martes, 8 de febrero de 2011

Vida de Jesucristo




A. Vida oculta de Jesucristo

1. ¿Cómo empezó todo? El ángel Gabriel se presentó a María y le habló de parte de Dios proponiéndole ser Madre del Salvador. Ella aceptó, y el Hijo de Dios se hizo hombre y fue concebido por obra del Espíritu Santo.

2. Belén.- Debido a un edicto del César, María y José su esposo fueron empadronarse a Belén, y allí muy discretamente nació Jesús. Recibió la adoración de unos pastores avisados por ángeles, y de unos magos de oriente guiados por una estrella. Minutos después, un ángel avisó a José y huyeron a Egipto pues el rey Herodes buscaba al Niño para matarlo. En Egipto estuvieron unos dos años y, muerto Herodes, regresaron a Nazaret.

3. Vida oculta.- En Nazaret vivió Jesús con sus padres, llevando una vida ordinaria de la que nada sabemos, salvo el suceso de Jesús perdido y hallado en el Templo cuando tenía unos doce años. En sus treinta años de vida oculta, Jesús nos da ejemplo para buscar la santidad en las tareas corrientes de la vida.

B. Vida pública de Jesucristo

1. ¿Cómo empezó? La primera intervención pública de Jesús fue su bautismo en el Jordán, realizado por S. Juan Bautista. Allí, Dios Padre testificó sobre Él diciendo que era su Hijo amado. Después, el Señor se retiró al desierto durante cuarenta días para preparar su vida pública con oración y mortificación. Luego, regresó donde el Bautista, que le acercó los primeros discípulos: Juan y Andrés. Andrés le presentó a su hermano Simón Pedro.

2. Los Apóstoles.- Al principio, los discípulos iban y venían, le escuchaban y volvían a sus quehaceres. Entre ellos eligió doce que dejaron todo y le acompañaban siempre. Son los doce Apóstoles. Como cabeza de ellos tomó a Pedro.

3. Predicación.- Sin descuidar sus ratos de oración, durante tres años caminó por Israel enseñando de una ciudad a otra. Un sermón importante fue el de las bienaventuranzas. En su predicación usaba abundantes parábolas: la del sembrador, los talentos, el hijo pródigo, la cizaña, etc. Hablaba con autoridad divina, y reforzaba sus palabras con milagros.

4. Milagros.- Los milagros fueron muy abundantes. Con ellos manifestaba su poder divino a la vez que se compadecía de las penas humanas. El primero tuvo lugar en una fiesta de bodas, donde transformó agua en vino por intercesión de su Madre. Hubo muchos milagros: calmó tempestades, multiplicó panes, curó leprosos, ciegos, paralíticos, endemoniados, incluso resucitó muertos. En una ocasión se transfiguró resplandeciendo su divinidad.

5. Persecución.- Las multitudes le seguían para oírle y ser curados de sus enfermedades. Esto hizo que los jefes religiosos judíos se llenaran de envidia e intrigaran contra Él, a pesar de reconocer sus milagros patentes. Cuando resucitó a Lázaro, decidieron matarle y matar también a Lázaro.

C. Muerte, resurrección y ascensión

1. ¿Cómo empezó la Pasión?.- Nuestro Señor había anunciado varias veces su pasión y muerte. Una noche, después de instituir la Eucaristía, fue con sus discípulos a orar en un huerto de olivos. Allí aceptó reparar a Dios las ofensas humanas ofreciéndose a sí mismo en lugar nuestro, cargando con nuestras culpas. Un ángel tuvo que consolarle ante un sufrimiento tan fuerte que sudó sangre. Poco después dejó que le apresaran los jefes judíos.

2. ¿Hubo juicio? Hubo una especie de juicio donde la condena ya estaba prevista. No hubo pruebas concluyentes a pesar de que presentaron testigos falsos. Jesús se declaró Mesías e Hijo de Dios y por estas palabras fue condenado a muerte por los jefes judíos.

3. ¿Hubo otros juicios? Después llevaron a Jesús ante Pilato y ante Herodes, y ninguno encontró motivos de condena. Los judíos presionaron a Pilato. Pilato mandó flagelarlo por ver si así contentaba a la muchedumbre. Después de numerosas afrentas y burlas, azotado y coronado con espinos lo presentó a la gente, que volvió a exigir: ¡crucifícalo!

