martes, 1 de noviembre de 2011

Vida y milagros de San Hilario de Poitiers

Vida y milagros de San Hilario de Poitiers

San Agustín dice de él: "es un ilustre Doctor de nuestra Santa Iglesia". Y San Jerónimo lo llama: "Hombre de gran elocuencia; trompeta de Dios para alertar a la verdadera religión contra la herejía" y añade "San Cipriano y San Hilario son dos inmensos cedros que Dios trasplantó del mundo hacia su Iglesia".

Nació en Poitiers (Francia) en el año 315, de familia pagana que le proporcionó una esmerada educación. Hizo sus estudios en su ciudad y en Roma y Grecia durante diez años. Se ejercitó en la poesía, aprendió elocuencia y estudió mucho la filosofía de Platón.

Durante sus años de estudio supo librarse del ambiente de corrupción que había entre los estudiantes y el llevar una vida honesta y virtuosa le sirvió muchísimo para mantener su cerebro despejado para aprender mucho y retener lo aprendido.

Los paganos decían que había muchos dioses, y esto le fastidiaba a él. Por eso cuando leyó la Biblia se entusiasmó al encontrar allí la idea de que no hay sino un solo Dios, eterno, inmutable, Todopoderoso, Principio y fin de todas las cosas.

El libro que lo convirtió fue el Evangelio de San Juan, pero él mismo cuenta en su autobiografía que el libro que lo acompañó toda su vida y que le sirvió de meditación cada día fue el evangelio de San Mateo.

A los 30 años vivía atormentado con la idea de cuál sería el destino que nos espera en la eternidad, cuando encontró el evangelio de San Juan y allí al leer que "El Hijo del Dios se hizo hombre, para salvarnos", en esa noticia encontró la respuesta a sus dudas. A él le sucedió lo que le ha pasado a muchísimos santos: que una buena lectura ha cambiado toda su vida.

Era casado y tenía una hija. En el año 345 se hizo bautizar junto con su esposa y su hija.

Desde entonces se dedicó con toda su alma a leer y estudiar la Sagrada Escritura y dejó toda lectura simplemente mundana.

Venancio Fortunato, que escribió su biografía, cuenta que la vida de este hombre era tan virtuosa y tan de buen ejemplo, que la gente decía que más parecía un santo sacerdote que un hombre casado.

El año 350 murió el obispo de Poitiers y el pueblo aclamó como obispo a Hilario. Su esposa y su hija, que se habían vuelto muy santas, se retiraron a vivir como fervorosas religiosas, y nuestro santo fue nombrado obispo.

Desde entonces Hilario se dedica a la ocupación que va a ser el oficio principal del resto de su vida: combatir a los herejes arrianos que decían que Jesucristo no era Dios. Arrio fue un hereje que se dedicó a enseñar que Jesucristo no es Dios sino un simple hombre. Los obispos de todo el mundo se reunieron en el Concilio de Nicea (año 325) y proclamaron que Jesucristo sí es Dios, y que el que niegue esta verdad queda fuera de la Iglesia Católica. Pero el emperador Constancio se dedicó a apoyar a los arrianos y a perseguir a los verdaderos cristianos. Nombraba obispos arrianos en las ciudades principales y desterraba a los obispos que proclamaran la divinidad de Jesús.

Hilario organizó la resistencia de todos los obispos católicos de Francia, contra los obispos arrianos. En Paría reunió a los obispos católicos y éstos condenaron a los que seguían a Arrio.

Pero los arrianos lo acusaron ante el Emperador, y Constancio decretó el destierro de Hilario hasta Frigia, más allá del Mar Negro. Allá estuvo desterrado por cuatro años. Pero este destierro que le hizo sufrir mucho, le fue también muy provechoso porque allá aprendió el idioma griego y pudo leer los libros de los más grandes sabios cristianos de la antigüedad en oriente, y aprendió también la costumbre de entonar muchos cantos durante las ceremonias religiosas. Durante su estadía en Oriente adquirió una importantísima documentación para los famosos libros que luego iba a publicar en favor de la religión. Jamás despreció una ocasión para aumentar sus conocimientos religiosos.

Pero en Constantinopla fue invitado a un Concilio de los arrianos, y allá habló tan maravillosamente explicando la divinidad de Jesucristo, que los herejes pidieron al emperador que lo expulsara otra vez hacia occidente, porque podía convencer a toda esa gente de que Jesucristo sí es Dios. Y el gobernante dio el decreto de que quedaba expulsado hacia Francia. Y así pudo volver a su país. La gente decía: "Hilario fue expulsado hacia oriente por hablar muy bien de Jesucristo en occidente. Y fue expulsado hacia occidente por hablar muy bien de Jesucristo en oriente".

En el año 360 Hilario entraba otra vez triunfante a su diócesis de Poitiers, en medio del júbilo más indescriptible. San Jerónimo dice que Francia entera se volcó a los caminos a recibirlo como a un héroe que volvía victorioso después de luchar sin descanso contra los que decían que Jesucristo no era Dios. Y Nuestro Señor para demostrar la santidad del gran obispo le concedió hacer varios milagros. El más sonado fue la resurrección de un joven que ya llevaban a enterrar.

Llegado otra vez a su ciudad, el santo se dedicó sin descanso a defender la verdadera religión y a combatir la herejía de los arrianos. En uno de sus escritos pone a Dios por testigo de que el fin principal de toda su vida es emplear todas sus fuerzas en hacer conocer más a Jesucristo y hacerlo amar por el mayor número de personas que sea posible.

A las personas que iban a consultarle les recomendaba que todas sus acciones las empezaran y terminaran con alguna oración.

Y redactó luego su libro más famoso llamado "La Trinidad". Es lo mejor que se escribió en toda la antigüedad acerca de la Santísima Trinidad. También publicó un Comentario al Evangelio de San Mateo y un Comentario a los Salmos.

Otra gran obra de San Hilario fue reunir un grupo de personas fervorosas y enseñarles a vivir en comunidad, lejos de lo mundano, dedicándose a la oración, a la penitencia, al trabajo y a la lectura de la Sagrada Biblia. Entre las religiosas estaban su esposa y su hija. Entre los religiosos el más ilustre fue San Gregorio de Tours, que fundó después el primer monasterio de su país, Francia.

En oriente había aprendido que los arrianos y los gnósticos, para atraer gentes a sus cultos entonaban muchos cantos. Y él, que era poeta, se dedicó a componer cantos y a ensayarlos y hacerlos cantar en las ceremonias religiosas de los católicos. San Isidoro dice que el primero que introdujo en Europa la costumbre de entonar himnos cantados durante las ceremonias religiosas fue San Hilario. Años más tarde San Ambrosio introduciría esa costumbre en su catedral de Milán y los herejes lo acusarán ante el gobierno diciendo que por los cantos tan hermosos que entona en su iglesia les quita a ellos sus clientes que se van a donde los católicos porque allá cantan más y mejor.

Una gran cualidad tenía este santo: era extremadamente cortés y bondadoso. Cuando defendía la verdad cristiana contra los errores de la herejía era un retumbante polemista, pero cuando trataba de convencer a los otros para que amaran a Jesucristo, era un bondadoso padre y un dad tenía este santo: era extremadamente cortés y bondadoso. Cuando defendía la verdad cristiana contra los errores de la herejía era un retumbante polemista, pero cuando trataba de convencer a los otros para que amaran a Jesucristo, era un bondadoso padre y un buen pastor. La gente decía: en sus discursos es un león aterrador. En sus charlas personales es un manso cordero. En la lucha era muy humano, pero en la victoria era extremadamente bondadoso y muy comprensivo. Cuando un arriano dejaba sus errores, y volvía a creer como los católicos, ni siquiera permitía que le quitaran el cargo que antes tenía. No quería humillar a nadie sino salvar a todos.

