Posted: 22 Dec 2011 06:30 PM PST Y verán todos los hombres al Salvador enviado de Dios. (Luc. III, 6) El Salvador del mundo, de quien había vaticinado el profeta Isaías que le habían de ver algún día los hombres en la tierra: Et videbit omnis caro salutare Dei; vino ya, católicos; y nosotros le hemos visto, no solamente conversar entre los hombres, sino también padecer y morir por nuestro amor. Ocupémonos, pues, esta mañana en considerar el amor que debemos a Jesucristo, que es ese Salvador de quien hablamos, al menos en recompensa del que nos tuvo y tiene Él mismo a nosotros. Así analizaremos: El grande amor que nos ha manifestado Jesucristo. Punto 1º El que debemos tenerle nosotros. Punto 2º Punto 1EL GRANDE AMOR QUE NOS HA MANIFESTADO JESUCRISTO1. San Agustín dice, que Jesucristo vino al mundo para que los hombres conocieran lo mucho que Dios los amaba: Propterea Christus advenid, ut cognoceret homo cuantum eum diligat Deus. Vino; y para manifestarnos el inmenso amor que nos tenía este Dios, se entregó a sí mismo a los pecadores, abandonándose a todas las penas de esta vida; y, últimamente, a los azotes, a las espinas y a todos los dolores y desprecios que sufrió en su pasión, hasta morir en una cruz: “Nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros” (Galat. II, 20). 2. Bien podía Jesucristo habernos salvado sin morir en una cruz ni padecer: bastaba una sola gota de su sangre para redimirnos, o una sencilla súplica hecha a su Padre eterno; porque siendo ella de valor infinito por razón de su divinidad, era suficiente para salvara infinitos hombres e infinitos mundos; empero no lo hizo así: porque como dice el Crisóstomo, u otro escritor antiguo Quod sifficiebat redemptioni, non sufficiebat amori. Lo que bastaba para redimirnos, no bastaba para manifestarnos el amor extraordinario que nos tenía. Quiso, pues, para demostrarnos lo mucho que nos amaba, no sólo derramar parte de su sangre preciosa, sino toda ella entre tormentos inauditos. Esto significan las palabras siguientes, que pronunció en la noche que precedió al día de su muerte: Esta es mi sangre, que será el sello del nuevo testamento, la cual será derramada por muchos: Hic est enim sanguis meus novi tetamenti qui pro multis effundetur. (Matth. XXVII, 28). La palabra effundetur denota, que Jesucristo en su pasión derramó toda su sangre hasta la última gota: y por esto, cuando después de su muerte le abrieron el costado con una lanza, salió de él sangre y agua, en señal que aquellas eran las últimas gotas de sangre que le quedaban. Se ve, pues, que pudiendo Jesús habernos salvado sin padecer, quiso abrazar una vida toda llena de penas y amarguras, y terminarla con una muerte dura e ignominiosa, cual lo era la de la cruz, propia solamente de esclavos. Los ciudadanos romanos estaban libres de éste género de muerte, y era un crimen castigarlos con este suplicio; pero el Creador de los cielos y tierra, para demostrarnos el grande amor que nos tenía se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz: Humiliavit semetipsum, factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis. (Philip II, 1). No solamente, dice el Apóstol, se humilló hasta morir, sino hasta morir en una cruz, como si fuera un vil esclavo. 3. San Juan dice: Majoremhac dilectionem nemo habet, ut animam suam ponat quis pro amicis suis. (XV, 13). Que nadie tiene amor más grande, que el que da su vida por sus amigos. ¿que más podía, pues, hacer por nosotros el Hijo de Dios, que morir? Lo que hizo: morir en una cruz; morir del modo más indigno e ignominioso que entonces se conocía. Decidme hermanos míos, si un siervo vuestro, si el hombre más vil de la tierra, hubiese hecho por vosotros lo que hizo Jesucristo, ¿podríais de acordaros de Él sin amarle? 