4. Cruz.- Pilato cedió ante la multitud y dictó sentencia de muerte. Entonces Jesús cargando con la cruz salió hacia el Calvario. Al llegar allí, le clavaron manos y pies en la cruz y le colocaron entre dos ladrones, mientras los jefes judíos continuaban las burlas.

5. ¿Dijo algo en la cruz? Allí Jesús dijo unas frases breves: pidió perdón por todos, aseguró el cielo al ladrón que se arrepintió, nos dejó a María como madre nuestra, y después de asegurar que todo estaba cumplido, entregó su espíritu al Padre. Un soldado aseguró su muerte clavándole una lanza en el corazón. Poco después, le bajaron de la cruz a una sepultura. Era viernes.

6. ¿Pasó algo especial? Mientras Jesús estuvo en la cruz, se oscureció el sol y se cubrió la tierra de tinieblas. Cuando murió, hubo un terremoto, se rasgó el grueso velo del templo, y muchos muertos salidos de los sepulcros se aparecieron en Jerusalén.

7. Resurrección.- Al amanecer del domingo, Jesús resucitó. Hubo un gran terremoto, y apariciones de ángeles y del mismo Jesús glorioso. Algunos apóstoles no lo creían hasta que le vieron y palparon.

8. Ascensión.- Después de resucitar, Jesús se apareció varias veces a sus discípulos. Conversó con ellos y les dio las últimas instrucciones. Cuarenta días más tarde, subió a los cielos mientras los bendecía.

9. Fundación de la Iglesia.- A lo largo de su vida, nuestro Señor Jesucristo estableció las bases del futuro desarrollo de la Iglesia:

o Instituyó los siete sacramentos.
o Estableció una Jerarquía eligiendo los doce Apóstoles, y a Pedro como roca y pastor de los demás.
o Desarrolló la doctrina y la actuación práctica principales, con el mandato apostólico de difundirlo al mundo entero.


Si quieres comunicarte con el autor de este artículo, escribe un mensaje a ijuez@ideasrapidas.org

martes, 25 de enero de 2011

CRISTIANISMO PRIMITIVO

CRISTIANISMO PRIMITIVO

"¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido" (Eclesiastés 1:9-10)


Alexámeno adora a su Dios
Este "graffiti" burlesco contra un cristiano llamado Alexámeno, data del siglo II y se encontró en una pared de unas ruinas de Roma, una escuela de pajes anexa al palacio de Nerón. Representa a un cristiano llamado Alexámeno adorando a un crucificado con cabeza de burro (Los paganos creían que judíos y cristianos adoraban a un dios con cabeza de asno). Debajo de la imagen está escrito "Alexámeno adora a su Dios" y cerca alguien escribió -quizá el mismo Alexámeno del que se querían burlar- "Alexámeno fiel".
"Hay una nueva raza de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, asociados entre sí contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, universalmente cubiertos de infamia, pero autoglorificándose con la común execreción: son los Cristianos." (Celso; "El Discurso Verdadero Contra los Cristianos" Pág.11 Alianza Editorial; Madrid 1988)

Así comienza, hacia el año 178 d.c., "El Discurso verdadero contra los Cristianos", una obra escrita por el filósofo griego de Alejandría Celso, que será el fundamento ideológico de algunas de las mas duras persecuciones contra los creyentes en Jesús de Nazaret que se sucederán en los años siguientes.

¿Quiénes eran estos cristianos primitivos de los que tanto hablamos los "cristianos" del siglo XXI y de los que ignoramos casi todo?, ¿Cómo pensaban y cuál era su carácter, su forma de vivir la fe?, ¿Qué tipo de persona se dejaría despedazar por las fieras, o quemar viva, o cornear por un toro hasta la muerte, únicamente por no verter una pizca de incienso en un altar público, haciendo votos por la "salud del divino emperador"? ¿Con qué tipo de problemas se tuvieron enfrentar?

Esta pagina WEB trata de dar respuesta a estas y otras preguntas, tratando de obtener una enseñanza o moraleja para aquellos que en los umbrales del tercer milenio queremos seguir a Jesús, o nos llamamos cristianos.