Los últimos años de su vida los empleó en defender de palabra y por escrito la divinidad de Cristo y la verdadera religión en Francia e Italia. Y logró que a la muerte del emperador Constancio, la Iglesia, que estaba siendo tan perseguida, volviera a resurgir con admirable rapidez en los países de occidente.

En 1851, el Papa Pío Nono declaró a San Hilario "Doctor de la Iglesia", por la defensa heroica y llena de sabiduría que hizo de la divinidad de Jesucristo.

El año 368, cuando estaba para morir, los presentes vieron que la habitación se llenaba de una extraordinaria luz que rodeaba el lecho del moribundo. Quedaron deslumbrados, pero apenas el santo entregó su espíritu, la luz desapareció misteriosamente.

(Fuente: churchforum.org)

Oración a San Hilario de Poitiers:

Siguiendo la enseñanza y el ejemplo de san Hilario de Poitiers, pidamos también para nosotros la gracia de permanecer siempre fieles a la fe recibida en el bautismo, y testimoniar con alegría y convicción nuestro amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Juan XXIII

Juan XXIII

(Sotto il Monte, 1881 - Roma, 1963) Pontífice romano, de nombre Angelo Giuseppe Roncalli. Era el tercer hijo de los once que tuvieron Giambattista Roncalli y Mariana Mazzola, campesinos de antiguas raíces católicas, y su infancia transcurrió en una austera y honorable pobreza. Parece que fue un niño a la vez taciturno y alegre, dado a la soledad y a la lectura. Cuando reveló sus deseos de convertirse en sacerdote, su padre pensó muy atinadamente que primero debía estudiar latín con el viejo cura del vecino pueblo de Cervico, y allí lo envió.

Juan XXIII
Lo cierto es que, más tarde, el latín del papa Roncalli nunca fue muy bueno; se cuenta que, en una ocasión, mientras recomendaba el estudio del latín hablando en esa misma lengua, se detuvo de pronto y prosiguió su charla en italiano, con una sonrisa en los labios y aquella irónica candidez que le distinguía rebosando por sus ojos.
Por fin, a los once años ingresaba en el seminario de Bérgamo, famoso entonces por la piedad de los sacerdotes que formaba más que por su brillantez. En esa época comenzaría a escribir su Diario del alma, que continuó prácticamente sin interrupciones durante toda su vida y que hoy es un testimonio insustituible y fiel de sus desvelos, sus reflexiones y sus sentimientos.
En 1901, Roncalli pasó al seminario mayor de San Apollinaire reafirmado en su propósito de seguir la carrera eclesiástica. Sin embargo, ese mismo año hubo de abandonarlo todo para hacer el servicio militar; una experiencia que, a juzgar por sus escritos, no fue de su agrado, pero que le enseñó a convivir con hombres muy distintos de los que conocía y fue el punto de partida de algunos de sus pensamientos más profundos.
El futuro Juan XXIII celebró su primera misa en la basílica de San Pedro el 11 de agosto de 1904, al día siguiente de ser ordenado sacerdote. Un año después, tras graduarse como doctor en Teología, iba a conocer a alguien que dejaría en él una profunda huella: monseñor Radini Tedeschi. Este sacerdote era al parecer un prodigio de mesura y equilibrio, uno de esos hombres justos y ponderados capaces de deslumbrar con su juicio y su sabiduría a todo ser joven y sensible, y Roncalli era ambas cosas. Tedeschi también se sintió interesado por aquel presbítero entusiasta y no dudó en nombrarlo su secretario cuando fue designado obispo de Bérgamo por el papa Pío X. De esta forma, Roncalli obtenía su primer cargo importante.
Dio comienzo entonces un decenio de estrecha colaboración material y espiritual entre ambos, de máxima identificación y de total entrega en común. A lo largo de esos años, Roncalli enseñó historia de la Iglesia, dio clases de Apologética y Patrística, escribió varios opúsculos y viajó por diversos países europeos, además de despachar con diligencia los asuntos que competían a su secretaría. Todo ello bajo la inspiración y la sombra protectora de Tedeschi, a quien siempre consideró un verdadero padre espiritual.
En 1914, dos hechos desgraciados vinieron a turbar su felicidad. En primer lugar, la muerte repentina de monseñor Tedeschi, a quien Roncalli lloró sintiendo no sólo que él perdía un amigo y un guía, sino que a la vez el mundo perdía un hombre extraordinario y poco menos que insustituible. Además, el estallido de la Primera Guerra Mundial fue un golpe para sus ilusiones y retrasó todos sus proyectos y su formación, pues hubo de incorporarse a filas inmediatamente. A pesar de todo, Roncalli aceptó su destino con resignación y alegría, dispuesto a servir a la causa de la paz y de la Iglesia allí donde se encontrase. Fue sargento de sanidad y teniente capellán del hospital militar de Bérgamo, donde pudo contemplar con sus propios ojos el dolor y el sufrimiento que aquella guerra terrible causaba a hombres, mujeres y niños inocentes.
Concluida la contienda, fue elegido para presidir la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y pudo reanudar sus viajes y sus estudios. Más tarde, sus misiones como visitador apostólico en Bulgaria, Turquía y Grecia lo convirtieron en una especie de embajador del Evangelio en Oriente, permitiéndole entrar en contacto, ya como obispo, con el credo ortodoxo y con formas distintas de religiosidad que sin duda lo enriquecieron y le proporcionaron una amplitud de miras de la cual la Iglesia Católica no iba a tardar en beneficiarse.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Roncalli se mantuvo firme en su puesto de delegado apostólico, realizando innumerables viajes desde Atenas y Estambul, llevando palabras de consuelo a las víctimas de la contienda y procurando que los estragos producidos por ella fuesen mínimos. Pocos saben que si Atenas no fue bombardeada y todo su fabuloso legado artístico y cultural destruido, ello se debe a este en apariencia insignificante cura, amable y abierto, a quien no parecían interesar mayormente tales cosas.
Una vez finalizadas las hostilidades, fue nombrado nuncio en París por el papa Pío XII. Se trataba de una misión delicada, pues era preciso afrontar problemas tan espinosos como el derivado del colaboracionismo entre la jerarquía católica francesa y los regímenes pronazis durante la guerra. Empleando como armas un tacto admirable y una voluntad conciliadora a prueba de desaliento, Roncalli logró superar las dificultades y consolidar firmes lazos de amistad con una clase política recelosa y esquiva.
En 1952, Pío XII le nombró patriarca de Venecia. Al año siguiente, el presidente de la República Francesa, Vicent Auriol, le entregaba la birreta cardenalicia. Roncalli brillaba ya con luz propia entre los grandes mandatarios de la Iglesia. Sin embargo, su elección como papa tras la muerte de Pío XII sorprendió a propios y extraños. No sólo eso: desde los primeros días de su pontificado, comenzó a comportarse como nadie esperaba, muy lejos del envaramiento y la solemne actitud que había caracterizado a sus predecesores. 