4. No sabiendo San Francisco de Asís pensar en otra cosa que en la Pasión de Jesucristo, meditaba en ella de continuo, y lloraba sin interrupción; de suerte, que se quedó casi ciego de tanto llorar. Cierto día le encontraron llorando a los pies de un Crucifijo; y preguntándole porque derramaba tantas lágrimas, respondió: “Lloro los dolores e ignominias que sufrió nuestro Salvador; y lo que me hace llorar más amargamente es, que vivan los hombres tan olvidados de Aquél que sufrió tanto por ellos”. 5. Si dudas alguna vez, ¡oh cristiano!, de si Jesucristo te ama o no, levanta los ojos, y mírale pendiente de la cruz. ¡Que testimonios tan ciertos y evidentes son del amor que te tiene, dice Santo Tomás de Villanueva, aquella cruz en que estuvo enclavado, aquellos dolores internos y externos que padeció, y aquella muerte amarga que apuró por ti. ¿No oyes, decía San Bernardo, la voz de aquella cruz, y de aquellas llagas, que están gritando para que conozcas lo mucho que Cristo te amó? 6. San Pablo dice, que no deben movernos tanto a amar a Jesucristo, los azotes, la corona de espinas, el viaje doloroso al Calvario, la agonía que sufrió en la cruz durante tres horas, las puñaladas, bofetadas y salivas que recibió en su rostro divino, como el amor extraordinario y sin límites que nos manifestó queriendo padecer tanto por nosotros. Este amor, añade el Apóstol, no solamente nos obliga, sino que, en cierto modo, nos fuerza y nos precisa a amar un Dios, que tan intensamente nos amó: Charitas enim Christi urget nos. (II. Cor. V, 14). La caridad de Cristo nos urge.San Francisco de Sales dice sobre este texto: “El saber nosotros que Jesucristo, hijo verdadero de Dios, nos amó hasta morir por nosotros en una cruz, ¿no es tener nuestros corazones como en una prensa, para exprimir de ellos todo nuestro amor con una violencia tan fuerte como amorosa?”. 7. Fue tan grande el amor en que se abrasa el corazón de Jesús para con los hombres, que no solamente quiso morir por nosotros, sino que toda su vida estuvo suspirando porque llegara aquel día en que debía sufrir la muerte por nuestro amor. Por eso repetía a menudo mientras vivía: Baptismo autem habeo baptizari, et quomo do coarctor usque dum perficiatur? (Luc. XII, 50). Con un bautismo de sangre tengo de ser yo bautizado para lavar los pecados de los hombres: et quomodo coarctor! ¡Oh, y como traigo en prensa el corazón, mientras que no lo veo cumplido! Tan grande era el amor que nos tenía, que ansiaba sin cesar padecer y morir por nosotros. Por esto, la noche antes del día de su muerte, dijo: Desiderio desideravi hoc pascha manducare vobiscum, antequam patiar. (Luc. XXII, 15). 8. San Lorenzo Justiniani escribe: Vidimus sapientem præ nimietate amoris infatuatum. Hemos visto al Hijo de Dios, que es la sabiduría divina, casi infatuado por el amor excesivo que tenía a los hombres. Esto respondían también los gentiles, cuando les predicaban la muerte padecida por Jesucristo, por el amor que había tenido a los hombres : que era una locura, que no podía ni aún imaginarse. Por eso dice el Apóstol: Nosotros predicamos sencillamente a Jesucristo crucificado: lo cual para los judíos es motivo de escándalo, y parece una locura a los gentiles. Y ¿quién podría creer jamás , decían ellos, que un Dios, que nadie necesita para ser feliz, haya querido tomar la naturaleza humana y morir por el amor de los hombres, obra de sus manos? Sería esto lo mismo que creer, que un hombre se habría infautado con el excesivo amor a sus creaturas. San Gregorio(Homil. 