El recorrido que haremos pasa por los cuatro primeros siglos de la historia del cristianismo. A este periodo se le llama también época o era Paleocristiana (básicamente la anterior al concilio de Nicea).

En el verano del año 325, convocados por un emperador romano: Constantino, los obispos de la cristiandad se reúnen en Nicea, para dilucidar sobre cuestiones de doctrina y acabar de una vez con las diferentes disputas teológicas y doctrinales que perturbaban en aquel tiempo a la Iglesia.

Como consecuencia de esta contemporización con un poder temporal que se permitía convocar concilios y que se valdrá del cristianismo como aglutinante para mantener la unidad del imperio unos siglos más, la iglesia comenzará un proceso de paganización y "romanización" que dará lugar pocos siglos después a la hoy conocida como Iglesia Católico-Romana.

A estas y otras interesantes cuestiones es a las que se trata de dar respuesta en estas paginas. No se trata de hacer una cronología del cristianismo primitivo, y si un sencillo estudio de ciertos temas de interés que a mi juicio son claves para entender el posterior desarrollo de la fe cristiana.

Prepárate para este interesante viaje.

miércoles, 19 de enero de 2011

Obras de San Agustín de Hipona

Obras de San Agustín de Hipona


San Agustín de Hipona (354-430 DC) fue uno de los sabios más prolíficos que la humanidad haya conocido jamás, y es admirado no solamente por la cuantía de sus obras, sino también por la variedad de temas, mismos que abarcan todos los ámbitos del pensamiento. La manera en que Agustín moldea sus obras ejerce una poderosa atracción sobre el lector. Bardenhewer elogia su extraordinaria flexibilidad de expresión y su maravilloso don para describir cosas interiores, así como para representar los diversos estados del alma y los hechos del mundo espiritual. Su latinidad ostenta el sello de su época. En general, su estilo es noble y depurado; pero, dice el mismo autor, "en sus sermones y otros escritos populares, [San Agustín] desciende deliberadamente al lenguaje de la gente." Resultaría imposible hacer un análisis detallado en este espacio. Nos limitaremos a señalar sus principales escritos y la fecha (a menudo aproximada) de su elaboración:

* Autobiografía y Correspondencia
*
Filosofía
*
Apología General
*
Controversias con los Heréticos
*
Exégesis Bíblica
*
Exposición Dogmática y Moral
*
Pastorales y Predicación
*
Ediciones de las Obras de San Agustín

Autobiografía y Correspondencia

Las Confesiones son la historia de su corazón; las Retractaciones, lo son de su mente; mientras que sus Cartas dan evidencia de su actividad dentro de la Iglesia.

Las Confesiones (hacia el 400 D.C.) son, en el sentido bíblico de la palabra confíteor, no un reconocimiento o una declaratoria, sino la alabanza de un alma que admira la obra de Dios dentro de sí misma. De todos los trabajos del santo doctor, ninguno ha sido más leído y admirado universalmente, y ninguno ha provocado tantas lágrimas curativas como éste. Muy difícilmente puede encontrarse en la literatura otro libro que pueda equipararse con éste en lo referente al análisis penetrante de las más complejas impresiones del alma, a la sensación comunicativa, a la elevación del sentimiento, o a la profundidad de sus visiones filosóficas.

Las Retractaciones (escritas hacia el final de su vida, 426-428) son una revisión en orden cronológico de los trabajos del santo, donde se explican la motivación y la idea dominante de cada uno de ellos. Constituyen una invaluable guía para captar la evolución del pensamiento de Agustín.

Las Cartas, que ascienden a 270 dentro de la colección Benedictina (53 de ellas corresponden a remitentes de Agustín), son un tesoro de gran valor para profundizar en el conocimiento de su vida, de su influencia e, incluso, de su doctrina.