Para empezar, adoptó el nombre de Juan XXIII, que además de parecer vulgar ante los León, Benedicto o Pío, era el de un famoso antipapa de triste memoria. Luego, abordó su tarea como si se tratase de un párroco de aldea, sin permitir que sus cualidades humanas quedasen enterradas bajo el rígido protocolo, del que muchos papas habían sido víctimas. Ni siquiera ocultó que era hombre que gozaba de la vida, amante de la buena mesa, de las charlas interminables, de la amistad y de las gentes del pueblo.
Como pontífice dio un nuevo planteamiento al ecumenismo católico con el Secretariado para la Unidad de los Cristianos y el acogimiento en Roma de los supremos jerarcas de cuatro Iglesias protestantes. Su pontificado abrió nuevas perspectivas a la vida de la Iglesia y, aunque no se dieron cambios radicales en la estructura eclesiástica, promovió una renovación profunda de las ideas y las actitudes.
Su propósito pronto fue claro para todos: poner al día la Iglesia, adecuar su mensaje a los tiempos modernos enmendando pasados yerros y afrontando los nuevos problemas humanos, económicos y sociales. Para conseguirlo, Juan XXIII dotó a la comunidad cristiana de dos herramientas extraordinarias: las encíclicas Mater et Magistra y Pacem in terris. En la primera explicitaba las bases de un orden económico centrado en los valores del hombre y en la atención de las necesidades, hablando claramente del concepto "socialización" y abriendo para los católicos las puertas de la intervención en unas estructuras socioeconómicas que debían ser cada vez más justas.
En la segunda se delineaba una visión de paz, libertad y convivencia ciudadana e internacional vinculándola al amor que Cristo manifestó por el género humano en la Última Cena. Ambas encíclicas suponían una revolución copernicana en la visión católica de los problemas temporales, pues aceptaban la herencia de la Revolución Francesa y de la democracia moderna, haciendo de la dignidad del hombre el centro de todo derecho, de toda política y de toda dinámica social o económica.
Poco antes de su muerte, acaecida el 3 de junio de 1963, Juan XXIII aún tuvo el coraje de convocar un nuevo concilio que recogiese y promoviese esta valerosa y necesaria puesta al día de la Iglesia: el Concilio Vaticano II. A través de él, el papa Roncalli se proponía, según sus propias palabras, "elaborar una nueva Teología de los misterios de Cristo. Del mundo físico. Del tiempo y las relaciones temporales. De la historia. Del pecado. Del hombre. Del nacimiento. De los alimentos y la bebida. Del trabajo. De la vista, del oído, del lenguaje, de las lágrimas y de la risa. De la música y de la danza. De la cultura. De la televisión. Del matrimonio y de la familia. De los grupos étnicos y del Estado. De la humanidad toda".
Se trataba de una tarea de titanes que sólo un hombre como Juan XXIII fue capaz de concebir e impulsar, y que sus herederos recibirían como un legado a la vez imprescindible y comprometedor. Pablo VI, su sucesor y amigo, declaró tras ser elegido nuevo pontífice que la herencia del papa Juan no podía quedar encerrada en su ataúd. Él se atrevió a cargarla sobre sus hombros y pudo comprobar que no era ligera.

viernes, 16 de septiembre de 2011

¿Qué son las Indulgencias?

¿Qué son las Indulgencias?


SEGÚN EL CATECISMO DE LA
IGLESIA CATÓLICA
X - LAS INDULGENCIAS
1471 La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia.
Qué son las indulgencias:
"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos."
"La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente."
"Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias".
Las penas del pecado
 1472 Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la "pena temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo que no subsistiría ninguna pena.
 1473 El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del "hombre viejo" y a revestirse del "hombre nuevo".
En la comunión de los santos
1474 El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo. "La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística".
1475 En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los fieles -tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra- un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes". En este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado.
1476 Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, "que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención (cf Hb 7, 23-25; 9, 11-28)".
1477 "Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo místico".
Obtener la indulgencia de Dios por medio de la Iglesia
1478 Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad.
1479 Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados.
XI -LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
1480 Como todos los sacramentos, la Penitencia es una acción litúrgica. Ordinariamente los elementos de su celebración son: saludo y bendición del sacerdote, lectura de la Palabra de Dios para iluminar la conciencia y suscitar la contrición, y exhortación al arrepentimiento; la confesión  que reconoce los pecados y los manifiesta al sacerdote; la imposición y la aceptación de la penitencia; la absolución del sacerdote; alabanza de acción de gracias y despedida con la bendición del sacerdote.
1481 La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón: "Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al fariseo, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal.  El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén".
1482 El sacramento de la Penitencia puede también celebrarse en el marco de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la confesión y juntos dan gracias por el perdón recibido. Así la confesión personal de los pecados y la absolución individual están insertadas en una liturgia de la Palabra de Dios, con lecturas y homilía, examen de conciencia dirigido en común, petición comunitaria del perdón, rezo del Padre Nuestro y acción de gracias en común. Esta celebración comunitaria expresa más claramente el carácter eclesial de la penitencia. En todo caso, cualquiera que sea la manera de su celebración, el sacramento de la Penitencia es siempre, por su naturaleza misma, una acción litúrgica, por tanto, eclesial y pública.
 1483 En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados en su debido tiempo. Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución general.[80] Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave.
 1484 "La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión". Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: "Hijo, tus pecados están perdonados" (Mc 2, 5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia.  

jueves, 15 de septiembre de 2011

ORAR A PARTIR DE LA PALABRA DE DIOS (Scala Claustralium)

Scala Claustralium
TRATADO SOBRE EL MODO DE ORAR A PARTIR DE LA PALABRA DE DIOS

CARTA DE GUIGUES II, cartujo, a su amigo Gervasio, sobre la vida contemplativa

El hermano Guigues a su querido hermano Gervasio: gózate en el Señor. Me siento como obligado a amarte, porque tú empezaste a amarme antes; y me siento impulsado a escribirte, porque con tus cartas me invitaste a escribir primero. Por eso me he propuesto transmitirte alguna cosas que había ido pensando acerca del ejercicio espiritual de los monjes, para que tú, que al experimentarlas las has aprendido mejor que yo al tratarlas, seas juez y corrector de mis pensamientos. Y con razón te ofrezco a ti el primero estas primicias de mi trabajo, para que recojas tú los primeros frutos de la nueva planta, porque en tu frágil soledad, arrancándola con loable hurto de la servidumbre del faraón, la colocaste en un ordenado ejército armado, injertando sabiamente en el olivo el ramo de olivo silvestre cortado con arte.

I. Descripción de los cuatro peldaños de la escalera espiritual
Cuando cierto día, ocupado en un trabajo manual, había empezado a pensar en la actividad espiritual del hombre, se presentaron repentinamente a mi consideración los cuatro peldaños espirituales, a saber, la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Esta es la escalera de los monjes (Scala Claustralium) por la que se elevan de la tierra al cielo, compuesta en realidad de pocos peldaños, pero de inmensa e increíble magnitud. Su parte inferior se apoya en la tierra, mientras que la superior penetra las nubes y escruta los secretos del cielo. Estos peldaños se distinguen tanto por sus nombres y su número como por su orden y su función. Si uno examina diligentemente sus propiedades y funciones, el efecto que produzca cada uno en nosotros, cómo se diferencian y en qué relación jerárquica están entre ellos, entonces considerará breve y ligero el trabajo y la aplicación que se les haya dedicado, frente a la gran utilidad y dulzura que aportan. En efecto, la lectura (lectio) es la inspección cuidadosa de las Escrituras con entrega de espíritu. La meditación (meditatio) es la concentrada operación de la mente que investiga con la ayuda de la propia razón el conocimiento de la verdad oculta. La oración (oratio) es la fervorosa inclinación del corazón a Dios con el fin de evitarle males y alcanzar bienes. La contemplación (contemplatio) es la elevación de la mente mantenida en Dios, que degusta las alegrías de la eterna dulzura.