6), dice: Stultum visum es ut pro hominibus auctorvitæ moreretur. Les parecía una necedad que hubiese muerto por los hombres el autor de la vida. Pero digan y piensen los gentiles lo que quieran, es de fe, que el Hijo de Dios quiso derramar toda su sangre por el grande amor que nos tenía, para lavar con ella nuestras manchas de la culpa. Nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre. Por esta razón, considerando los Santos el amor de Jesucristo, se llenaban de admiración y de estupor. San Francisco de Paula, al mirar un crucifijo, no sabía sino exclamar: ¡Oh amor! ¡oh amor! ¡oh amor!. 9. No se contentó este amantísimo Señor con amarnos hasta morir por nosotros en una cruz, sino que hallándose ya al fin de su vida, y próximo a la muerte, quiso dejarnos su propia carne por comida, y su propia sangre por bebida, y alimento de nuestras almas en la institución de la Sagrada Eucaristía, con el fin de preservar eternamente entre nosotros , y legarnos una medicina general y eficaz contra todas las dolencias que nos pueda ocasionar el pecado. Pero de esto hablaremos extensamente cuando tratemos el santísimo Sacramento del altar. Pasemos ahora al otro punto. Punto 2CUAN OBLIGADOS ESTAMOS A AMAR A JESUCRISTO10. El que ama quiere ser amado. Por eso dice San Bernardo, que cuando Dios nos ama no exige otra cosa sino que le amemos nosotros. Y antes que él, lo dijo el mismo Redentor. Yo, dice Jesucristo, he venido a poner fuego en la tierra para encender el corazón de los hombres; ¿y que he de querer sino que arda? Dios nada más exige de nosotros sino ser amado, y por eso quiere la santa Iglesia que oremos, diciendo: “Te rogamos, Señor, que nos inflames los espíritus con aquel amor que nuestro Señor Jesucristo envió a la tierra, y quiso con ansia que se inflamase”. ¡Que cosas tan extraordinarias no hicieron los Santos encendidos de este fuego de amor divino! Todo lo abandonaron: delicias, honores, púrpuras y cetros, para atender exclusivamente a vivir abrasados de este amor divino. Pero me diréis, ¿como podremos conseguir abrasarnos en el amor de Jesucristo? Haced lo que hacía David:In meditatione mea exardecet ignis. (Ps. 38). La meditación es el horno santo donde se inflama este fuego de divino amor. Orad mentalmente todos los días, pensando en la Pasión de Jesucristo, y no dudéis que vosotros también conseguiréis de este modo arder en el divino amor. 11. A este fin, dice San Pablo, quiso morir Jesucristo por nosotros, para adquirir un soberano dominio sobre nuestros corazones: In hoc enim Christus mortuusest, et resurrexit, ut et mortorum et vivorum dominetur. (Rom. XIV, 9). Quiso dar la vida por todos los hombres sin ecluir a ninguno, dice el mismo Apóstol, para que ninguno viviese en adelante por sí, sino para que el que murió por ellos. 12. Más ¡ah! para responder el amor de este Dios, sería necesario que otro Dios muriese por Él, como murió Jesucristo por nosotros. ¡Quién no exclamará aquí, pues, oh ingratitud humana! Un Dios ha querido dar su vida por la salvación de los hombres, y estos hombres ni siquiera se dignan pensar en Él. Si cada uno de ellos pensase a menudo en la sacrosanta Pasión del Redentor, y en el amor que en ella nos manifestó, ¿cómo podríamos dejar de amarle con todo nuestro corazón? Al que considera con fe viva a Jesucristo pendiente de tres clavos en la cruz, cada una de sus llagas habla y le dice: Diliges Dominum Deum tuum: ama, ¡oh mortal! a tu Señor y Redentor, que tan ardientemente te amó. Y a estas voces tan tiernas ¿quién puede resistirse? San Buenaventura dice, que las llagas de Jesucristo “son heridas que ablandan y traspasan los corazones duros, y que inflaman las almas tibias; son llagas que lastiman los corazones más endurecidos, y entusiasman las almas más frías”. 