia en todo el proceso de maternidad apostólica, la constituye en «ins¬trumento eficaz') de vida divina. Por esto, «la comunidad eclesial ejerce una verdadera maternidad para conducir las almas a Cristo» (PO 6). De ahí deriva la actitud espontánea de la Iglesia de «identificarse» con María en la anunciación y de sentirla siempre presente en el cenáculo de cada comu¬nidad apostólica (cf. LG 65).
La venida del Espíritu Santo no se limita, pues, a la comunidad eclesial, sino que, por medio de ella, se prolonga en toda la humanidad. Por el Espíritu Santo, la Iglesia, a imitación de María, se hace madre y evangelizadora de to¬dos los pueblos (cf. Hch 10,45; 11,15.18).
3. DIMENSIÓN MARIANA DE LA VIDA Y DEL MINISTERIO DEL APÓSTOL
El «sentido» y amor de Iglesia, que equivale a la concien¬cia fiel de ser Iglesia «misterio» (signo de Cristo) y «comu¬nión» (fraternidad), lleva necesariamente a responsabilizarse de la «misión» materna de la Iglesia. La relación con María nace espontáneamente en el corazón del apóstol y de la comunidad que quiere vivir su realidad de ser Iglesia madre y misionera.
La dimensión mariana de la misión hace redescubrir y vivir la naturaleza misionera y materna de la Iglesia (Gal 4,4; 4,19; 4,26). Por esto, asi como María «ayudó con sus ora¬ciones a la Iglesia naciente», sigue ayudando también a la Iglesia de cada época para que «todas las familias de los pueblos lleguen a reunirse felizmente en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios» (LG 69). El apóstol vive su entrega a la misión como «amor maternal» a ejemplo de María (LG 65; RMi 92).
Toda renovación eclesial, bajo la acción del Espíritu San¬to, se realiza en el paradigma del Cenáculo. María sigue presente de modo activo y materno en la vida y el ministerio del apóstol: «Como los Apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo "con María la Madre de Jesús" (Hech 1,14), para implorar el Espíritu Santo y obtener fuerza y ardor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guia¬dos por el Espíritu» (RMi 92) .
3.1 María modelo de vocación apostólica
La vocación de todo cristiano es una llamada a la santi¬dad, es decir, a la plenitud de la vida cristiana y a la perfec¬ción de la caridad» (LG 40). Y es también llamada a la misión de anunciar a Cristo para ser sus «testigos hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).
María es modelo de respuesta a la vocación (cf. Le 1,38) y de fidelidad a la misión (cf. Le 1,40-41). Es «la mujer» (Jn 2,4), modelo de fe en la comunidad eclesial (cf. Le 8,19-21). «En intima unión con Cristo, María, la Virgen Madre, ha sido la criatura que más ha vivido la plena verdad de la vocación, porque nadie como Ella ha respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dios» (PDV 36). Por esto, «con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones... en la Iglesia» (PDV 82).
La ejemplaridad y la ayuda materna de María en la voca¬ción del apóstol tiene lugar desde el inicio del seguimiento evangélico, como actitud de fe, de desprendimiento y de asociación a Cristo. En el milagro de Cana, donde María manifestó su fidelidad incondicional al Señor («haced lo que él os diga»: Jn 2,5), «Jesús manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2,11). Esta fe se convirtió en seguimien¬to: «después de esto bajó a Cafarnaun con su madre, sus hermanos y sus discípulos» (Jn 2,12).
La presencia activa de María en el camino vocacional se convierte en ayuda de la acción salvífica:
— en el inicio del camino vocacional, como en la santifi¬cación del Precursor y en la fe de los primeros discípulos (Lc 1.15.41; Jn 2,11);
— en el seguimiento apostólico, que incluye la intimidad con Cristo y la misión (Jn 2,12; Me 3,14);
— en los momentos de dificultad, cuando es necesario vivir el misterio de la cruz (Jn 19,25-27);
— en los períodos de renovación por las nuevas gracias del Espíritu Santo (Hch 1,14; 2,4).
La fidelidad a la propia vocación apostólica produce el gozo de saberse amado y capacitado para amar. Es el «gozo» que canta María en el Magníficat (Le 1,47), participe de la misma «espada» o suerte de Cristo, como «gozo en el Espíri¬tu» (Le 10,21), que ayuda a superar los momentos de sole¬dad v de fracaso humano para transformarlos en misterio de Pascua un 12,24ss; 16,20-22).
La ejemplaridad e «influjo salvifico» (LG 60) y materno de María llega a cada vocación según su especificidad espi¬ritual y misionera. En la vocación laical, la línea misionera se dirige hacia la inserción en las estructuras humanas, como fermento evangélico, según la propia responsabilidad y en co¬munión con la Iglesia (cf. LG 31; GS 43; CFL 64). «El modelo de esta espiritualidad apostólica es la Santísima Vir¬gen María», puesto que, «mientras vivió en este mundo una vida igual a los demás, llena de preocupaciones y trabajos familiares, estaba constantemente unida con su Hijo y co¬operó de modo singularísimo a la obra del Salvador» (AA 4). Los laicos, pues, imitan a María y «encomiendan su vida apostólica a su solicitud materna».
La vocación a la vida consagrada se concreta en el segui¬miento evangélico radical, como «género de vida virginal que Cristo Señor escogió para si y que la Virgen Madre abrazó» (LG 46; cf. RD 17). Esta consagración radica en la consagración bautismal, expresando «su plenitud» (PC 5). Es amor de totalidad a Cristo y a la Iglesia (cf. LG 44). Se concreta en la práctica permanente de los consejos evangé¬licos, vividos con cierta ayuda fraterna y apuntando hacia la disponibilidad misionera. Es consagración y misión. Asi «consiguen la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios» (can.573, par.l).
Maria es «modelo» de la vida consagrada, puesto que «ella es la más plenamente consagrada a Dios; consagrada del modo más perfecto; su amor esponsal alcanza el culmen en la maternidad divina por obra del Espíritu Santo» (RD 17). En María y en la Iglesia, «la maternidad es fruto de la dona¬ción total a Dios en la virginidad» (RMa 39). Por esto la consagración se hace maternidad en la misión: «la virginidad por el Reino se traduce en múltiples frutos de maternidad según el Espíritu» (RMi 70). Por esto, la vida consagrada es «un reflejo de la presencia de María en el mundo».
La vocación sacerdotal corresponde a quienes reciben el sacramento del Orden, para «representar sacramentalmente a Jesucristo Cabeza y Buen Pastor» (PDV 15-16) y, por tanto, «obrar en su nombre» o «en persona de Cristo Cabeza» (PO 2). Ello comporta la participación en el ser sacerdotal de Cristo, la prolongación de su obrar sacerdotal y la trans¬parencia de su estilo de vida de Buen Pastor.
La relación de María con el sacerdote ministro se basa en este triple dato: consagración, función, vivencia. María es Madre de Cristo Sacerdote, de cuya consagración, acción salvifica y estilo de vida participa el sacerdote ministro (cf. PO 18). La consagración sacerdotal de Cristo ha tenido lugar en el seno de María (por la unión hipostática); el mismo Señor ha querido asociar a María en su acción salvifica y ha queri¬do que ella compartiera su misma vida y misión (Le 2,35; Jn 19,25). En este sentido, se puede comprender la afirmación frecuente en el magisterio sobre María como Madre especial del sacerdote ministro, puesto que «Cristo, moribundo en la cruz, la entregó como Madre al discípulo» (OT 8).
Acción evangelizadora y María
La acción evangelizadora de todo apóstol (laico, religio¬so, sacerdote) consiste en prolongar la misma misión de Cristo en el tiempo y en el espacio (cf.Jn 20,21;AG 6). «Los fieles, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo», quedan «integrados al Pueblo de Dios y hechos participes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo» (LG 31). Como hemos visto en el apartado anterior, María está relacionada con cada vocación, sea en el camino de la santidad, sea en el camino de la misión .
La presencia activa de María en la acción evangelizadora del apóstol tiene lugar en sus tres dimensiones: profética (de anuncio y testimonio), litúrgica (de celebración de los mis¬terios de Cristo), diaconal (de servicios de caridad y de organización). En la acción apostólica
— se anuncia a Cristo «nacido de María la mujer» (Gal 4,4);
— se celebra el misterio pascual de Cristo que ha querido asociar a María (cf. Jn 19,25ss);
— se comunica la vida en Cristo, de la que María es instrumento materno «en el orden de la gracia» (LG 61).