Filosofía

Estos escritos, en su mayoría redactados en la villa de Casisiaco, durante el lapso transcurrido desde su conversión hasta su bautismo (387-388), complementan la autobiografía del santo, permitiéndonos asomarnos a las indagaciones y vacilaciones Platónicas de su mente. Hay en ellos menos libertad que en las Confesiones. Son ensayos literarios, escritos cuya simplicidad es la cumbre del arte y la elegancia. En ninguna otra parte es tan refinado el estilo de Agustín; en ningún otro es tan puro su lenguaje. Dados en forma de diálogos, estos documentos parecerían haber sido inspirados por Platón y Cicerón. Los principales son:

Contra Academicos (el más importante de todos);

De Beatâ Vitâ;

De Ordine;

Los dos libros de Soliloquios, que no han de confundirse con los "Soliloquios" y las "Meditaciones", que ciertamente no son auténticos;

De Immortalitate animæ;

De Magistro (un diálogo entre Agustín y su hijo Adeodato); y

Seis libros curiosos (especialmente el sexto) sobre Música.

Apología General

En La Ciudad de Dios (iniciado en el año 413, aunque los libros 20-22 fueron escritos en 426) Agustín contesta a los paganos, quienes atribuían la caída de Roma (410) a la abolición del culto pagano. En vista de este problema de Providencia Divina con respecto al imperio romano, San Agustín amplía todavía más el horizonte y, en una explosión de gracia, inaugura la filosofía de la historia, abarcando –como él lo hace– de un solo golpe de vista los destinos del mundo agrupados en torno a la religión Cristiana, como la única que volvería a los comienzos y conduciría a la humanidad a su destino final. La Ciudad de Dios es considerada por la mayoría como la obra más importante del gran obispo. El resto de sus trabajos interesan principalmente a los teólogos; pero dicha obra, al igual que las Confesiones, pertenece a la literatura general y concierne a toda alma. Las Confesiones son teología que ha sido vivida en el alma, y la historia de la acción de Dios en un individuo, mientras que la Ciudad de Dios es teología enmarcada en la historia de la humanidad, y explica la acción de Dios en el mundo. Otros escritos apologéticos, como el "De Verâ Religione" (una pequeña obra maestra compuesta en Tagaste, 389-391), "De Utilitate Credendi" (391), "Liber de fide rerum quæ non videntur" (400), y la "Carta 120 a Consencio", hacen de Agustín el gran teórico de la Fe y de sus vínculos con la razón. "Él es el primero de los Padres...", elucubra Harnack (Dogmengeschichte, III, 97) "... que sintió la necesidad de subordinar su fe al raciocinio". Y, ciertamente, él –que tan reiteradamente afirma que la fe precede a la comprensión intelectual de las verdades reveladas– es quien con mayor claridad de definición y con mayor precisión que nadie, delinea la función de la razón como antecesora y verificadora de la profesión de fe del testigo, y como acompañante del acto de adhesión de la mente. (Carta a Consencio, n. 3, 8, etc.). Cuál no habría sido la estupefacción de Agustín si alguien le hubiese dicho que la fe debe cerrar los ojos a las pruebas del testimonio divino, ¡so pena de convertirse ella misma en ciencia! O si alguno le hubiese hablado de la fe como autoridad que da su consentimiento, ¡sin examinar motivo alguno que pueda probar la validez del testimonio! Ciertamente la mente humana se rehusa a aceptar testimonio alguno sin que existan motivos razonados para tal aceptación, como tampoco es posible que un testimonio cualquiera, aún siendo producto de la erudición, pueda proporcionar la ciencia –la visión interior– del objeto.

Controversias con los Heréticos

Contra los Maniqueos:

"De Moribus Ecclesiæ Catholicæ et de Moribus Manichæorum" (en Roma, 368);

"De Duabus Animabus" (antes de 392);

"Actas de la Disputa con Fortunato el Maniqueo" (392);

"Actas de la Conferencia con Félix" (404);

"De Libero Arbitrio" – muy importante tratado sobre la naturaleza del mal;

Varios escritos "Contra Adimantum";

contra la Epístola de Maní (la fundación);

contra Fausto (alrededor del 400);

contra Secundino (405), etc.

Contra los Donatistas:

"Psalmus contra partem Donati" (alrededor del 395), una melodía puramente rítmica para uso popular (el más antiguo ejemplo en su clase);

"Contra epistolam Parmeniani" (400);

"De Baptismo contra Donatistas" (año 400, aprox.), una de las piezas más importantes en esta controversia;

"Contra litteras Parmeniani,"

"Contra Cresconium,"

un buen número de cartas referentes a este debate.