13. Terminaré mi discurso, amados oyentes míos, encargándoos que, de hoy en adelante, meditéis un poco todos los días en la Pasión sagrada de Jesucristo. Y me contento que empleéis en esto la cuarta parte de una hora. Deseo, al menos, que cada uno de vosotros procure tener un Crucifijo, le tenga en su aposento y le dé una ojeada de cuando en cuando, diciéndole “Por mí moristeis, Jesús mío, y yo no correspondo a vuestro amor”. Si un amigo sufre injurias por otro amigo, se complace mucho de que el otro se acuerde de esto y le hable de ello, manifestándole su gratitud. Y al contrario; siente mucho que el otro o se acuerde de tal beneficio, ni se digne hablar de él. Del mismo modo se complace mucho Jesucristo de que nos acordemos de su Pasión, y le desagrada que no nos dignemos pensar en ella ni recordarla. ¡Oh, cómo nos consolarán a la hora de la muerte los dolores y la Pasión de Jesucristo, si durante nuestra vida hemos tenido la costumbre de meditar en ella con frecuencia! No esperemos que a la hora de nuestra muerte tomen otros el Crucifijo en la mano, y nos recuerden que Jesucristo murió por nuestro amor. Abracemos ahora en vida, y tengámosle siempre a nuestro lado, para que podamos vivir y morir en su compañía dulcísima. El que es devoto de la Pasión de Jesús, no puede menos de serlo también de los Dolores de María, cuya memoria nos servirá de grandísimo consuelo a la hora de la muerte; como que el uno es el Redentor y la otra la Madre de los Pecadores. |
viernes, 23 de diciembre de 2011
DEL AMOR QUE NOS TIENE CRISTO Y NUESTRA OBLIGACIÓN DE CORRESPONDERLE
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martes, 20 de diciembre de 2011
Un saludo que limpia los labios y el corazón
| an Bernardo, cada vez que pasaba por delante de una imagen de la Virgen María, le saludaba diciendo "Dios te salve, María". Cuando San Bernardo murió y el cuerpo pasó por delante de la citada imagen, fue la propia Virgen María quien exclamó: "Dios te salve, hijo mío Bernardo". Bienaventurados aquellos labios y aquellos lugares en los que se pronuncia : “Ave María”. Vamos a analizar las palabras del Ave María en detalle a continuación: | |
Dios te salve, María: es un saludo que limpia los labios y el corazón, no se pueden pronunciar esta palabras con reflexión y sentimiento, sin sentirse más buenos; porque cuando los ojos de vuestro espíritu están fijos en María, se puede ser más bueno, más puro y más caritativo. La amistad con María es causa de perfección porque infunde y transfunde las virtudes de tan buena Madre en quien humilde las pide. Llena eres de Gracia: Humildad, prontitud, pudor, plegaria... ¿Qué no encontró de excelso la palabra angélica para convertirse en la primera chispa del incendio de la Encarnación?. He aquí lo que se necesita, para atraer a Jesús, vuestra adherencia a la Gracia, vuestra acogida a la Gracia, vuestro multiplicar la Gracia, vuestro aspirar a la Gracia, el cuerpo para vivir necesita respirar aire y tomar aliento, el alma para vivir, debe respirar la Gracia, y el mejor ejemplo es María. El Señor es contigo. Dios siempre está con el alma en Gracia, Dios no se aleja cuando el tentador se acerca, se aleja solamente cuando se cede al Tentador y se corrompe el alma. Quien está con Dios no es que no vea el mal, mas bien lo ve con más claridad que muchos otros, pero el verlo no corrompe. El unido con Dios está saturado de Dios, y cualquier otra cosa que no sea Dios queda en la superficie y no perturba el interior. Bendita tú eres entre todas la mujeres. Esta bendición que a veces decimos imperfectamente, o que quizá ni la decimos a Aquella que con su sacrificio inicio la Redención, resuena continuamente en el Cielo, pronunciada con infinito amor por la Trinidad. Todo el Paraíso bendice a María, obra maestra de la Creación universal y Misericordia divina. Aun cuando toda la obra