II. Descripción de las funciones de los cuatro peldaños
LECTIO/MEDITATIO: Habiendo, pues, descrito los cuatro peldaños nos queda por ver ahora sus funciones. La lectura busca la dulzura de la vida feliz, la meditación la halla, la oración la pide, la contemplación la experimenta. Porque el mismo Dios dice: Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7).
Buscad leyendo y hallaréis meditando, llamad orando y se os abrirá contemplando. La lectura pone en la boca pedazos, la oración le extrae el sabor, la contemplación es la misma dulzura que alegra y recrea. La lectura se queda en la corteza, la meditación penetra en el pulpa, la oración en la petición llena de deseo, la contemplación en el goce de la dulzura adquirida. Para que esto pueda verse con mayor claridad proponemos un ejemplo entre muchos. En la lectura escucho esto: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).
He aquí una palabra breve, pero suave y llena de múltiples resonancias, ofrecida como un racimo de uva para alimento del alma. Ante ella el alma después de haberla examinado diligentemente, dice para sí: aquí puede haber algo bueno, volveré a entrar en mi corazón e intentaré si me es posible comprender y encontrar esta pureza. Esta es, en efecto, algo precioso y deseable, alabada por tantos pasajes de la Escritura, a quien la posee se le llama dichoso y se le promete la visión de Dios, esto es, la vida eterna. Deseando, por tanto, que se le explique esto más plenamente, empieza a masticar y a triturar esta uva poniéndola, como si dijéramos, en el lagar, después estimula su razón para indagar en qué consista y cómo pueda adquirirse esta pureza tan preciosa y deseable.

III. Función de la meditación
Ahora se pasa a la atenta meditación, que no se queda fuera, no permanece en la superficie, sino que da un paso más, penetra en el interior, escruta todo en detalle. Considera atentamente que no se dice: Bienaventurados los limpios de cuerpo, sino de corazón, porque no basta tener las manos limpias de malas acciones, si nuestra mente no está limpia de pensamientos impuros. Y esto lo confirma la autoridad del profeta que dice: ¿Quién subirá al monte del Señor? o ¿Quién habitará en su templo santo? El que tiene manos inocentes y puro corazón (Salm 23, 3-4).
Considera aun cuánto desease ese mismo profeta la pureza de corazón pues orando decía:
Crea en mí, oh Dios, un corazón puro (Salm 50, 12), y también: Si hubiera visto iniquidad en mi corazón, el Señor no me hubiera escuchado (Salm 65, 18).
Piensa cuán solicito era el bienaventurado Job en la custodia de su corazón cuando decía:
He hecho con mis ojos el pacto de no mirar a doncella alguna (Job 31, 1).
Mira qué violencia no se hacía este hombre santo que cerraba sus ojos para no mirar vanidad que tal vez, después de vista por imprudencia, pudiera involuntariamente desear. Después de haber considerado estas y otras cosas semejantes acerca de la pureza del corazón, la meditación empieza a pensar en el premio, o sea cuán glorioso y deleitable sea ver el rostro deseado del Señor, el más hermoso de entre los hijos de los hombres, no ya rechazado y despreciado, ni con la apariencia de la cual le revistió su madre la Sinagoga, sino con la estola de la inmortalidad y coronado con la diadema con la cual le coronó su Padre el día de la resurrección y de la gloria, día que hizo el Señor. Piensa que en aquella visión se tendrá aquella saciedad de la que dice el profeta: Me saciaré cuando aparezca tu gloria (Salm 16, 15).
¿Ves cuánto jugo brotó de un racimo de uva tan pequeño, cuánto fuego salió de esta chispa, cuánto se haya dilatado, bajo el yunque de la meditación, esta exigua masa de Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8)? ¿Pero cuánto más se podría dilatar aún si se aplicara a ello uno más experto? Pues intuyo que el pozo es profundo, mas yo todavía soy un aprendiz sin experiencia y con dificultad he podido recoger estas pocas cosas.
Inflamada el alma por estas ascuas, estimulada por estos deseos, roto el alabastro empieza a presentir la suavidad del perfume, aún no por el gusto, sino como si dijéramos por el olfato y por él capta cuán dulce pueda ser tener experiencia de esta pureza, de la que ya por su meditación advierte llena de placer. ¿Pero qué puede hacer? Se quema por el deseo de poseerla, pero no encuentra en sí el modo de tenerla y cuanto más busca, más sed tiene. Mientras se entrega a la meditación conoce también el dolor, porque tiene sed de la dulzura que la meditación le muestra deba darse en la pureza de corazón, pero no se la da a gustar. Pues el sentir esta dulzura no es del que lee o medita, a no ser que se le conceda de lo alto. En efecto, leer y meditar es común tanto a los buenos como a los malos. Y los mismos filósofos paganos, por su razón, hallaron en qué consiste la esencia del verdadero bien. Mas, puesto que habiendo conocido a Dios no le dieron gloria como a Dios (Rm 1,21), y fiándose presuntuosamente de sus fuerzas decían: La lengua es nuestro fuerte, nuestros labios por nosotros, ¿quién va a ser nuestro amo? (Salm 11, 5), no merecieron recibir lo que pudieron ver. Se perdieron en la vanidad de sus pensamientos (Rm 1, 21), y toda su sabiduría fue inutilizada (Salm 106, 27), sabiduría que les venía del estudio de disciplinas humanas, no el espíritu de sabiduría, único que da la verdadera sabiduría, es decir, el conocimiento sabroso que alegra y recrea con un gusto inestimable al alma en la que se da. De esta sabiduría se dijo: La sabiduría no entrará en un espíritu malvado (Sb 1, 1).
Pues ella solamente procede de Dios. En efecto, el Señor ha concedido a muchos la tarea de bautizar, pero el poder y la autoridad de perdonar los pecados en el Bautismo se los ha reservado únicamente para él. Por eso Juan dijo bien de él distinguiendo: El es quien bautiza (Jn 1, 33).
Así lo mismo podemos decir de él: El es el que da sabor a la sabiduría y la hace gustosa al alma. La palabra se ofrece ciertamente a muchos, pero la sabiduría (del Espíritu) a pocos. Dios la distribuye a quien quiere y como quiere.