Contra los Pelagianos, en orden cronológico, tenemos:

412, "De peccatorum meritis et remissione" (acerca del mérito y el perdón);

mismo año, "De spiritu et litterâ" (sobre la letra y el espíritu);

415, "De Perfectione justitiæ hominis" – importante para comprender la impecabilidad Pelagiana;

417, "De Gestis Pelagii" – la historia del Concilio de Dióspolis, cuyas actas reproduce;

418, "De Gratiâ Christi et de peccato originali";

419, "De nuptiis et concupiscentiâ" y otros escritos (420-428);

"Contra Julián de Eclanum" – último escrito de esta serie, interrumpido por la muerte del santo.

Contra los Semipelagianos:

"De correctione et gratiâ" (427);

"De prædestinatione Sanctorum" (428);

"De Done Perseverantiæ" (429).

Contra el Arrianismo:

"Contra sermonem Arianorum" (418) y

"Collattio cum Maximino Arianorum episcopo" (la conferencia de Hipona celebrada en 428).

Exégesis Bíblica

En su obra "De Doctrinâ Christianâ" (iniciada en 397 y concluida en 426), Agustín nos brinda un auténtico tratado sobre exégesis, que históricamente es el primero (ya que San Jerónimo escribió más propiamente como polemista). En varias ocasiones intentó un comentario sobre el libro del Génesis. El gran trabajo titulado "De Genesi ad litteram" fue escrito de 401 a 415 D.C. Las "Enarrationes in Psalmos" son una obra maestra de elocuencia popular, y están provistas de una cadencia y una calidez inimitables. Acerca del Nuevo Testamento: su "De Sermone Dei in Monte" (dado durante su ministerio sacerdotal) es especialmente digno de mención; "De Consensu Evangelistarum" (Concordancia de los Evangelios, 400); Homilías de San Juan (416), clasificadas generalmente entre los principales trabajos de Agustín; la "Exposición de la Epístola a los Gálatas" (324), etc. Sus trabajos bíblicos más notables ilustran ora una teoría de la exégesis (de aceptación generalizada) que se deleita en encontrar interpretaciones místicas o alegóricas, ora un estilo de predicación fundamentado en esa visión. Algunos estudiosos opinan que el trabajo estrictamente exegético de Agustín está lejos de igualar en valor científico al de San Jerónimo. Su conocimiento de los idiomas bíblicos era insuficiente: leía el Griego con dificultad; en cuanto al Hebreo, todo lo que podemos sacar en claro de los estudios de Schanz y Rottmanner es que Agustín estaba familiarizado con el Púnico, un dialecto afín al Hebreo. Más aún, las dos magníficas cualidades de su genio –un fervoroso sentimiento y una sutileza prodigiosa– le condujeron hasta el extremo de ofrecer interpretaciones que resultaban violentas, aunque no por ello menos sólidas.

Pero la hermenéutica de Agustín es muy digna de elogio, especialmente por su insistencia en la rigurosa ley que prescribe prudencia extrema en la determinación del significado de las Escrituras: Debemos cuidarnos de emitir interpretaciones que sean riesgosas u opuestas a la ciencia, pues ello expondría la palabra de Dios al vilipendio de parte de los no creyentes (De Genesi ad litteram, I, 19, 21, particularmente el n. 39). Una aplicación admirable de su bien fundada libertad es la que aparece en su tesis relativa a la creación simultánea del universo, y al paulatino desarrollo del mundo bajo la acción de las fuerzas naturales implantadas en él. Ciertamente, el acto instantáneo del Creador no produjo un universo organizado tal como lo vemos ahora. Por el contrario, en el principio, Dios ha creado todos los elementos del mundo en una masa confusa y nebulosa (las palabras empleadas por Agustín son: Nebulosa species apparet; "De Genesi ad litt." I, n. 27), y en dicha masa se encontraban los misteriosos gérmenes (rationes seminales) de los futuros seres, los cuales habrían de desarrollarse cuando las circunstancias así lo permitieran. ¿Es entonces Agustín un Evolucionista?