del Padre para crear de la nada a la tierra no hubiese servido sino para acoger a María, la obra creativa habría tenido su razón de ser, porque la perfección de María es tal, que Ella es testimonio de no solo de la sabiduría y el poder, sino del amor con el cual Dios ha creado el mundo. Y bendito es el fruto de tu vientre Jesús: Tenemos a Jesús porque treinta tres años antes María acepto beber el cáliz de la amargura, bendito el vientre purísimo que contuvo al Creador, y para dar una norma, sabed que Yo, Dios, no considero disminuirme a Mí mismo con infinito y venerante amor a mi Madre. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. A la Madre de Dios le realizamos una invocación simétrica a la de “líbranos del mal”, del Padrenuestro. Se nos ha dado una Madre y un Padre. Si pedimos al Padre que nos libre del Mal, ¿no pediremos a la Madre que aleje de nosotros la muerte en pecado?. No debemos preocuparnos de la muerte en el significado humano, sino del Mal y de la Muerte en el significado sobrenatural. Tenemos una Madre que es poderosa por su triple condición de Hija, Esposa y Madre de Dios, y si Cristo resucita a los muertos a la Gracia, María, cuando es realmente amada, impide que la muerte nos separe de su Hijo en la eternidad. Fuentes: web Católico de Javier y Fe y Tradición | |
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lunes, 12 de diciembre de 2011
Dolor de piedra, perdón de cristal.Mamá, no llores más.

Difícil poder expresar mejor el profundo arrepentimiento de una madre que ha abortado. Lo ha logrado Martin Hudáčeka, un joven escultor de Banska Bystrica (Eslovaquia). La idea surgió de un grupo de mujeres jóvenes, convencidas del valor de la vida y de las funestas consecuencias que todo aborto conlleva en el cuerpo y en el espíritu de la infeliz madre.
El monumento al “Niño no nacido” fue inaugurado el 28 de octubre 2011 por el Ministro de Salud de Eslovaquia MD. Ivan Uhliarik. Por si sirve el dato, Eslovaquia es uno de los países que al salir del comunismo ha visto reducirse su número de abortos: de 58.000 en 1988 a 19.000 en 2006. Hay que decir que también ha descendido el número de nacimientos anuales: de 83.000 a 53.000 en estos mismos años. Su legislación permite el aborto prácticamente libre hasta las 12 semanas, y es permitido a jóvenes de 16 y 17 años con permiso de sus padres. Afortunadamente el país de mayoría católica (un 70% de sus 5,4 millones de habitantes), cuenta con muchos servicios sanitarios que pertenecen a la Iglesia y en donde la mayoría de los ginecólogos se niegan a cometer abortos.
El artista ha logrado plasmar un maravilloso equilibrio entre dolor y amor; entre la agonía de la madre y el consuelo del niño; entre el arrepentimiento de ella y el perdón de él. La imagen deja en el corazón una profunda ternura hacia la madre y su hijo. Pero ¿por qué el autor quiso emplear el vidrio en el caso del niño? Tal vez para evocar el alma pura y transparente del niño no nacido que parece decirle: «Mamá, no llores más. Mírame, aquí estoy. Desde el cielo podré amarte y hacer por ti todo lo que no pude en la tierra».
Esta obra de arte transmite un mensaje claro: El abominable pecado del aborto además de matar a una criatura inocente, hiere en lo más hondo de su ser y de su dignidad a la mujer. Si el hombre –como nos recordaba tantas veces el beato Juan Pablo II- sólo se realiza en la donación de sí mismo, añadimos que en la mujer este amor es ante todo materno. Su vocación a la maternidad, tanto física como espiritual, forma parte de ella misma.
Un último detalle. Cuando mostré la foto de esta imagen a una mujer y le pedí sus observaciones, al final, para sorpresa mía, me formuló este interrogante: «¿Y dónde está el padre?»