La acción apostólica de anuncio tiende a presentar a Cris¬to Dios, hombre, Salvador. María entra espontáneamente en este anuncio porque su virginidad deja entrever la divini¬dad de Jesús: es «el Hijo de Dios» (Lc 1,35), concebido «por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Su maternidad indica la realidad humana de Jesús, «nacido de la mujer» (Gal 4,4), «de la estirpe de David» (Mt 1,1; Rom 1,3). María es «la madre del Señor» (Le 1,43) .
La acción apostólica de celebrar los misterios de Cristo tiene lugar en la liturgia, y de modo especial en la celebración eucarística. La asociación de María a Cristo, que «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21), demuestra que Dios salva al hombre por medio del hombre. Ella «se asoció con entrañas de madre a su sacrificio» (LG 58) y, de este modo, prefigura la cooperación de la Iglesia en la obra apostólica. Esta realidad salvífica tiene lugar especialmente en la cele¬bración eucaristica, donde la «epiclesis» (invocación del Espí¬ritu Santo) recuerda la encarnación en el seno de María.
La acción apostólica de construirla comunidad en la comu¬nión se realiza con los servicios profetices (anuncio y testi¬monio), litúrgicos y hodegéticos (de dirección, animación, caridad). La comunidad se construye en la unidad, como la primera comunidad eclesial, «con María, la madre de Jesús» (Hech 1,14), escuchando la palabra, orando, celebrando la eucaristía y compartiendo los bienes (cf. Hech 2,42-45). Esta vida de comunión, bajo la acción del Espíritu, lleva a «anunciar la Palabra con audacia» (Hech 4,31). Esta acción apostólica de la comunidad es «una verdadera maternidad para conducir las almas a Cristo» (PO 6). María es el Tipo de esta maternidad apostólica de la Iglesia (cf. LG 65).
3.1 María formadora del apóstol
La vida «espiritual» del apóstol, como «vida según el Es¬píritu» (Rom 8,9), se puede concretar en la caridad pastoral, a imitación de Cristo Buen Pastor. Es, pues, vida profunda¬mente relacionada con Cristo, en comunión de hermanos, para compartir su misma vida y para prolongar su misión y acción salvifica. Se participa en la «consagración» y «misión» de Cristo por el Espíritu Santo (Le 4,18; cf. Jn 20,21-23).
Esta espiritualidad del apóstol queda matizada por la misión; por esto se llama espiritualidad misionera. Los trazos fundamentales de esta espiritualidad tienen un marcado acento mariano:
— «plena docilidad al Espíritu» (RMi 87) con el ejemplo y ayuda de María (Le 1,35.39-45);
— «comunión íntima con Cristo» (RMi 88) como María «la mujer» asociada a la obra salvífica del Señor (Jn 2,4; Le 2,35);
— «ardor de Cristo por las almas» como «hombre de la caridad» (RMi 89) a ejemplo de la maternidad de María (Jn 19,25-27; Gal 4,4-19);
— «anhelo de santidad» como fidelidad a la Palabra y a la voluntad divina (RMi 90) siguiendo la pauta mañana (Le 1,38; Jn 2,5);
— «fidelidad a la Iglesia» (RMi 90) en estrecha unión a quien es Tipo de la Iglesia (Ap 12,1),
— ser «contemplativo en la acción» (RMi 91) «meditando la Palabra en el corazón» como María (Le 2,19.51) .
La presencia activa y materna de María es una realidad tanto en el camino de la vocación (cf. 2) como en la acción apostólica (cf. 2) y en la vida personal y comunitaria del apóstol. La vida del apóstol está jalonada de signos de esta presencia mariana, desde el despertar de la vocación (Jn 2,11-12) hasta los momentos de dolor fecundo (Jn 19,25-27; Gal 4,4.19) y de nuevas gracias del Espíritu Santo (Hech 1,14; 2.3).
María sigue influyendo, con su testimonio e intercesión, en la fe apostólica de la Iglesia y de todo evangelizador: «Esta fe de María... precede al testimonio apostólico de la Iglesia y permanece en el corazón de la Iglesia» (RMa 27). El mo¬delo mariano de la fe (Le 1,45) sigue influyendo en los apóstoles de todos los tiempos (cf. Jn 2,11; 20,29).
La actitud mariana del apóstol se convierte en «unidad de vida» (PO 14), que armoniza vida interior y acción externa, siguiendo el ejemplo y las indicaciones de María: «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), «haced lo que él os diga» (Jn 2,5). La santificación por medio de los ministerios tiene lugar desde esta búsqueda de la voluntad del Padre, a imi¬tación de Cristo Buen Pastor (cf. Jn 10,18). La actitud apostólica a imitación de María se concreta en:
— apertura a los planes salvíficos de Dios (Le 1,28-29.38);
— fidelidad a la acción del Espíritu (Lc 1,35.39-45);
— contemplación de la Palabra (Lc 1,46-55; 2,19.51);
— asociación esponsal a Cristo (Lc 2,35; Jn 2,4);
—donación sacrificial con Cristo Redentor (Jn 19,25-27);
— tensión escatológica hacia el encuentro definitivo (Ap 12,1; 21-22).
Jesús comparó a los Apóstoles con una madre que sufre para dar a luz (cf. Jn 16,20-22). San Pablo expresó su celo apostólico usando esta misma comparación, como dolor de madre transformado en donación para «formar a Cristo» en los demás (Gal 4,19). La figura tipo de esta maternidad, en el contexto paulino, es «la mujer» de la que nace el Hijo de Dios, para hacernos partícipes de su filiación por obra del Espíritu (Gal 4,4-7). La Iglesia es «madre» por medio de la acción apostólica, como continuación de la maternidad de María (Gal 4,26). Por esto la caridad o celo apostólico tiene estas características: «¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del evangelio, de cada constructor de la Iglesia» (EN 79).
La misión eclesial de maternidad se actualiza en todas las épocas con la fidelidad a las nuevas gracias del Espíritu Santo. Así se comprende por qué la actitud apostólica, sien¬do una concretización de la maternidad eclesial, debe ser un trasunto del amor materno de María: «María es modelo de aquel amor maternal con que es necesario que estén anima¬dos todos aquellos que, en la misión de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres» (LG 65; RMi 92).
Reflexión final y conclusiones
La iglesia enviada a evangelio mundo tiene hoy consigo la imagen de María que, al final del concilio fue declarada madre de la Iglesia y propuesta como norma de vida también la imagen de María maestra de oración, presentada por Pablo vi en la Marialis cultus. María es pues, imagen y prototipo de la Iglesia no sólo en la maternidad, en la virginidad, en el amor a Cristo y al hombre, en la vida espiritual, sino que justamente a través de su acción de maestra de vida, será a la vez modelo y tipo de la iglesia evangelizadora.
1. LA EVANGELIZACIÓN Y MA¬RÍA. En la Evangelii nuntiandi lla¬mada María "estrella de la evangeli¬zación" (n. 82), y se atrae la aten¬ción sobre ella justamente al final de la exhortación apostólica. Ténga¬se presente la fecha del documento, 8 de diciembre de 1974, fiesta de la Inmaculada Concepción, la misma de la clausura del Vat II; María en su plenitud de gracia es la estrella que ilumina al evangelio, al evange¬lizador y a la iglesia evangelizadora; y justamente porque es inmaculada es el modelo que el evangelizador debe presentar al hermano a quien ofrece la palabra de Dios. María ha¬bla con su santidad, demuestra la ver¬dad y la eficacia de la palabra en su vida, enseña a creer, a acoger, a responder humildemente, generosa¬mente, plenamente.
Además de iluminar la evangelización, María ayuda al que lleva el mensaje y al que lo recibe, colaborando para hacer vivir el Evangelio. Para el que escucha la buena nueva María sigue siendo cada día la Virgen de la epifanía para el mundo que viene"; pero al mismo tiempo es siempre la Virgen de la anunciación que respondiendo con su propio “hágase” da la vida al Verbo en el alma del hombre. Para el que evangeliza, María sigue siendo signo y prenda de fídelidad y de fecundidad en la fe, porque su presencia en el seno de la Iglesia es de constante intercesión, a fin de que el Espíritu del Señor continúe acompañando la oferta y la respuesta inherentes a la evangeliza¬ción. Y la oración de María es siem¬pre escuchada.
Se pueden añadir dos observacio¬nes La verdadera evangelización tie¬ne sus características propias: lleva el signo de la novedad real, abre el corazón al gozo, hace crecer la espe¬ranza, responde a las exigencias de todo hombre, compromete a una respuesta que transforma al que la acoge. Ningún evangelio como el anunciado por María con su vida responde tan exactamente a estas ca¬racterísticas. Por otra parte, hay que tener presente que María, además de ser ella misma evangelio vivido y ofrecido silenciosamente a sus hijos, ha dejado en el evangelio escrito sus palabras más hermosas: el anuncio gozoso del Magníficat. Es una pági¬na admirable, vivida y repetida con el entusiasmo del que está lleno del Espíritu Santo, dicha en el umbral del evangelio a Dios v a los hom¬bres, sugerida por el grande y único evangelizador que es Jesús, hijo de María.