IV. Función de la oración
ORATIO/CONTEMPLATIO: Viendo, pues, el alma que no puede alcanzar por sí sola esa dulzura deseada por el conocimiento y la experiencia, y que cuanto más se eleva ella tanto más lejano está Dios (Salm 63, 7-8), entonces se humilla y se refugia en la oración diciendo: Señor, que no te dejas ver más que por los limpios de corazón, leyendo he investigado, meditando he buscado cómo pueda adquirirse la verdadera pureza del corazón, para poderte conocer, gracias a ella, al menos un poco. Buscaba tu rostro Señor, tu rostro buscaba (Salm 26, 8). Largamente he meditado en mi corazón y en mi meditación se ha encendido un fuego y un deseo mayor de conocerte (Salm 38, 4). Cuando rompes para mi el pan de la Sagrada Escritura, en la fracción del pan hay gran conocimiento (Lc 24, 30-31) y cuanto más te conozco, más deseo conocerte, no ya en la corteza de la letra, sino en el sentido de la experiencia. Y esto no te lo pido, Señor, por mis méritos, sino por tu misericordia. Pues confieso que soy indigna y pecadora, pero también los perritos comen migas que caen de la mesa de sus señores (Mt 15, 27). Dame, Señor, una prenda de la herencia futura, una gota al menos de la lluvia celeste con la que pueda aliviar mi sed, porque me abraso de amor.

V. Función de la contemplación
Con estos y otros encendidos pensamientos el alma inflama su deseo y muestra así su efecto. Con estos encantos llama a su esposo. Los ojos del Señor están sobre los justos y sus oídos están atentos a las oraciones (Sam 33, 16), hasta tal punto que no espera siquiera a que la oración haya terminado sino que, interviniendo en el curso mismo de ella, se apresura a entrar en el alma que lo busca con deseo, se apresura a encontrarse con ella, bañado por el rocío de la dulzura celeste y el perfume de ungüentos preciosos. Recrea así al alma fatigada, sostiene a la que está sedienta, nutre a la que tiene hambre, le hace olvidar todas las cosas de la tierra, la vivifica haciendo admirablemente que se olvide de sí y embriagándola la hace sobria. Y así como en algunos actos carnales la concupiscencia de la carne vence al alma hasta el punto que pierde el uso de la razón y el hombre resulta casi completamente carnal, también en esta contemplación superior, por el contrario, los movimientos de la carne son superados y absorbidos por el alma hasta tal punto que la carne no contradice en nada al espíritu y el hombre resulta casi completamente espiritual.

VI. Signos de la venida del Espíritu Santo al alma
Pero, Señor, ¿cómo sabremos cuándo haces esto y cuál es la señal de tu llegada?, ¿acaso no son los suspiros y las lágrimas los testigos y los mensajeros de esta consolación y alegría? Si es así, se trata de una señal nueva e inusitada. ¿Pues qué relación existe entre la consolación y los suspiros?, ¿entre la alegría y las lágrimas?, si es que se les puede llamar a eso lágrimas y no más bien abundancia desbordante del rocío interior y como ablución del hombre exterior. Así como en el bautismo de los niños se representa y se indica con una ablución externa una purificación interna del hombre, así aquí, por el contrario, la purificación interior precede a la ablución exterior. ¡Felices lágrimas, por las que se lavan las manchas interiores, por las que se extinguen los incendios de los pecados! Bienaventurados los que así lloráis porque reiréis (Mt 5, 5). Reconoce, alma mía, en estas lágrimas a tu esposo, abraza al que deseas. Embriágate ahora de un torrente de placer, sáciate de esa ubre de consolación como de leche y miel. Los gemidos y las lágrimas son los pequeños regalos, estupendos y reconfortantes, que te ha dado tu esposo. En esta lágrimas te pone delante una bebida sobreabundante. Estas lágrimas son tu pan día y noche, pan, sí, que reafirma el corazón del hombre, más dulces que el panal de miel. Señor Jesús: si tan dulces son estas lágrimas suscitadas por el recuerdo y el deseo de ti, ¡cuánto más dulce no será el gozo que se tendrá en la plena visión de ti! Si es tan dulce llorar por ti, ¡cuán dulce será gozar de ti! Pero ¿por qué proferimos en público estos secretos coloquios?, ¿por qué tratamos de expresar, con palabras comunes, sentimientos indecibles e inenarrables? Los que no han gustado (inexperti) tales cosas no pueden entender, a menos que las lean expresamente en el libro de la experiencia amaestrados por la misma unción (divina). Si no, la letra exterior no sirve de nada al lector. Poco sabor tiene la lectura de la letra externa a no ser que tome la explicación y el sentido interno de su corazón.

VII. Cómo la gracia se esconde
¡Oh, alma!, hemos prolongado mucho la conversación. Buena cosa sería quedarnos aquí, contemplando con Pedro y Juan la gloria del esposo, y permanecer largo tiempo con él, y plantar, si él quisiera, no ya dos ni tres tiendas (Mt 17, 1-4), sino una en la que estuviéramos juntos y juntos gozáramos. Pero ya está diciendo el esposo: Déjame que ya viene la aurora, ya has recibido la luz de la gracia y la visita que deseabas. Habiendo dado, pues, su bendición, herido el nervio femoral, y cambiado el nombre de Jacob en Israel (Gn 32, 25-31) el esposo tan largamente deseado se aleja por un poco, desapareciendo rápidamente. Se oculta tanto en lo que se refiere a la visión de la que hemos hablado como a la dulzura de la contemplación, pero permanece presente como guía.

VIII. Cómo la ocultación temporal de la gracia coopera a nuestro bien
Pero no temas, esposa, no desesperes, no te consideres despreciada, si por un poco el esposo te oculta su rostro. Todo esto contribuye a tu bien, y de su venida y de su alejamiento sacas ventaja. Viene a ti, y también se retira. Viene para consolarte, se retira por prudencia, para que la magnitud de la consolación no te ensoberbezca, no sea que al estar siempre junto a ti el esposo, empieces a despreciar a las compañeras y atribuyas esta continua visita no ya a la gracia sino a la naturaleza. Pues el esposo concede esta gracia a quien quiere y cuando quiere, no se la posee por derecho hereditario. Un proverbio popular dice que la excesiva familiaridad engendra el desprecio. Se aleja, pues, para que, al ser demasiado asiduo, no sea despreciado, y para que al estar ausente sea más deseado, deseado más ávidamente buscado, buscado por largo tiempo sea finalmente con más gozo hallado. Además si nunca faltara esta consolación (la cual es enigmática y parcial, en relación con la futura gloria que se revelará en nosotros) tal vez creeríamos que tenemos aquí una ciudad permanente y buscaríamos menos la futura. Por tanto, para que no consideremos el exilio como patria, la prenda como el premio último, el esposo viene y a veces se va, unas trayendo consolación, otras cambiando todo nuestro lecho en enfermedad. Por un poco nos permite gustar lo suave que es, y antes de que lo podamos experimentar hasta el fondo, desaparece. Y así, revoloteando como con alas desplegadas sobre nosotros, nos estimula a volar, como si dijera: Ya habéis gustado por un poco lo dulce y suave que soy, pero si queréis ser saciados hasta el fondo por esta dulzura mía, corred tras de mí al olor de mis perfumes teniendo elevado el corazón allí donde yo estoy a la diestra de Dios Padre. Allí me veréis, no como en un espejo, confusamente, sino cara a cara y vuestro corazón gozará plenamente, y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.