Si con esto último estamos sugiriendo que Agustín poseía una percepción mental más aguda y amplia que la de otros pensadores, sobre las fuerzas de la naturaleza y la plasticidad de los seres, esto es un hecho irrefutable; y desde este punto de vista, el padre Zahm (Biblia, Ciencia y Fe, pp. 58-66, trad. Francesa) atinadamente felicita a Agustín por haber sido el precursor del pensamiento moderno. Pero si lo que queremos decir es que San Agustín concedía a la materia un poder de diferenciación o de transformación gradual, merced a la cual pasa de lo homogéneo a lo heterogéneo, los textos más serios nos orillan a reconocer que Agustín proclamó la inminencia de las especies, y que no admitía la afirmación de que "a partir de un principio primitivo idéntico, o a partir de un germen, pueden generarse realidades diferentes". La siguiente apreciación del Abate Martin, contenida precisamente en su estudio sobre este tema (S. Agustín, p. 314), se añade a la conclusión del padre Zahm. "Los elementos de este mundo corporal poseen asimismo una fuerza bien definida, y una cualidad distintiva, de lo cual depende lo que cada uno de ellos pueda o no pueda hacer, y lo que la realidad deba o no generar a partir de cada uno de ellos. Por consiguiente, se tiene que de un grano de trigo no puede generarse un frijol, ni trigo a partir de un frijol, ni un hombre a partir de una bestia, ni una bestia a partir de un hombre" " (De Genesi ad litt., IX, n. 32).

Exposición Dogmática y Moral

Los quince libros que integran la obra De Trinitate, en los cuales trabajó durante quince años, del año 400 al 416, constituyen el más profundo y elaborado de los trabajos de San Agustín. Los últimos libros, referentes a las analogías que el misterio de la Trinidad tiene con nuestra alma, son muy polémicos. El santo mismo declara que son meramente analógicos, muy ambiciosos y oscuros. El Enchiridion, o manual sobre la Fe, la Esperanza y el Amor, redactado en el año 421 a petición de un Romano devoto llamado Laurencio, es una síntesis admirable de la teología Agustiniana, reducida a las tres virtudes teologales. El padre Faure nos ha proporcionado un docto comentario de esta obra, y Harnack, un análisis pormenorizado de ella (History of Dogmas, III, pp. 205, 221).

Varios volúmenes de cuestiones diversas, entre los cuales "Ad Simplicianum" (397) ha sobresalido especialmente.

Incontables escritos de Agustín tienen una finalidad práctica: dos de ellos acerca de "La Mentira" (374 y 420), cinco más sobre "Continencia", "Matrimonio" y "Viudez en Santidad"; uno acerca de "La Paciencia", y otro sobre "Plegarias por los Difuntos" (421).

Pastorales y Predicación

La teoría relativa a la predicación y a la instrucción religiosa de la gente viene dada en su "De Catechizandis Rudibus" (400) y en el libro cuarto de "De Doctrinâ. Christianâ". El trabajo retórico por sí solo es de gran extensión. Además de las homilías Bíblicas, los Benedictinos han recopilado 363 sermones que son ciertamente auténticos; la brevedad de estos escritos sugiere que son estenográficos, y a menudo corregidos por Agustín mismo. Si el Doctor en él predomina sobre el orador, o si acaso exhibe menos color, opulencia, actualidad o encanto oriental que San Juan Crisóstomo, encontramos en Agustín, a cambio, una lógica más vigorosa, comparaciones más osadas, mayor elevación y mayor profundidad de pensamiento, y, algunas veces, en sus erupciones de emoción y en sus audaces incursiones a la forma dialogal, Agustín logra la fuerza irresistible del orador Griego.

Ediciones de las Obras de San Agustín

La mejor edición de sus obras completas es la de los Benedictinos, once tomos de ocho volúmenes en folio (París, 1679-1700). Esta colección ha sido reimpresa frecuentemente, por ej. por Gaume (París, 1836-39), en once volúmenes en octavo, y por Migne, PL 32-47. El último volumen de la reimpresión de Migne contiene algunos importantes estudios previos sobre San Agustín -- Vivès, Noris, Merlin, especialmente la historia literaria de las ediciones de Agustín, tomada de la "Bibl. Hist. lit. patrum lat" de Schönemann (Leipzig, 1794).