2. ALGUNAS DIFICULTADES. Se suelen advertir algunas perplejidades en anunciar, en evangelizar a María, justificadas en parte por el modo como ha sido presentada en el pasado contra el cual han tomado po¬sición el Vat II y Pablo VI en la Marialis cultus: Exaltación exagerada que rozaba la divinización; imágenes falsas o poco comprensibles; verdades abstractas que hacían desapar¬ecer lo concreto de su Persona; estas cosas unidas a las críticas de quienes temían un desplazamiento de la centralidad de Dios y de Cristo en favor de María, han creado dificultades reales. Con la imagen bíblica y evangélica de Ma¬ría plenamente humana y llena de gracia, que nos ha ofrecido el c. VIII de la Lumen gentium y la Marialis cultus, es preciso volver a evangeli¬zar a María, porque dejando de ha¬blar de ella se mutilaría a Cristo, ce¬saría la tradición evangélica y eclesial de siglos, se cerraría el camino real elegido por Dios para venir al mundo.
Otra causa de dificultades es la elección del sujeto al que se habla de María. Muchas veces se habla de ella sólo a grupos particulares de perso¬nas. preferentemente a los niños, a las almas piadosas, a los ancianos. María es madre de todos, y su grandeza es tal que, si fascina a los pequeños, toca el cora¬zón de los mayores; su amor, tem¬plado bajo la cruz de su hijo, sabe y quiere abrirse a los más pobres de fe, al que no cree, al que sufre, al que trabaja y lucha cada día, al que sabe lo difícil que puede ser la vida.
Hay todavía un tercer error que a veces comete el que habla de María: presentarla a los buenos dejándolos en la mediocridad, y a los mediocres tranquilizándolos con la protección de María. María es algo muy distin¬to. Con su realidad y con su evange¬lio ha de presentarse con la exigencia de una praxis valiente que prosiga su compromiso y heroísmo. A este mundo de incapaces y de débiles, de temerosos y de inseguros, de dudo¬sos y de resignados, María tiene mu¬cho que decirle.
BIBLIOGRAFÍA
1.- ESQUERDA Juan, Teología de la Evangelización, Madrid, BAC 1995
2.- FIORES, Stefano de y MEO, Salvatore, Nuevo diccionario de Mariología, Madrid, Ed. Paulinas,1988
3.- GONZÁLEZ, Carlos Ignacio, María, evangelizada y evangelizadora, Mariología., Bogotá, CELAM, 1994
Documentos eclesiales:
5.- PABLO VI, Exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi”, La Paz, Ed. Don Bosco, 1979
6.- Documentos completos del Vaticano II. Bilbao, Ed. Mensajero, 1980
- JUAN PABLO II, 7. Carta Encíclica “Dominum et vivificantem”, Lima, Ed. Salesiana, 1986
8.- Encíclica “Redemptor hominis”, Lima, Ed. Salesiana, 1979
9.- Encíclica “Redemptoris mater” Lima, Ed. Salesiana, 1996
10.- Encíclica “Redemptoris missio” Lima, Ed. Salesiana, 1994
11.- Biblia de Jerusalén. Madrid, Desclée de Brouwer, 1975
Publicado por
Unknown
en
21:02
0
comentarios
domingo, 17 de julio de 2011
El papel de la Oración
El papel de la Oración
Te felicito por preguntarme tantas cosas sobre la oración. Este es el buen camino, el camino de un Dios personal que te escucha y que quiere entregarse a ti..., si es que me hablas de la oración cristiana. Intentaré responder a tus inquietudes con brevedad.
1. «¿Por qué rezar es una osadía?», preguntas con acierto y aduces al ejemplo de la misa, en la que el sacerdote introduce el Padre Nuestro diciendo: «nos atrevemos a decir.» Rezar es una audacia, porque, hasta Jesús, ningún hombre se había atrevido a decir a su Dios: «¡Abba, mi papaíto querido!». Y también porque el pecado ha desdibujado nuestra relación con el Señor. En uno de sus catequesis, el cura de Ars decía a los niños: «nos habíamos ganado a pulso no poder rezar; pero Dios, en su bondad, nos ha permitido hablarle.» No sólo nos lo permitió, sino que nos pidió que lo hiciésemos. El mismo Dios fue el primero en dirigirse al hombre: «Adán, ¿dónde estás?» Así pues, «atrévete todo lo que puedas», como dice un himno al Santísimo Sacramento, sabiendo muy bien que no tienes la audacia de abordar aun terrible tirano, sino la audacia de creer en la ternura ofrecida. No estés atemorizado, sino emocionado, como el hijo pródigo cuando vuelve a casa con la cabeza gacha y su padre «se lanza a su cuello» (Lucas 15,20).
Por último, la audacia no consiste en interpretar al Todo- poderoso, sino en vencer en ti mismo la timidez y la incredulidad. ¡Atrévete a creer en el don que se te hace! ¡Atrévete a responder a la invitación que se te dirige! ¡No esperes más! ¡Comienza inmediatamente!
2. También me preguntas: «¿siente usted que Dios le responde en la oración?»
- Convéncete que Dios te escucha y no está distraído, ni se tapa los oídos ante tu oración. Los salmos lo repiten constantemente: «Tú me escuchas, Señor, cuando te llamo.» Tus súplicas no se pierden en el vacío, ni rebotan en un contestador automático, sino que encuentran siempre una razón atento de Dios.
- Además, la oración siempre es escuchada. El Evangelio no nos permite dudarlo. «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán; porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren» (Lucas 11,9-10). Para afirmar esto de una manera tan categórica, Jesús utiliza el ejemplo de nuestros padres. A ninguno de ellos, por muy «malo» que sea, se le ocurriría dar una serpiente aun niño que pide un pez, o un escorpión al que pide un huevo.
- Ahora bien, el Señor no siempre responde lo que tú esperas. A menudo, no responde al instante, no porque quiera hacerse de rogar, sino porque quiere probar la solidez de tu confianza. A veces, no responde de una forma sensible, sino dándote la paz, incluso una paz austera (Gálatas 5,22). No siempre responde concediéndote lo que re pides, sino entregándote el mejor de los regalos: el espíritu filial (Lucas 11,13). Ponerse en actitud de oración es ya ser escuchado en 10 que concierne a lo esencial: se entra en contacto con el Padre, la fe funciona y la ternura circula.
3. «¿Cómo se reza? No sé hacerlo y, por eso, apenas rezo». Amigo, no hay una escuela de preparación a la oración. En efecto, Jesús nunca respondió a la pregunta de sus discípulos, muy parecida a la tuya: «Señor, enséñanos a rezar, como Juan enseñó a sus discípulos» (Lucas 11,1). Simplemente, les contestó: «cuando recéis, haced como Yo» (Lucas .11,2). No les prestó un manual, ni les enseñó un método; simplemente, les abrió su corazón y les entregó su secreto. Para rezar no te hace falta un cursillo de seis meses sancionado con un diploma válido para toda la vida. Lo único que tienes que hacer es empezar inmediatamente. Dile al Padre la misma frase, llena de desolación, que me diriges a mí: «Padre no sé rezar.» ¡Qué oración tan hermosa! Me hace pensar en el grito de Charles de Foucauld: «Dios mío, si existes, deja que te conozca.» En tu caso, sería: «Dios mío, ya que me amas, ayúdame a confiar en ti.» La oración no se ensaya, como lo hace un piloto en una cabina simulada. Sería ridículo que dijeses a Dios: «Señor, durante algún tiempo voy a pronunciar la frase "hágase tu voluntad", para ver el efecto que produce en mí, pero sin tomármelo en serio. Cuando lo diga de verdad, ya te lo diré. («Hasta ese momento, me entreno...»). Reza desde el primer, momento, comprométete desde el principio, arriésgate desde el comienzo, y, sólo después, hazte ayudar por alguien. Si te apuntas a un grupo o a una «escuela», vete con todas las de la ley y para convertirte de verdad, no para gesticular en una piscina. El animador es un educador de la fe, no un instructor de natación. En definitiva, como dice Pablo, no busques a Dios ni en los abismos ni en las nubes: está muy cerca de ti, en tu corazón» (Romanos 10,6-8) ¡No necesitas ir a las orillas del Ganges ni a la escuela de los derviches turcos!