IX. Con cuanta prudencia deba comportarse el alma después de la visita de la gracia del Señor
Pero ten cuidado, esposa. Cuando se ausenta el esposo no se va lejos, y aunque tú no le ves, él sin embargo te ve siempre. Está lleno de ojos, por delante y por detrás. Nunca puedes estarle escondido. Tiene también en torno a sí como mensajeros espíritus atentísimos y sagaces para ver cómo te comportas en la ausencia del esposo, y para acusarte ante él si hubieren hallado en ti signos de lascivia y de ligereza. Este esposo es el típico celoso. Si por casualidad recibieras a otro amante, si trataras de agradar más a otros, inmediatamente se apartaría de ti y se uniría a otras jóvenes. Este esposo es delicado, noble y rico, bello de aspecto, más que ningún otro entre los hijos de los hombres y por lo tanto no quiere tener más que una bella esposa. Si viera en ti una mancha o una arruga, inmediatamente apartaría de ti los ojos. Pues no puede soportar ninguna impureza. Sé, pues, casta, llena de pudor y humilde, de modo que merezcas ser visitada a menudo por tu esposo.
Temo haber hablado demasiado sobre el tema, pero a ello me impulsó la materia fértil y al mismo tiempo dulce, que no mi propia iniciativa. Ignoro cómo he sido atraído por su dulzura a pesar mío.

X. Recapitulación de lo dicho
Así, para que se vean mejor juntos todos los puntos que se han tratado de manera difusa, recogeremos recapitulando todo lo que se ha dicho anteriormente. Como ya se ha hecho notar en los anteriores ejemplos, se puede ver cómo los mencionados peldaños (de la escalera espiritual) se relacionan entre sí, precediéndose uno a otro tanto en el orden temporal como en el causal. Primeramente, como fundamento está la lectura, que ofrecida la materia, te aboca a la meditación. La meditación investiga con más diligencia lo que hay que desear, y como excavando, halla el tesoro y lo muestra. Pero como por sí misma no puede alcanzarlo, nos envía a la oración. La oración elevándose con todas sus fuerzas hasta el Señor, implora el tesoro que desea, la suavidad de la contemplación. Cuando ésta acontece, recompensa todo el trabajo de las tres anteriores, embriagando al alma sedienta con el rocío de la dulzura celestial. La lectura es un ejercicio exterior, la meditación una comprensión interior, la oración es un deseo, la contemplación la superación de todo sentido. El primer peldaño es del que empieza (incipientes), el segundo del que avanza (proficientes), el tercero de los entregados (devotos), el cuarto de los felices (beatos).

XI. La lectura no aprovecha nada sin la meditación, ni la meditación sin la oración
Mas estos peldaños están de tal forma concatenados entre sí y se prestan un servicio recíproco, de tal manera que los primeros sin los siguientes sirven de poco o nada, y los subsiguientes sin los precedentes no se pueden alcanzar nunca o raramente. En efecto, ¿de qué sirve ocupar el tiempo en la lectura continuada (lectio continua), tener siempre en la mano vidas y escritos de santos, si no es también para extraer el jugo rumiándolos y masticándolos, e ingiriéndolos los mandamos hasta lo más íntimo del corazón, de modo que a su luz consideremos diligentemente nuestra vida y tratemos de realizar aquellas mismas obras de las cuales nos gusta oir hablar? Pero ¿cómo reflexionaremos en estas cosas, o estaremos atentos a no traspasar, meditando cosas vanas e inútiles, los límites fijados por los santos padres, si no somos antes instruidos sobre esto por la lectura o bien por la escucha. Pues la escucha pertenece de algún modo a la lectura. Por eso solemos decir que hemos leído no sólo aquellos libros que hemos leído por nosotros mismos, sino también aquellos que hemos escuchado de maestros. Del mismo modo, ¿qué aprovecha al hombre el ver por la meditación lo que tiene que hacer, a menos que, por la ayuda de la oración y de la gracia de Dios, esté en grado de realizarlo? Pues ciertamente todo buen regalo, todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces (Sant 1, 17), sin el cual nada podemos hacer, sino que él mismo hace todo en nosotros, si bien no sin nosotros. Pues somos cooperadores de Dios, como dice el Apóstol (I Co 3, 9). Ciertamente Dios quiere que le ayudemos, y que, a él que viene y llama a la puerta, le abramos lo profundo de nuestra voluntad y le demos nuestro consentimiento. Este consentimiento exigía de la Samaritana cuando decía: Llama a tu marido. Como si dijera: Te quiero infundir la gracia, tú aplica tu libre albedrío. Requería de ello la oración cuando decía: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tal vez tú le pedirías a él agua viva. Habiendo oído esto, instruida la mujer como por la lectura, meditó en su corazón que tener este agua podía ser bueno y útil para ella. Encendida, pues, por el deseo de tenerla, se volvió a la oración diciendo: Señor, dame de este agua para que no tenga ya más sed, ni tenga que venir aquí a sacarla (Jn 4, 6.10.15).
He aquí como la escucha de la Palabra de Dios y la subsecuente meditación de la misma la incitaron a la oración. Y ¿cómo, pues, hubiera sido solícita en pedir si antes no le hubiera encendido la meditación? O ¿de qué le hubiera valido la meditación precedente, si, lo que le mostraba como apetecible, no lo hubiera impetrado la oración posterior? Por lo tanto para que la meditación sea provechosa es necesario que siga una oración fervorosa, cuyo efecto sería la dulzura de la contemplación.

XII. Concatenación recíproca de los cuatro peldaños antedichos
De todo esto podemos colegir que la lectura sin la meditación es árida; la meditación sin la lectura, errónea; la oración sin la meditación, tibia; la meditación sin la oración, infructuosa; la oración hecha con fervor permite alcanzar la contemplación; la consecución de la contemplación sin la oración es más bien rara o milagrosa. Dios, cuyo poder no tiene límites y cuya misericordia está sobre todas sus obras, algunas veces suscita de las piedras hijos de Abraham, cuando obliga a consentir en su voluntad a corazones duros y que oponen resistencia, y así, como suele decir el vulgo, arrastra al buey por los cuernos, como pródigo, cuando no llamado se introduce. Lo cual, aun cuando leemos que sucedió alguna vez a alguien, como a S. Pablo y a algunos otros, sin embargo no por ello debemos nosotros pretender las cosas divinas, como atentando a Dios, sino que debemos hacer lo que a nosotros nos corresponde, a saber, leer y meditar la ley de Dios, suplicar que sea él mismo el que venga en ayuda de nuestra debilidad y vea nuestra imperfección, lo cual él mismo nos enseña a hacerlo cuando dice: Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7).
Pues ahora el reino de los cielos padece violencia, y los violentos lo arrebatan (Id. I I, 12). Por las distinciones señaladas se pueden percibir las propiedades de los antedichos peldaños, cómo se relacionan entre sí y qué efecto produzcan cada uno sobre nosotros. Feliz el hombre cuya alma, libre de las otras preocupaciones, desea siempre estar tratando de ascender por estos cuatro peldaños, y, vendidos todos los bienes, compra el campo aquél en que está escondido el tesoro que desea, a saber, poder dedicarse y ver lo suave que es el Señor. Ejercitado en el primer peldaño, circunspecto en el segundo, ferviente en el tercero, elevado sobre sí mismo en el cuarto, asciende de virtud en virtud por estas subidas, que ha dispuesto en su corazón, hasta ver al Dios de los dioses en Sión. Feliz aquél a quien se le concede permanecer, aunque sea por poco tiempo, en este peldaño más elevado y que puede decir con verdad: «He aquí que siento la gracia de Dios, he aquí que contemplo en el monte, con Pedro y Juan, su gloria; he aquí que con Jacob me deleito de los abrazos de Raquel». Pero tenga cuidado éste, para que después de semejante contemplación por la fe elevado hasta los cielos, no caiga en los abismos con caída imprevista, ni se vuelva, después de la visión de Dios, a mundanidades lascivas y a los atractivos de la carne. Pero cuando la debilidad y la fragilidad del espíritu humano no pueda soportar por más largo tiempo el resplandor de la verdadera luz, descienda ligera y ordenadamente a alguno de los tres peldaños por los que ascendió. Deténgase alternativamente ya en uno, ya en otro peldaño, según el movimiento del libre albedrío, según el lugar y el tiempo, tanto más cercano ya a Dios cuanto más alejado del primer peldaño. Pero ¡ay!, ¡frágil y miserable condición humana! Con la ayuda de la razón y los testimonios de las Escrituras veremos claramente que la perfección de la vida humana se contiene en estos cuatro peldaños y que el hombre espiritual debe ejercitarse en ellos. Pero ¿quién es el que camina por este sendero de vida?, ¿quién es y lo alabaremos? El quererlo es de muchos, el lograrlo de pocos.