Autor: José María Moriano, LC Fuente: www.buenas-noticias.org
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jueves, 8 de diciembre de 2011
DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCION
La Inmaculada Concepción de María es el dogma de fe que declara que, por una gracia especial de Dios, Ella fue preservada de todo pecado desde su concepción.
En el año 2004 se celebró el 150 aniversario de la Proclamación del Dogma de que María fue concebida sin pecado original, sin mancha. El dogma fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus.
"...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de todo mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelado por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles ... " Pío IX, bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de (1854)
La Concepción: Es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica procedente de los padres. La concepción es el momento en que comienza la vida humana. María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa Ana. Es decir, María es la "llena de gracia" desde su concepción. Cuando hablamos de la Inmaculada Concepción no se trata de la concepción de Jesús, quien, claro está, también fue concebido sin pecado.
"Dios inefable, (...) habiendo provisto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano que había de derivarse de la culpa de Adán, y habiendo determinado, en el misterio escondido desde todos los siglos, culminar la primera obra de su bondad por
medio de la encarnación del Verbo (...), eligió y señaló desde el principio y antes de todos los siglos a su unigénito Hijo, una Madre, para que, hecho carne de Ella, naciese en la feliz plenitud de los tiempos; y tanto la amó por encima de todas las criaturas, que solamente en Ella se complació con señaladísima benevolencia
Como nos indican las anteriores palabras de Pío IX, la concepción inmaculada de la Virgen María es un maravilloso misterio de amor. La Iglesia lo fue descubriendo poco a poco, al andar de los tiempos. Hubieron de transcurrir siglos hasta que fuera definido como dogma de fe.
Dirijamos, pues, nuestra mirada en este tiempo de Adviento a María, que preparó a conciencia el primer y verdadero adviento. Nadie como Ella supo interpretar los signos de los tiempos, sintiendo que el Señor estaba cerca, Ella oró como nadie con el Salmo 24:
"Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza"
Y cuando le fue propuesta la maternidad, nada menos que del mismísimo Hijo de Dios, no quiso decir que no. Su vida fue un "sí "rotundo a los planes de Dios.
Siendo Ella, con su sí, quien propició que el Dios lejano se hiciera nuestro, y a partir de la encarnación de su Hijo, Dios tuviera otro título que antes no tenía: Emmanuel", el Dios con nosotros, el Salvador, el que puso su tienda entre nosotros.
Parece que de María tendríamos que explayarnos hasta la última semana de Adviento, pero quién mejor que Ella para abrir y disponer los corazones para que esta Navidad no tenga las características de ser sólo una fiesta más, o mejor la fiesta de las fiestas, donde hay de todo, pero donde se siente muchas veces un vacío, no tanto por las cosas de las que no se pudo disponer para la fiesta y el festejo, sino precisamente por no haber dispuesto el corazón, para hacer ahí el Adviento, la llegada, la recepción y la acogida para el recién nacido.
Navidad será entonces un festejo anticipado de la Pascua del Señor. Sin su encarnación, no hubiera sido posible ni la entrega, ni la redención, ni la cruz; pero tampoco la Resurrección y la vuelta de los hijos de Dios a la casa, al Reino, a los brazos amorosos del buen Padre Dios. La Navidad nos hermanará en torno al Divino Niño, nos hará compadecernos y enternecernos a la vista de quien se convierte en la presencia más cercana del Dios de los Cielos, y de la tierra.
María es un signo anticipado: de limpieza, de belleza, de santidad, de perfección, de plenitud, de vida nueva, de victoria pascual. Es un anticipo del ideal humano, del proyecto que Dios había soñado para el hombre. Un modelo, por lo tanto, para cada persona humana, para cada creyente, para la Iglesia, para la humanidad. Lo que tanto soñamos y deseamos es posible, en María se ha realizado ya.