4. «¿Para que una oración sea eficaz, hay que rezar durante mucho tiempo?», me preguntas. Hay que rezar durante mucho tiempo, pero no para alegrar a un Dios distante y enfadado (como si Dios fuese un frasco que hay que agitar antes de usarlo, o un antipático al que ni las cosquillas hacen sonreír), sino para que el don de Dios pueda descender sobre ti e impregnar tu corazón. El tiempo no está hecho para Dios, sino para ti, para que puedas acoger la gracia que desciende sobre ti, a borbotones o gota a gota. « ¿No tiene usted ganas de rezar durante todo un día, de vez en cuando?» Claro que sí. y por la misma razón. No para acumular fórmulas, como si mis peticiones se valorasen a peso, sino para exponerme a los rayos del sol divino, para empaparme de su cálida luz. No tengo que contarle nada que ya no sepa, ni ablandar un corazón que ya me ama. Lo único que tengo que hacer es dejarme amar ampliamente y sin cansarme.
5. «¿Rezar es aburrido?
-¿De qué habla usted en sus oraciones?
-¿La repetición no termina en la monotonía?»
A veces, cuando se está seco, rezar puede ser algo austero. O doloroso, cuando se está sufriendo. Pero pronto te darás cuenta de que la oración nunca es aburrida. «¿Reza usted con regularidad?». Sí, y aquí radica la solución. Si sólo te vuelves hacia Dios por capricho, o cuando te apetece, nunca entrarás en la intimidad del Señor, y no se te entregará, porque sucumbes a la... sensación. Pero si haces oración todos los días con un corazón fiel, renunciarás a la sensación (y, por lo tanto, también al aburrimiento cuando falla la sensación) y entrarás en el reino de la paz. Yo rezo con regularidad -gracias, Jesús- y nunca me he planteado tu pregunta. Tampoco me aburro, porque no busco éxtasis ni estremecimientos. Mi alegría consiste en ser fiel a la cita... En cuanto a la repetición, es la ley de todo progreso. Avanzar en la oración no consiste en consumir fórmulas siempre nuevas y cada vez más asombrosas, con el fin de vibrar cada vez más y mejor. Avanzar en la oración es repetir incansablemente las palabras de amor más sencillas, como hacen todos los enamorados. Cuando quieres a una chica, no utilizas para hablarle un diccionario de palabras tiernas y dulces. No haces literatura; entregas tu presencia y tu ternura y repites incansablemente las palabras y los gestos más sugestivos. Lo mismo pasa con la oración: el debutante busca las emociones; el veterano, la sencillez. ¿Cómo rezaba Jesús a su Padre? ...Cuando estés cansado, retoma una y otra vez la súplica ritmada de nuestros hermanos orientales: «Señor Jesús, hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.» Empápate y confúndete con este humilde murmullo durante mucho tiempo.
6. «La oración ¿ayuda a dirigir los sentimientos?» Ciertamente. Y cuando tengas que hacer algo difícil o tengas que mantenerte firme en tu postura sin encolerizarte, reza antes y durante. Cuando tus sentidos vibren en ti peligrosamente, cálmate en los brazos de María. No se trata de una técnica sin alma o de tomar un tranquilizante, sino de un abandono del corazón que repercutirá positivamente en tu psicología y en tu cuerpo. Porque todo está relacionado. A veces, la oración puede curar las heridas, tanto tu propia oración como la que los demás hagan por ti.
7. «¿No es mejor ayudar a los pobres y desfavorecidos?» Mi querido amigo, hago las dos cosas. ¿Crees que la Madre Teresa -o sus Misioneras de la Caridad- podría haber cumplido con su incansable trabajo si no pasase largos ratos ante el Santísimo o con el rosario en las manos? Las comunidades que se están fundando para atender a los enfermos del Sida son, ante todo, comunidades contemplativas. Las Hermanitas de Jesús aguantan con los pobres en medio del desierto por la adoración.
Esto es todo lo que puedo decirte aquí sobre la oración. Busca algún otro libro sobre ello. Hay muchos. Escoge uno bueno, pero no leas demasiado, correrías el riesgo de... no rezar, contentándote con ideas sublimes o con testimonios de otros.
¿Cambia algo todo esto?
Me planteas preguntas muy significativas:
« ¿La alegría ocupa un lugar importante en su vida?
-¿Puede tener miedo un cristiano?
-¿Comete usted pecados?
-Cuando se conoce a Dios, ¿se pueden seguir haciendo tonterías?
-¿Tiene tentaciones? ¿Sobre qué?
-¿Su amor por Dios permanece estable o crece?
-¿Teme perder la fe?
-¿Tiene miedo de que pueda separarse de Dios?
-¿No le gustaría vivir como todo el mundo?
-¿Echa de menos su antigua vida?
-¿Es verdad que los estudios son más sencillos y fáciles cuando se ama a Dios?»
El perdón es la cuestión que te parece más complicada:
«-¿Cómo hay que perdonar?
-¿No llega un momento en que uno se harta de perdonar?
-Perdonar ¿es olvidarlo todo? ,
-¿Por qué relacionar creer con perdonar?»
Y esta sutil pregunta:
«Si Dios nos ama tal y como somos, ¿por qué tenemos que cambiar?»
Pero lo que más te preocupa es la incompatibilidad que tú crees descubrir entre el amor a Dios y el amor a los demás. El a Dios te parece que se opone a la ternura humana. Le da una serie de preguntas, que denotan tu preocupación:
-¿Amó usted a alguien antes que a Dios?
-¿En su vida dedicada a Cristo, queda algún sitio para su vida personal?
-¿Se puede amar a Dios ya alguien más?
-¿Se relaciona usted con otras personas además de hacerlo líos?
-Cuando se ama a Dios, ¿hay que permanecer célibe?
-¿Amaría igual a Dios si estuviese casado?
-¿Pueden compararse el amor de Dios y el amor humano?
-¿Cree usted que no hay ningún amor comparable al de Dios?
Te respondo, amigo mío. Que la alegría y la paz son las antes de un corazón enamorado, no necesita demostración. Amar a Dios produce la serenidad de la confianza que del abandono entre las manos del Padre, allí donde ningún miedo, por muy profundo que sea, puede atacarnos. Este mensaje de Charles de Foucauld. Es evidente que pueden, momentos malos, pero la fe está ahí para calmarnos en los salmos, Dios es la roca sólida y fiable. Apoyados corazón, los malos tragos desaparecen y se funden como a al fuego. No piensen en una emoción superficial o en alegría extraordinaria. Se trata de una profundidad mucho más bella que estos escalofríos momentáneos y superficie .La paz de Dios no aturde como las contorsiones o los decibelios de tu rock. Tampoco hace olvidar, sino que ayuda a ir las dificultades de la existencia.
Mientras uno está enamorado, no quiere regresar a la vida, anterior, anclada en el sin-sentido, en la esclavitud del pecado a huida de la droga. Pero el contraste entre el antes y el es existe, aunque el antes no fuese tan disoluto. La gran verdad es, en efecto, el descubrimiento de la gran ternura de que nos saca de la morosidad, de la rutina, del egoísmo y aburrimiento que se desprende de un universo estrecho le se puede ser un gran VIP y no tener amor en el corazón. Lo que lo cambia todo es la oración de cada día y de cada momento. Ella permite, cerrando los ojos un momento, saber queridos del Padre. y la susodicha operación se puede )comenzar las veces que se quiera. Lee el salmo 139. Es la oración del creyente que se descubre rodeado por todas partes su Señor.
Esta maravilla no se descubre de golpe y porrazo, y hay profundizar continuamente en ella. La fe no consiste en conservar un tesoro, sino en la acogida siempre renovada de un flujo amoroso que nos sobrepasa y que no deja de invadirnos. Aunque encuadres el certificado de tu bautismo y lo cuelgues en las paredes de tu casa, eso no quiere decir que tu bautismo dé frutos en tu corazón. No se pertenece a Cristo como aquel que pertenece a una asociación con su correspondiente carnet de socio. Estamos injertados en Cristo y su vida no deja de alimentarnos. No estás inscrito en un registro, sino incorporado a una persona. Por eso, en vez de ser una mancha de tinta que va perdiendo su color, eres un miembro que crece.