XIII. Las cuatro causas que nos apartan de estos cuatro peldaños
Mas son cuatro las causas que nos apartan las más de las veces de estos peldaños, a saber: una necesidad inevitable, la utilidad de una buena acción, la debilidad humana, la vanidad del mundo. La primera es inexcusable, la segunda tolerable, la tercera miserable, la cuarta culpable. Pues a aquellos, a quienes esta última causa les aparta de su santo propósito, mejor les fuera no conocer la gloria de Dios, que después de conocida retroceder. En efecto ¿qué excusa de pecado tendrá éste? El Señor le podrá decir justamente:
«¿Qué pude hacer por ti que no hice? (Is 5, 4). No existías y te creé, pecaste, haciéndote esclavo del diablo, y te redimí. Corrías con los impíos en el circuito del mundo y te elegí. Te concedí gracia en mi presencia y quise hacer en ti mi morada, pero tú me despreciaste y no sólo has rechazado mis palabras sino a mí mismo y has caminado tras tus concupiscencias».
Pero, Dios bueno, suave y manso, tierno amigo y prudente consejero, fuerte ayuda, ¡qué inhumano, qué temerario es el que te rechaza, el que aleja de su corazón a un huésped tan humilde y tan manso!, ¡qué sustitución tan infeliz y dañosa, rechazar al propio creador y acoger pensamientos torpes y malos!, ¡entregar tan pronto aquella secreta morada del Espíritu Santo, el secreto del corazón, hasta poco antes vuelto a las alegrías celestes, para ser conculcado por pensamientos inmundos y pecados! Todavía están calientes en el corazón los vestigios del esposo, ¿Y ya se entrometen deseos adulterinos? Es inconveniente e indecoroso que oídos que poco antes oyeron palabras que no es lícito al hombre referir, se inclinen tan rápidamente a escuchar fábulas y detracciones; que ojos, que poco antes habían sido bautizados por lágrimas santas se vuelvan de repente a mirar vanidades; que la lengua que apenas había terminado de cantar dulces epitalamios, que había reconciliado a la esposa con el esposo mediante encendidas y persuasivas palabras, y la había introducido en la cantina de vinos escogidos, de nuevo se vuelva a vanas conversaciones, a ligerezas, a maquinar engaños y a chismorrear. ¡Aleja de nosotros todo esto, Señor! Pero si tal vez por humana flaqueza cayéramos en semejantes cosas, no nos desesperemos por ello, sino recurramos de nuevo al Médico lleno de clemencia, que levanta del polvo al desvalido, hace surgir de la basura al pobre (Salm 112, 7), y que no quiere la muerte del pecador. De nuevo él nos curará y nos sanará.
Ya es tiempo de poner fin a esta carta. Supliquemos, pues a Dios que mitigue hoy los obstáculos que nos apartan de su contemplación y que en el futuro los haga desaparecer de nosotros. Que nos conduzca por diversos peldaños, de virtud en virtud, hasta que veamos a Dios en Sión. Allí los elegidos no gustarán la dulzura de la divina contemplación de modo intermitente, como gota a gota, sino que llenos por un torrente de placer incesante, poseerán un gozo que nadie les podrá arrebatar, y una paz sin mutación, paz en él mismo. Tú, pues, Gervasio, hermano mío, si alguna vez se te concede ascender a la cima de estos peldaños, acuérdate de mí, y reza por mí cuando te haya ido bien, para que así se corran los velos, y el que oiga diga: ¡Ven!
(*) Guigues II, uno de los primeros cartujos, fue Prior de la Cartuja hacia el 1174. Más tarde dimitió de su cargo para morir en el 1188.

¿Has sentido alguna vez el abrazo de Dios?

¿Has sentido alguna vez el abrazo de Dios?   


  

Las lágrimas que son lloradas durante la oración son muy valiosas, son como gotitas de diamantes.  No hay nada malo con ponerse sentimental y derramar nuestras penas sobre Dios.  Cuándo tu corazón está agobiado con penas por cualquier pérdida, cualquier preocupación, o cualquier herida, Jesús espera que compartas la carga con él.  Date permiso para que todo salga verdaderamente, desde lo más profundo de ti.  Dios no tira estos diamantes.  El los aprecia.  El llora contigo.

¿Si las lágrimas no fueran diamantes de oración, por qué lloraría nuestra Santísima Madre en el cielo? ¿Por qué sería ella Nuestra Señora de los Dolores? ¿No se supone que el cielo es un lugar de alegría, donde no hay más penas?  Sin embargo, ella llora por el pecado en el mundo.  Ella llora por ti cuando te alejas de su Hijo. Ella llora cuando alguien peca contra ti.  Ella llora contigo cuando tú lloras, y así también Jesús.  

El llanto parece ser un rasgo femenino; por la manera que fuimos creados biológicamente, las mujeres lloran más a menudo que los hombres.  Los científicos explican que las hormonas de los hombres transmiten su pena a enojo, y sin embargo Jesús - completamente un hombre - lloró por los demás cuando él los vio llorando sobre la muerte de Lázaro, y él lloró por Jerusalén cuando él previo su destrucción, y él lloró por él mismo cuando él encaró la crucifixión.    
Dios aprecia nuestras oraciones llenas de lágrimas, porque significa que somos honestos con él y con nosotros mismos. Tales oraciones vienen de una pasión profunda.  No sólo son ofrendas de dolor, como diamantes preciosos para Dios, sino que son también un acto de rendición. Hemos alcanzado el fin de nuestra capacidad de ser fuertes, felices, y la aceptación de las dificultades de la vida.  En esa rendición humilde, Dios tiene espacio para entrar y aliviarnos y darnos su propia fuerza para continuar hacia adelante.   
¿Has sentido alguna vez el abrazo de Dios?  Uno de los nombres bíblicos para el Espíritu Santo es el Consolador, ¿pero cómo podemos sentir el abrazo de un Dios que es invisible e intangible?  A menudo nuestras lágrimas vienen de no poder sentir su toque cuando más lo necesitamos.  Y entonces, tenemos que buscar las varias maneras en las que él se hace conocer.  A través del día, Jesús está a nuestro lado haciéndonos favores grandes y pequeños.  Generalmente, sin embargo, nosotros permitimos que nuestro dolor nos distraiga de darnos cuenta de sus regalos.   