Alegre aurora. Cuando aparecen las primeras luces del día, cuando amanece o mañanea, admiramos los tonos de color que vencen la oscuridad nocturna, Y nos alegramos. La luz, además de ofrecernos claridad, nos llena de alegría. Así es la Virgen Inmaculada, suave luz que anuncia victoria sobre el pecado y la muerte, señal segura de que se acerca el día, buena noticia para todos los hijos de la noche, causa de nuestra alegría.
Alegría verdadera, porque nos garantiza salvación y victoria. Después de tantos fracasos, después de tantas derrotas, por fin podemos levantar cabeza. El poder de las tinieblas ha sido superado. En la madre aparece un punto de luz primero, como una flor, pero la luz va creciendo hasta el encanto. Es un regalo, no sólo para los ojos, sino para toda el alma.
Pero la aurora es un anuncio solamente, ella no tiene identidad propia, es una adelantada de otra realidad original, que es el sol. La aurora no es el día, sino que lo anuncia, lo prepara. Sus luces y colores no son propios, sino del sol. La aurora es algo relativo, sin el sol nada sería. Así es María con relación a Cristo, nuestro día y nuestro sol.
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jueves, 1 de diciembre de 2011
El Shaddai
El Shaddai (Hebreo: אל שדי) es uno de los nombres Judaicos de Dios. Véase Dios y nombres de Dios en el judaismo. El Shaddai es normalmente traducido como "Dios Todopoderoso" o "Dios que es más que suficiente".
Shaddai fue una ciudad Amorita en la Edad de Bronce tardía a orillas del río Éufrates, en el norte de Siria. El sitio de sus ruinas amontonadas es llamado Tell eth-Thadyen: "Thadyen" es la traducción árabe moderna del original semítico occidental "Shaddai". Se ha conjeturado que El Shaddai fue, por tanto, el "dios de Shaddai" y asociado tradicionalmente con Abraham, y la inclusión de las historias de Abraham en la Biblia hebrea habrían traído al norte el nombre con ellos (véase hipótesis documental).
Teniendo en cuenta el evidente sincretismo que existía en aquel Antiguo Israel, ese término probablemente significa "Dios de las montañas", refiriéndose a la montaña divina de Mesopotamia. El término fue uno de los nombres patriarcales del dios tribal de los mesopotámicos o dios El. La Sagrada Escritura indica que Abraham y su padre Teraj adoraban a dioses "extraños" (posiblemente el dios Anu) (ver Josue 24:2). [Toda la región había estado influida por las religiones de origen asirio-babilónico, cuya principal deidad era el dios IL (El].
En Éxodo 6:3, El Shaddai se identifica con Yahvé. El término aparece principalmente en la Torá. Esto también podría referirse al campamento israelita detenido en el Monte Sinaí, donde Dios estuvo con Moisés en la montaña.
En la visión de Balaam registrada en el Libro de Números 24:4 y 16, la visión viene de "Shaddai" junto con "El". En las inscripciones fraccionadas en Deir Alla, aunque "Shaddai" no esta, o no plenamente presente, aparece "shaddayin" [6], menos figuraciones de "Shaddai". [7] Estos han sido identificados tentativamente con el ŝedim de Deuteronomio 34:17 y Salmos 106:37 -38 [8], que son deidades cananea.
Según Éxodo 6:2,3, "Shaddai" es el nombre con el que Dios se dio a conocer a Abraham, Isaac y Jacob. El nombre "Shaddai" (en hebreo: שדי) se usa como un nombre de Dios más adelante en el libro de Job.
El Shaddai también es el nombre de un movimiento eclesial católico.
http://youtu.be/6-7v6dqxeFs
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martes, 22 de noviembre de 2011
EL PURGATORIO EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA
El Purgatorio o la purificacion final
1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura, (por ejemplo, 1 Co 3,15; 1P1,7) habla de un fuego purificador:
Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro.
1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, (cf DS 856) para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre, (cf. Jb 1,5) ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan Crisóstomo, hom. in 1 Cor 41,
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lunes, 7 de noviembre de 2011
Convertirse en apóstol de la Alegría
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