Pero todo eso no te impide cometer pecados, porque eres débil y el mundo te solicita. Aunque hayas hecho enormes progresos en tu vida, no estás blindado. Eso sí, crees, por encima de todo, en la misericordia de tu Dios y recibes el sacramento del perdón siempre que lo necesitas. Esto lo cambia todo. y no me digas que se trata de una facilidad. Nadie se hace una herida pensando que es fácil curarla. En tal caso, se estaría actuando como el niño que no duda en manchar su chándal contando con el detergente milagroso utilizado por su madre. El chándal es un objeto inerte e insensible a la mancha; pero el corazón de Dios está vivo y es infinitamente sensible a nuestras faltas de amor. El perdón divino nos alegra, o si somos leales, también tiene que confundirnos, porque, una vez más, y a pesar de nuestras promesas, hemos herido al Señor. Es lo que Pablo llama la «tristeza según Dios» (2 Corintios 7,10). El enamorado también cae, pero nunca peca con desenvoltura, diciéndose que Dios es bueno y que, al final, por mucho que se peque, lo perdona todo. El enamorado de Dios implora con humilde confianza: «¡No permitas me separe de ti!». Una oración dulce, pero nada confortable. ¡Rézala y verás!
En el perdón recibido el cristiano encuentra la fuerza para perdonar a su vez. De lo contrario, su falta de lógica seria monstruosa (Mateo 18,23-35). No es posible rezar a Dios Padre misericordioso sin hacer misericordia (Mateo 6,14). El perdón no te exige olvidar, ni hacerte insensible, ni abrazarte al cuello de tu «enemigo». Te exige desearle el bien, todo el bien que Dios quiere para él (incluida su conversión, si la necesita. Se trata, pues, de no odiarle, ni de olvidarle cortando los puentes con él. Haz como yo. Reza todos los días de manera especial por todos aquellos a los que más te cuesta amar o por aquellos a los que no les resulta fácil amarte. Es algo tremendamente liberador. Y ten en cuenta que el perdón no es un detalle facultativo: el perdón es lo más divino (Lucas 7,49). Al hacerte compartir esta difícil actitud, el Padre te cree realmente capaz de ser su hijo. Además, la vida es corta y disponemos de muy poco tiempo para amar. ¡No lo malgastes odiando!
Sí, Dios nos ama tal y como somos, pero sin hacerse cómplice de nuestras enfermedades. Nos da la mano allí donde nos encontremos, pero para hacernos caminar, sin aprobar nuestras deficiencias. Hay que tener cuidado al hablar de que nos ama como somos, porque es una frase ambigua a la que se le puede hacer decir cualquier cosa. No arrastres al Señor hacia ti. Déjate arrastrar por El. No le hagas cargar con tus pecados ni con tus malas tendencias. Por el contrario, si te encuentras desolado por tus enfermedades, la pesadez de tus instintos, tus taras o tus pecados repetidos, no te desanimes y ten la suficiente humildad como para dejarte querer por el Padre. La desesperación puede ser un acto de orgullo, de un orgullo sutil. ¡Deja a Dios hacer su trabajo! ¡No quieras ocupar su sitio! ¡No es nada fácil!
Sí, amigo, saberse amado por Dios transfigura la existencia. Tú hablas de una mayor facilidad en los estudios, pero es verdad ante cualquier trabajo o ante cualquier impotencia para poder trabajar (estoy pensando en los enfermos, por ejemplo). El amor no resuelve todas las dificultades, pero impide crisparse, desesperarse, angustiarse y mandar todo a paseo amor es la certeza de una ternura extraordinaria y más fuerte todo. Es abandonarse entre sus brazos.
El último lote de tus preguntas me hace pensar en el Polyeucte de Corneille. Se trata de un hombre que corre hacia el martirio olvidándose de Pauline, la mujer que tanto ama. y le dice, con dolor, refiriéndose al Dios de los cristianos «¿no se puede amar a nadie para entregarse a Él?»
Me da la sensación de que exageras un poco el asunto... Vuelvo a repetirte algo que vengo diciendo desde el principio libro. No hagas de Dios un ser entre otros seres, aunque el Ser por excelencia. No le incluyas en la serie. De lo contrario, le convertirás en el rival de los afectos más legítimos y le asignarás unos celos que nada tienen que ver con los celos de que habla la Biblia (Deuteronomio 4,24). El Señor está celoso de que el hombre ame a los ídolos, pero no de que ame a sus hermanos. Se irrita al verte llamar dios a lo que no es Dios, de oírte dar el título de señor a otro (Mateo 6,24). Y como no es posible tener dos absolutos, tienes que escoger. Pero esta decisión no te impedirá querer a los hombres. Al contrario, te dirá que los ames a todos sin excepción (Mateo 5,43-47) y les perdones setenta veces siete (Mateo 18,21-22). ¡Estás atrapado! El Señor no es el enemigo del hombre. Si estás enamorado de Dios, nadie te prohíbe que te cases; pero te puedes dispensar de casarte, si ésa es tu vocación. La ternura que das a tu pareja no se la robas a Dios, y la que das a tu Señor en el celibato no se la robas tampoco a tus hermanos pobres que esperan tu servicio. Una cosa no tiene que ver con la otra. Quizá comentes: «¡de buena me he librado! Por seguir a Jesús, estuve apunto de no casarme. Ahora recupero mi libertad y podré amar a mi prometida en la autonomía más absoluta.» no tan deprisa, amigo. Vas a poder y a deber amar a tu esposa como Cristo ama a su Iglesia (Efesios 5,25), haciendo de tu matrimonio el sacramento de la Alianza. La exigencia recae totalmente sobre 1a calidad de vuestra ternura, que no puede ser una ternura de pacotilla. Ya ves, tenías miedo de no poder amar; y ahora temes... tener que amar por encima de tus pequeñas posibilidades. Jesús le ha dado la vuelta a tus pretensiones
Pero, tranquilízate, porque también te da. el Espíritu Santo para poder llegar a ese ideal.
De todas formas, tanto para los célibes como para los casados, hay una preferencia absoluta debida a Dios: el martirio. Ante esto, nada tiene valor. La pequeña Inés, en Roma, tuvo que abandonar a sus padres. Tomás Moro, en la torre de Londres, tuvo que resistir a las súplicas de su mujer y de su hija. Pero morir por Cristo no les obligaba a romper con los suyos: Inés y Tomás les dieron cita en la eternidad.
¿Es necesario creer en Cristo para encontrar sentido a la vida?
Tus preguntas:
«-¿Qué sentido dan a su vida los que no creen?
-¿Para ser feliz hay que ser creyente?
-¿Hay que ser un super-creyente para amar a los disminuidos?».
Cuando yo era joven, algunos cristianos acomplejados pasaban su tiempo diciendo que no sólo la fe no era necesaria, si no que, además, los no creyentes eran superiores a los creyentes, y los no practicantes a los practicantes. Superiores en materia moral, por supuesto, y especialmente en entrega y compromiso.
Afortunadamente, nunca caí en tal especie de mala conciencia, que tiene la virtud de horripilarme; y tampoco creo que este sea el sentido de tus interrogantes. Tal vez lo que te pasa es que estás convencido de lo que aporta la vida cristiana y lo único que quieres hacer, para terminar con cualquier resquicio de duda, sea la prueba inversa. Además, seguramente conoces a increyentes admirables (yo también).
Cuando uno está orgulloso de su fe y de su Iglesia no siente celos cuando ve que el bien se realiza en otra parte. Porque el evangelio nos muestra que Dios está presente desde siempre todo el mundo. El universo no es, pues, un No God´s Land. «¿Por qué Dios está presente en su vida, mientras que no aparece en sociedad?», me preguntas. Tal vez Dios sea negado, y está ciertamente olvidado, pero no por eso deja de estar presente en la sociedad. Por eso me alegro de todo el bien que se hace en pro de los desfavorecidos. Me horroriza el bien etiquetado confesionalmente («somos los mejores») o recuperado políticamente («vótennos»). Sin embargo, también yo me planteo algunas preguntas.
En primer lugar, cuando la gente dice que no cree en Dios, ¿de qué «Dios» está hablando? ¿Lo pueden precisar? Cuando aceptan hacerlo, les hago caer en la cuenta que ese «Dios» no es el mío y que, desde ese punto de vista, yo soy tan ateo como ellos. ¡Algo que ya hacían los primeros cristianos!
Además, y sin que esto suene a orgullo, estoy convencido de que la Iglesia cumple en el mundo una función saludable, incluso para los que no forman parte de ella. La Iglesia reza por ellos y les ama. Y todas las gracias que bajan a la tierra pasan por sus manos de esposa, de intendente. Este es el sentido exacto del viejo adagio: «fuera de la Iglesia no hay salvación». No quiere decir que, «como no eres de los nuestros, no vales nada ni tienes nada que hacer«. Lo que quiere decir es lo siguiente: «todo lo que tienes y todo lo que vales te ha sido o por el Señor a través de su Iglesia». Y llevar a cabo este servicio que se nos ha confiado no puede ser para nosotros motivo de vanidad, pero tampoco de vergüenza.