En la lectura del Evangelio de hoy, el abrazo consolador de Dios se hace palpable entre María y el discípulo Juan.  Mientras él sufría por el dolor y la pérdida de su querido amigo, ella sufría con un tormento que sólo una madre puede sentir. Y Jesús, en medio de su propio dolor, dio el regalo del consuelo a su madre y al amigo dándoles a ambos el uno al otro.
  
jesus abrazando
Es por medio de la comunidad - el regalo del uno y el otro - que encontramos el consuelo.  No hay dolor más grande que sufrir solo.  Dios no quiere que sufras solo, nunca.  El te proporciona con amigos que te darán su abrazo, tal como lo hizo con María y Juan.  Si no sabes quiénes son estos compañeros que brindan alivio, mira con atención, hacia nuevas direcciones; ellos ya están allí para ti.

lunes, 12 de septiembre de 2011

¿Qué clase de admiración tienes por Jesús?

¿Qué clase de admiración tienes por Jesús?

¿Sabes que él es tan poderoso que todo lo que tiene que hacer es tener un pensamiento y tomar una decisión, y ya se cumple? El centurión en la lectura del Evangelio de hoy supo esto. Es el centro de la creencia de la fe verdadera. Es el tipo de fe que debemos tener cuando rezamos durante la Misa -en el texto revisado en Ingles del Misal Romano-"Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y..."
Toma un momento para reflejar en admiración cómo Dios está involucrado completamente en tu vida. Antes de que le pidas su ayuda, e incluso antes de que supieras que necesitabas su ayuda, él ya lo sabía todo. Él supo lo que sucedería y cuando sucedería y cómo ayudarte de la mejor manera posible. Él supo también cómo utilizar esto para ayudarte a crecer en santidad. A pesar de cuán difíciles tus dificultades lleguen a ser, nuestro amado Padre tiene la autoridad que es mucho más grande que el problema más grande que puedas tener.
Si tú crees esto, tienes fe como la del centurión.
¿Pero qué tal la fe del esclavo? ¿Creyó él (o ella) en la autoridad de Jesús para poder proporcionar una sanación? ¿Pidió el esclavo tan siquiera la sanación? Nosotros no lo sabemos, pero no importa. El centurión y sus amigos judíos intercedieron por el esclavo. La autoridad que Jesús tuvo - y su preocupación compasiva - fue tan poderosa y tan completa que él no necesitó escuchar un pedido de la propia boca del esclavo. El respondió a las personas que se preocuparon por él.   Fue su amor y su creencia en la autoridad de Jesús lo que abrió camino para un milagro.
Si has estado orando por alguien cuya fe en Dios es inexistente o apenas viva, recuerda que Jesús puede ayudar aún desde lejos, porque su autoridad es mucho más grande que la rebeldía de alguien o su resistencia o su incredulidad. Sin embargo, quizás parezca que tus oraciones no están haciendo ningún bien, porque tú sólo puedes ver lo que es obvio. Recuerda esto: Hay mucho más que está ocurriendo que lo que podemos ver. Dios sabe cómo trabajar con la libre voluntad de esa persona para ayudar a su alma de la mejor manera posible.
Nosotros no podemos tener una visión completa. Lo que si sabemos con certeza es que hay mucho más que no sabemos. ¿Basaremos nuestra fe en lo que podemos concebir con nuestros muy limitados cerebros - o en el Jesús que siempre responde a nuestro amor por los demás? En su compasión, él redirige nuestras oraciones hacia lo que más ayudara a su salvación, porque él quiere pasarse la eternidad con ellos infinitamente más que nosotros.
Como nos indica la primera lectura de hoy, Jesús es el mediador entre Dios y la humanidad. Con una palabra de Jesús, la voluntad de Dios es cumplida. El centurión habló una verdad profunda cuando él dijo, "Solo da la orden y mi sirviente será sanado".   Esta es la base de nuestra oración siempre que recibimos a Jesús en la Eucaristía: " Señor, no soy digno que entras en mi casa, pero dime una palabra y eso bastara" ". En esta oración, reconocemos la autoridad de Cristo. Con esta fe, hay mucho que Dios puede lograr.

martes, 6 de septiembre de 2011

Occidente necesita del catolicismo para subsistir

Vargas Llosa, agnóstico militante, señala que Occidente necesita del catolicismo para subsistir Tras la JMJ, el premio Nobel de Literatura se siente feliz con lo vivido en los últimos días en la capital de España. Actualizado 29 agosto 2011 Aciprensa Presentan la candidatura de la JMJ 2011 a los premios Príncipe de Asturias de la Concordia En su habitual columna en el diario español El País, el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, señaló este domingo que el éxito de la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Madrid ha hecho evidente que Occidente necesita del catolicismo para subsistir. En su artículo titulado "La fiesta y la cruzada", Vargas Llosa, que se declara agnóstico y es un constante detractor de las enseñanzas de la Iglesia, elogia el espectáculo de Madrid "invadido por cientos de miles de jóvenes procedentes de los cinco continentes para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud que presidió Benedicto XVI". En el texto recogido también en su edición de ayer por el diario vaticano L’Osservatore Romano, Vargas Llosa, nacido en el Perú pero de nacionalidad española, afirma que la JMJ fue "una gigantesca fiesta de muchachas y muchachos adolescentes, estudiantes, jóvenes profesionales venidos de todos los rincones del mundo a cantar, bailar, rezar y proclamar su adhesión a la Iglesia Católica y su ‘adicción’ al Papa". "Las pequeñas manifestaciones de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos contra el Papa provocaron incidentes menores, aunque algunos grotescos, como el grupo de energúmenos al que se vio arrojando condones a unas niñas que… rezaban el rosario con los ojos cerrados". Según Vargas Llosa existen "dos lecturas posibles de este acontecimiento": una que ve en la JMJ "un festival más de superficie que de entraña religiosa"; y otra que la interpreta como "la prueba de que la Iglesia de Cristo mantiene su pujanza y su vitalidad". Después de mencionar las estadísticas que señalan que sólo el 51 por ciento de jóvenes españoles se confiesan católicos, pero sólo 12 por ciento practica su religión, Vargas Llosa dice que "desde mi punto de vista esta paulatina declinación del número de fieles de la Iglesia Católica, en vez de ser un síntoma de su inevitable ruina y extinción es, más bien, fermento de la vitalidad y energía que lo que queda de ella –decenas de millones de personas– ha venido mostrando, sobre todo bajo los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI". "En todo caso, prescindiendo del contexto teológico, atendiendo únicamente a su dimensión social y política, la verdad es que, aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido, activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y dividirse por las luchas ideológicas internas". Vargas Llosa se pregunta si esto es bueno o malo para el secularismo occidental; y responde que "mientras el Estado sea laico y mantenga su independencia frente a todas las iglesias", "es bueno, porque una sociedad democrática no puede combatir eficazmente a sus enemigos –empezando por la corrupción– si sus instituciones no están firmemente respaldadas por valores éticos, si una rica vida espiritual no florece en su seno como un antídoto permanente a las fuerzas destructivas". "En nuestro tiempo", sigue Vargas Llosa, la cultura "no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público"; porque "por más que tantos brillantísimos intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumuladas por la historia de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca ha podido renunciar". "Creyentes y no creyentes debemos alegrarnos por eso de lo ocurrido en Madrid en estos días en que Dios parecía existir, el catolicismo ser la religión única y verdadera, y todos como buenos chicos marchábamos de la mano del Santo Padre hacia el reino de los cielos", concluye.