También creo que, con su presencia, la Iglesia juega un papel fundador y sanitario. Fundador, porque los valores morales más humanos no pueden subsistir durante mucho tiempo fuera del marco religioso. Algo, por otra parte, puesto relieve por no creyentes como Sartre y Monod. El mejor ejemplo de ello es la destrucción acelerada de la familia. Y también juega la Iglesia un papel sanitario, porque su misión -no sólo la de los obispos, sino también la de los laicos competentes- es sanar la sociedad en la medida de sus posibilidades. Sobre este importante punto volveremos más adelante.
Dicho esto, es evidente que yo no soy el Buen Dios. Ignoro lo que pasa en el fondo del corazón de cada uno. No sé cómo se alimentan de convicciones morales los no creyentes. Tampoco sé cómo llegan a ser felices y hasta qué punto, dejando subsistir en su corazón vacíos tan gigantescos como el del más allá, por ejemplo. No sé cómo viven las dificultades y la muerte, y cómo son capaces de perdonar. A pesar de sus virtudes, les falta el conocimiento de Jesucristo, algo importante si juzgo por mi experiencia personal. Me da pena que sus valores, recibidos de Dios como todo don, les hagan volverse orgullosamente contra un cielo inútil, en una actitud arrogante y desafiante, como la que tuvieron algunos miembros eminentes del paganismo antiguo como Marco Aurelio.
Por eso, reconocer los valores vividos por los no creyentes no me impide evangelizar; al contrario, porque el Evangelio es la capa freática de la que brotan todas las fuentes.
Publicado por
Unknown
en
5:07
0
comentarios
sábado, 16 de julio de 2011
Preguntas y respuestas
Preguntas y respuestas
1. «¿Por qué rezar es una osadía?», preguntas con acierto y aduces al ejemplo de la misa, en la que el sacerdote introduce el Padre Nuestro diciendo: «nos atrevemos a decir.» Rezar es una audacia, porque, hasta Jesús, ningún hombre se había atrevido a decir a su Dios: «¡Abba, mi papaíto querido!». Y también porque el pecado ha desdibujado nuestra relación con el Señor. En uno de sus catequesis, el cura de Ars decía a los niños: «nos habíamos ganado a pulso no poder rezar; pero Dios, en su bondad, nos ha permitido hablarle.» No sólo nos lo permitió, sino que nos pidió que lo hiciésemos. El mismo Dios fue el primero en dirigirse al hombre: «Adán, ¿dónde estás?» Así pues, «atrévete todo lo que puedas», como dice un himno al Santísimo Sacramento, sabiendo muy bien que no tienes la audacia de abordar aun terrible tirano, sino la audacia de creer en la ternura ofrecida. No estés atemorizado, sino emocionado, como el hijo pródigo cuando vuelve a casa con la cabeza gacha y su padre «se lanza a su cuello» (Lucas 15,20).
Por último, la audacia no consiste en interpretar al Todo- poderoso, sino en vencer en ti mismo la timidez y la incredulidad. ¡Atrévete a creer en el don que se te hace! ¡Atrévete a responder a la invitación que se te dirige! ¡No esperes más! ¡Comienza inmediatamente!
2. También me preguntas: «¿siente usted que Dios le responde en la oración?»
- Convéncete que Dios te escucha y no está distraído, ni se tapa los oídos ante tu oración. Los salmos lo repiten constantemente: «Tú me escuchas, Señor, cuando te llamo.» Tus súplicas no se pierden en el vacío, ni rebotan en un contestador automático, sino que encuentran siempre una razón atento de Dios.
- Además, la oración siempre es escuchada. El Evangelio no nos permite dudarlo. «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán; porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren» (Lucas 11,9-10). Para afirmar esto de una manera tan categórica, Jesús utiliza el ejemplo de nuestros padres. A ninguno de ellos, por muy «malo» que sea, se le ocurriría dar una serpiente aun niño que pide un pez, o un escorpión al que pide un huevo.
- Ahora bien, el Señor no siempre responde lo que tú esperas. A menudo, no responde al instante, no porque quiera hacerse de rogar, sino porque quiere probar la solidez de tu confianza. A veces, no responde de una forma sensible, sino dándote la paz, incluso una paz austera (Gálatas 5,22). No siempre responde concediéndote lo que re pides, sino entregándote el mejor de los regalos: el espíritu filial (Lucas 11,13). Ponerse en actitud de oración es ya ser escuchado en 10 que concierne a lo esencial: se entra en contacto con el Padre, la fe funciona y la ternura circula.
3. «¿Cómo se reza? No sé hacerlo y, por eso, apenas rezo». Amigo, no hay una escuela de preparación a la oración. En efecto, Jesús nunca respondió a la pregunta de sus discípulos, muy parecida a la tuya: «Señor, enséñanos a rezar, como Juan enseñó a sus discípulos» (Lucas 11,1). Simplemente, les contestó: «cuando recéis, haced como Yo» (Lucas .11,2). No les prestó un manual, ni les enseñó un método; simplemente, les abrió su corazón y les entregó su secreto. Para rezar no te hace falta un cursillo de seis meses sancionado con un diploma válido para toda la vida. Lo único que tienes que hacer es empezar inmediatamente. Dile al Padre la misma frase, llena de desolación, que me diriges a mí: «Padre no sé rezar.» ¡Qué oración tan hermosa! Me hace pensar en el grito de Charles de Foucauld: «Dios mío, si existes, deja que te conozca.» En tu caso, sería: «Dios mío, ya que me amas, ayúdame a confiar en ti.» La oración no se ensaya, como lo hace un piloto en una cabina simulada. Sería ridículo que dijeses a Dios: «Señor, durante algún tiempo voy a pronunciar la frase "hágase tu voluntad", para ver el efecto que produce en mí, pero sin tomármelo en serio. Cuando lo diga de verdad, ya te lo diré. («Hasta ese momento, me entreno...»). Reza desde el primer, momento, comprométete desde el principio, arriésgate desde el comienzo, y, sólo después, hazte ayudar por alguien. Si te apuntas a un grupo o a una «escuela», vete con todas las de la ley y para convertirte de verdad, no para gesticular en una piscina. El animador es un educador de la fe, no un instructor de natación. En definitiva, como dice Pablo, no busques a Dios ni en los abismos ni en las nubes: está muy cerca de ti, en tu corazón» (Romanos 10,6-8) ¡No necesitas ir a las orillas del Ganges ni a la escuela de los derviches turcos!
4. «¿Para que una oración sea eficaz, hay que rezar durante mucho tiempo?», me preguntas. Hay que rezar durante mucho tiempo, pero no para alegrar a un Dios distante y enfadado (como si Dios fuese un frasco que hay que agitar antes de usarlo, o un antipático al que ni las cosquillas hacen sonreír), sino para que el don de Dios pueda descender sobre ti e impregnar tu corazón. El tiempo no está hecho para Dios, sino para ti, para que puedas acoger la gracia que desciende sobre ti, a borbotones o gota a gota. « ¿No tiene usted ganas de rezar durante todo un día, de vez en cuando?» Claro que sí. y por la misma razón. No para acumular fórmulas, como si mis peticiones se valorasen a peso, sino para exponerme a los rayos del sol divino, para empaparme de su cálida luz. No tengo que contarle nada que ya no sepa, ni ablandar un corazón que ya me ama. Lo único que tengo que hacer es dejarme amar ampliamente y sin cansarme.
5. «¿Rezar es aburrido?
-¿De qué habla usted en sus oraciones?
-¿La repetición no termina en la monotonía?»
A veces, cuando se está seco, rezar puede ser algo austero. O doloroso, cuando se está sufriendo. Pero pronto te darás cuenta de que la oración nunca es aburrida. «¿Reza usted con regularidad?». Sí, y aquí radica la solución. Si sólo te vuelves hacia Dios por capricho, o cuando te apetece, nunca entrarás en la intimidad del Señor, y no se te entregará, porque sucumbes a la... sensación. Pero si haces oración todos los días con un corazón fiel, renunciarás a la sensación (y, por lo tanto, también al aburrimiento cuando falla la sensación) y entrarás en el reino de la paz. Yo rezo con regularidad -gracias, Jesús- y nunca me he planteado tu pregunta. Tampoco me aburro, porque no busco éxtasis ni estremecimientos. Mi alegría consiste en ser fiel a la cita... En cuanto a la repetición, es la ley de todo progreso. Avanzar en la oración no consiste en consumir fórmulas siempre nuevas y cada vez más asombrosas, con el fin de vibrar cada vez más y mejor. Avanzar en la oración es repetir incansablemente las palabras de amor más sencillas, como hacen todos los enamorados. Cuando quieres a una chica, no utilizas para hablarle un diccionario de palabras tiernas y dulces. No haces literatura; entregas tu presencia y tu ternura y repites incansablemente las palabras y los gestos más sugestivos. Lo mismo pasa con la oración: el debutante busca las emociones; el veterano, la sencillez. ¿Cómo rezaba Jesús a su Padre? ...Cuando estés cansado, retoma una y otra vez la súplica ritmada de nuestros hermanos orientales: «Señor Jesús, hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.» Empápate y confúndete con este humilde murmullo durante mucho tiempo.
6. «La oración ¿ayuda a dirigir los sentimientos?» Ciertamente. Y cuando tengas que hacer algo difícil o tengas que mantenerte firme en tu postura sin encolerizarte, reza antes y durante. Cuando tus sentidos vibren en ti peligrosamente, cálmate en los brazos de María. No se trata de una técnica sin alma o de tomar un tranquilizante, sino de un abandono del corazón que repercutirá positivamente en tu psicología y en tu cuerpo. Porque todo está relacionado. A veces, la oración puede curar las heridas, tanto tu propia oración como la que los demás hagan por ti.
7. «¿No es mejor ayudar a los pobres y desfavorecidos?» Mi querido amigo, hago las dos cosas. ¿Crees que la Madre Teresa -o sus Misioneras de la Caridad- podría haber cumplido con su incansable trabajo si no pasase largos ratos ante el Santísimo o con el rosario en las manos? Las comunidades que se están fundando para atender a los enfermos del Sida son, ante todo, comunidades contemplativas. Las Hermanitas de Jesús aguantan con los pobres en medio del desierto por la adoración.
Esto es todo lo que puedo decirte aquí sobre la oración. Busca algún otro libro sobre ello. Hay muchos. Escoge uno bueno, pero no leas demasiado, correrías el riesgo de... no rezar, contentándote con ideas sublimes o con testimonios de otros.
¿Cambia algo todo esto?
Me planteas preguntas muy significativas:
« ¿La alegría ocupa un lugar importante en su vida?
-¿Puede tener miedo un cristiano?
-¿Comete usted pecados?
-Cuando se conoce a Dios, ¿se pueden seguir haciendo tonterías?
-¿Tiene tentaciones? ¿Sobre qué?
-¿Su amor por Dios permanece estable o crece?
-¿Teme perder la fe?
-¿Tiene miedo de que pueda separarse de Dios?
-¿No le gustaría vivir como todo el mundo?
-¿Echa de menos su antigua vida?
-¿Es verdad que los estudios son más sencillos y fáciles cuando se ama a Dios?»
El perdón es la cuestión que te parece más complicada:
«-¿Cómo hay que perdonar?
-¿No llega un momento en que uno se harta de perdonar?
-Perdonar ¿es olvidarlo todo? ,
-¿Por qué relacionar creer con perdonar?»
Y esta sutil pregunta:
«Si Dios nos ama tal y como somos, ¿por qué tenemos que cambiar?»
Pero lo que más te preocupa es la incompatibilidad que tú crees descubrir entre el amor a Dios y el amor a los demás. El a Dios te parece que se opone a la ternura humana. Le da una serie de preguntas, que denotan tu preocupación:
-¿Amó usted a alguien antes que a Dios?
-¿En su vida dedicada a Cristo, queda algún sitio para su vida personal?
-¿Se puede amar a Dios ya alguien más?
-¿Se relaciona usted con otras personas además de hacerlo líos?
-Cuando se ama a Dios, ¿hay que permanecer célibe?
-¿Amaría igual a Dios si estuviese casado?
-¿Pueden compararse el amor de Dios y el amor humano?
-¿Cree usted que no hay ningún amor comparable al de Dios?
Te respondo, amigo mío. Que la alegría y la paz son las antes de un corazón enamorado, no necesita demostración. Amar a Dios produce la serenidad de la confianza que del abandono entre las manos del Padre, allí donde ningún miedo, por muy profundo que sea, puede atacarnos. Este mensaje de Charles de Foucauld. Es evidente que pueden, momentos malos, pero la fe está ahí para calmarnos en los salmos, Dios es la roca sólida y fiable. Apoyados corazón, los malos tragos desaparecen y se funden como a al fuego. No piensen en una emoción superficial o en alegría extraordinaria. Se trata de una profundidad mucho más bella que estos escalofríos momentáneos y superficie .La paz de Dios no aturde como las contorsiones o los decibelios de tu rock. Tampoco hace olvidar, sino que ayuda a ir las dificultades de la existencia.
Mientras uno está enamorado, no quiere regresar a la vida, anterior, anclada en el sin-sentido, en la esclavitud del pecado a huida de la droga. Pero el contraste entre el antes y el es existe, aunque el antes no fuese tan disoluto. La gran verdad es, en efecto, el descubrimiento de la gran ternura de que nos saca de la morosidad, de la rutina, del egoísmo y aburrimiento que se desprende de un universo estrecho le se puede ser un gran VIP y no tener amor en el corazón. Lo que lo cambia todo es la oración de cada día y de cada momento. Ella permite, cerrando los ojos un momento, saber queridos del Padre. y la susodicha operación se puede )comenzar las veces que se quiera. Lee el salmo 139. Es la oración del creyente que se descubre rodeado por todas partes su Señor.
Esta maravilla no se descubre de golpe y porrazo, y hay profundizar continuamente en ella. La fe no consiste en conservar un tesoro, sino en la acogida siempre renovada de un flujo amoroso que nos sobrepasa y que no deja de invadirnos. Aunque encuadres el certificado de tu bautismo y lo cuelgues en las paredes de tu casa, eso no quiere decir que tu bautismo dé frutos en tu corazón. No se pertenece a Cristo como aquel que pertenece a una asociación con su correspondiente carnet de socio. Estamos injertados en Cristo y su vida no deja de alimentarnos. No estás inscrito en un registro, sino incorporado a una persona. Por eso, en vez de ser una mancha de tinta que va perdiendo su color, eres un miembro que crece.
Pero todo eso no te impide cometer pecados, porque eres débil y el mundo te solicita. Aunque hayas hecho enormes progresos en tu vida, no estás blindado. Eso sí, crees, por encima de todo, en la misericordia de tu Dios y recibes el sacramento del perdón siempre que lo necesitas. Esto lo cambia todo. y no me digas que se trata de una facilidad. Nadie se hace una herida pensando que es fácil curarla. En tal caso, se estaría actuando como el niño que no duda en manchar su chándal contando con el detergente milagroso utilizado por su madre. El chándal es un objeto inerte e insensible a la mancha; pero el corazón de Dios está vivo y es infinitamente sensible a nuestras faltas de amor. El perdón divino nos alegra, o si somos leales, también tiene que confundirnos, porque, una vez más, y a pesar de nuestras promesas, hemos herido al Señor. Es lo que Pablo llama la «tristeza según Dios» (2 Corintios 7,10). El enamorado también cae, pero nunca peca con desenvoltura, diciéndose que Dios es bueno y que, al final, por mucho que se peque, lo perdona todo. El enamorado de Dios implora con humilde confianza: «¡No permitas me separe de ti!». Una oración dulce, pero nada confortable. ¡Rézala y verás!
En el perdón recibido el cristiano encuentra la fuerza para perdonar a su vez. De lo contrario, su falta de lógica seria monstruosa (Mateo 18,23-35). No es posible rezar a Dios Padre misericordioso sin hacer misericordia (Mateo 6,14). El perdón no te exige olvidar, ni hacerte insensible, ni abrazarte al cuello de tu «enemigo». Te exige desearle el bien, todo el bien que Dios quiere para él (incluida su conversión, si la necesita. Se trata, pues, de no odiarle, ni de olvidarle cortando los puentes con él. Haz como yo. Reza todos los días de manera especial por todos aquellos a los que más te cuesta amar o por aquellos a los que no les resulta fácil amarte. Es algo tremendamente liberador. Y ten en cuenta que el perdón no es un detalle facultativo: el perdón es lo más divino (Lucas 7,49). Al hacerte compartir esta difícil actitud, el Padre te cree realmente capaz de ser su hijo. Además, la vida es corta y disponemos de muy poco tiempo para amar. ¡No lo malgastes odiando!
Sí, Dios nos ama tal y como somos, pero sin hacerse cómplice de nuestras enfermedades. Nos da la mano allí donde nos encontremos, pero para hacernos caminar, sin aprobar nuestras deficiencias. Hay que tener cuidado al hablar de que nos ama como somos, porque es una frase ambigua a la que se le puede hacer decir cualquier cosa. No arrastres al Señor hacia ti. Déjate arrastrar por El. No le hagas cargar con tus pecados ni con tus malas tendencias. Por el contrario, si te encuentras desolado por tus enfermedades, la pesadez de tus instintos, tus taras o tus pecados repetidos, no te desanimes y ten la suficiente humildad como para dejarte querer por el Padre. La desesperación puede ser un acto de orgullo, de un orgullo sutil. ¡Deja a Dios hacer su trabajo! ¡No quieras ocupar su sitio! ¡No es nada fácil!
Sí, amigo, saberse amado por Dios transfigura la existencia. Tú hablas de una mayor facilidad en los estudios, pero es verdad ante cualquier trabajo o ante cualquier impotencia para poder trabajar (estoy pensando en los enfermos, por ejemplo). El amor no resuelve todas las dificultades, pero impide crisparse, desesperarse, angustiarse y mandar todo a paseo amor es la certeza de una ternura extraordinaria y más fuerte todo. Es abandonarse entre sus brazos.
El último lote de tus preguntas me hace pensar en el Polyeucte de Corneille. Se trata de un hombre que corre hacia el martirio olvidándose de Pauline, la mujer que tanto ama. y le dice, con dolor, refiriéndose al Dios de los cristianos «¿no se puede amar a nadie para entregarse a Él?»
Me da la sensación de que exageras un poco el asunto... Vuelvo a repetirte algo que vengo diciendo desde el principio libro. No hagas de Dios un ser entre otros seres, aunque el Ser por excelencia. No le incluyas en la serie. De lo contrario, le convertirás en el rival de los afectos más legítimos y le asignarás unos celos que nada tienen que ver con los celos de que habla la Biblia (Deuteronomio 4,24). El Señor está celoso de que el hombre ame a los ídolos, pero no de que ame a sus hermanos. Se irrita al verte llamar dios a lo que no es Dios, de oírte dar el título de señor a otro (Mateo 6,24). Y como no es posible tener dos absolutos, tienes que escoger. Pero esta decisión no te impedirá querer a los hombres. Al contrario, te dirá que los ames a todos sin excepción (Mateo 5,43-47) y les perdones setenta veces siete (Mateo 18,21-22). ¡Estás atrapado! El Señor no es el enemigo del hombre. Si estás enamorado de Dios, nadie te prohíbe que te cases; pero te puedes dispensar de casarte, si ésa es tu vocación. La ternura que das a tu pareja no se la robas a Dios, y la que das a tu Señor en el celibato no se la robas tampoco a tus hermanos pobres que esperan tu servicio. Una cosa no tiene que ver con la otra. Quizá comentes: «¡de buena me he librado! Por seguir a Jesús, estuve apunto de no casarme. Ahora recupero mi libertad y podré amar a mi prometida en la autonomía más absoluta.» no tan deprisa, amigo. Vas a poder y a deber amar a tu esposa como Cristo ama a su Iglesia (Efesios 5,25), haciendo de tu matrimonio el sacramento de la Alianza. La exigencia recae totalmente sobre 1a calidad de vuestra ternura, que no puede ser una ternura de pacotilla. Ya ves, tenías miedo de no poder amar; y ahora temes... tener que amar por encima de tus pequeñas posibilidades. Jesús le ha dado la vuelta a tus pretensiones
Pero, tranquilízate, porque también te da. el Espíritu Santo para poder llegar a ese ideal.
De todas formas, tanto para los célibes como para los casados, hay una preferencia absoluta debida a Dios: el martirio. Ante esto, nada tiene valor. La pequeña Inés, en Roma, tuvo que abandonar a sus padres. Tomás Moro, en la torre de Londres, tuvo que resistir a las súplicas de su mujer y de su hija. Pero morir por Cristo no les obligaba a romper con los suyos: Inés y Tomás les dieron cita en la eternidad.
¿Es necesario creer en Cristo para encontrar sentido a la vida?
Tus preguntas:
«-¿Qué sentido dan a su vida los que no creen?
-¿Para ser feliz hay que ser creyente?
-¿Hay que ser un super-creyente para amar a los disminuidos?».
Cuando yo era joven, algunos cristianos acomplejados pasaban su tiempo diciendo que no sólo la fe no era necesaria, si no que, además, los no creyentes eran superiores a los creyentes, y los no practicantes a los practicantes. Superiores en materia moral, por supuesto, y especialmente en entrega y compromiso.
Afortunadamente, nunca caí en tal especie de mala conciencia, que tiene la virtud de horripilarme; y tampoco creo que este sea el sentido de tus interrogantes. Tal vez lo que te pasa es que estás convencido de lo que aporta la vida cristiana y lo único que quieres hacer, para terminar con cualquier resquicio de duda, sea la prueba inversa. Además, seguramente conoces a increyentes admirables (yo también).
Cuando uno está orgulloso de su fe y de su Iglesia no siente celos cuando ve que el bien se realiza en otra parte. Porque el evangelio nos muestra que Dios está presente desde siempre todo el mundo. El universo no es, pues, un No God´s Land. «¿Por qué Dios está presente en su vida, mientras que no aparece en sociedad?», me preguntas. Tal vez Dios sea negado, y está ciertamente olvidado, pero no por eso deja de estar presente en la sociedad. Por eso me alegro de todo el bien que se hace en pro de los desfavorecidos. Me horroriza el bien etiquetado confesionalmente («somos los mejores») o recuperado políticamente («vótennos»). Sin embargo, también yo me planteo algunas preguntas.
En primer lugar, cuando la gente dice que no cree en Dios, ¿de qué «Dios» está hablando? ¿Lo pueden precisar? Cuando aceptan hacerlo, les hago caer en la cuenta que ese «Dios» no es el mío y que, desde ese punto de vista, yo soy tan ateo como ellos. ¡Algo que ya hacían los primeros cristianos!
Además, y sin que esto suene a orgullo, estoy convencido de que la Iglesia cumple en el mundo una función saludable, incluso para los que no forman parte de ella. La Iglesia reza por ellos y les ama. Y todas las gracias que bajan a la tierra pasan por sus manos de esposa, de intendente. Este es el sentido exacto del viejo adagio: «fuera de la Iglesia no hay salvación». No quiere decir que, «como no eres de los nuestros, no vales nada ni tienes nada que hacer«. Lo que quiere decir es lo siguiente: «todo lo que tienes y todo lo que vales te ha sido o por el Señor a través de su Iglesia». Y llevar a cabo este servicio que se nos ha confiado no puede ser para nosotros motivo de vanidad, pero tampoco de vergüenza.
También creo que, con su presencia, la Iglesia juega un papel fundador y sanitario. Fundador, porque los valores morales más humanos no pueden subsistir durante mucho tiempo fuera del marco religioso. Algo, por otra parte, puesto relieve por no creyentes como Sartre y Monod. El mejor ejemplo de ello es la destrucción acelerada de la familia. Y también juega la Iglesia un papel sanitario, porque su misión -no sólo la de los obispos, sino también la de los laicos competentes- es sanar la sociedad en la medida de sus posibilidades. Sobre este importante punto volveremos más adelante.
Dicho esto, es evidente que yo no soy el Buen Dios. Ignoro lo que pasa en el fondo del corazón de cada uno. No sé cómo se alimentan de convicciones morales los no creyentes. Tampoco sé cómo llegan a ser felices y hasta qué punto, dejando subsistir en su corazón vacíos tan gigantescos como el del más allá, por ejemplo. No sé cómo viven las dificultades y la muerte, y cómo son capaces de perdonar. A pesar de sus virtudes, les falta el conocimiento de Jesucristo, algo importante si juzgo por mi experiencia personal. Me da pena que sus valores, recibidos de Dios como todo don, les hagan volverse orgullosamente contra un cielo inútil, en una actitud arrogante y desafiante, como la que tuvieron algunos miembros eminentes del paganismo antiguo como Marco Aurelio.
Por eso, reconocer los valores vividos por los no creyentes no me impide evangelizar; al contrario, porque el Evangelio es la capa freática de la que brotan todas las fuentes.
Si aún no estás inscrito a estos boletines puedes hacerlo a través del siguiente enlace, seleccionando ¡Ser discípulos! Aprende a defender tu fe.
Suscríbete
Regala este servicio a un amigo, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
Regala
Si tienes sugerencia de temas en los cuales deseas que se profundice, escribe a Sugerencias y comentarios
Conoce, ama, defiende la fe y a la Iglesia como verdadero discípulos de Cristo.
Publicado por
Unknown
en
6:32
0
comentarios