EUGÈNE PORTALIÉ
Transcrito por Dave Ofstead

viernes, 19 de noviembre de 2010

MADRE DE DIOS Y MADRE NUESTRA

MADRE DE DIOS

Y

MADRE NUESTRA

INICIACIÓN A LA MARIOLOGÍA

Novena edición revisada

EDICIONES RIALP. S.A.

MADRID

Primera edición: febrero 1996

Novena edición [española] revisada: febrero 2008

Con aprobación eclesiástica del Arzobispado de Madrid, febrero 1996

INTRODUCCION

La fe católica es cristocéntrica. Cristo Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es principio y fin, alfa y omega, el gran pontífice que ha restablecido la unión del hombre con Dios mediante su encarnación, vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión a los cielos. Así ha roto las cadenas que nos hacían esclavos de nuestras pasiones ‑desordenadas por el pecado ‑; del demonio, que por el pecado ejerce cierto poder sobre el pecador; y de la muerte, que es la consecuencia más dramática de la ruptura con Dios que el pecado causa. A la vez, Jesucristo nos ha merecido una elevación (por participación) a la vida divina ‑, esto es, a la vida de la Gracia, con las virtudes sobrenaturales, los dones y frutos del Espíritu Santo ‑, más elevada e íntima que aquella que gozaron nuestros primeros padres en el paraíso. Jesucristo, de un modo que no hubiéramos podido soñar, nos ha hecho hijos de Dios y nos ha abierto las puertas del Cielo. La Redención pues, de hecho, no es sólo «rescate» de la esclavitud que implica el pecado, sino «justificación», «santificación».

La misericordia divina resplandece en la encarnación del Verbo y en toda su obra salvífica. Sólo Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, es mediador perfecto entre Dios y los hombres, capaz de unir en El, Dios a los hombres y los hombres a Dios. Según la conocida expresión de San Pablo: «Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también» [1]. Pero Cristo Jesús no es un «mediador solitario». Así como Dios es el único Bueno [2], por Esencia, pero hace partícipes de su bondad a todas sus criaturas en diferentes grados y modos, así también ha querido hacer partícipes de su mediación a los hombres. Jesucristo, siendo el único Redentor, ha querido asociar a todos los hombres a tomar parte activa en su obra salvífica[3], al extremo de que podamos llamarnos, legítimamente, corredentores con Cristo.

De manera singular y sublime, Jesús ha querido unir a su ser y a su misión de Hombre Salvador a la Virgen María, Madre suya por obra del Espíritu Santo. En la actual economía de la Redención, ya no puede entenderse cabalmente la salvación realizada por Cristo, sin la singular presencia activa de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, adornada por el Creador con privilegios extraordinarios, que vamos a resumir aquí. María ha sido singular y «valerosa solidaria» de la obra redentora de Cristo Jesús [4].

Ella en modo alguno nos puede alejar de Cristo. Al contrario, «nadie en la historia del mundo ha sido más cristocéntrico, más cristo‑foro (portador de Cristo) que Ella. Nadie ha sido más semejante a Cristo, no sólo con la semejanza natural de la madre con el Hijo, sino con la semejanza del Espíritu y de la santidad» [5]

Dios podía salvarnos de diversas maneras. Quiso hacerlo - y la Iglesia reconoce que hay poderosas razones para ello - del mejor modo posible. Quiso asumir nuestra condición humana - salvo el pecado - y nacer de mujer. La respuesta de María fue en todo libérrima y por eso puede participar meritoriamente en todo lo largo y lo ancho del misterio de la redención y santificación de la humanidad.

Como es lógico, la primera edición del presente libro fue elaborada básicamente bajo la inspiración del extenso y vigoroso Magisterio de Juan Pablo II. En esta novena edición hemos procurado recoger los textos más significativos del Magisterio de Benedicto XVI –también los anteriores a su elevación a la cátedra de Pedro- hasta la fecha (6 de enero de 2008) relativos a lo aquí tratado. Hemos ampliado un poco –no todo lo que desearíamos- los temas Maternidad espiritual de María, “Corredención” y Culto a la Madre de Dios. Hemos procurados explicar mejor algunos puntos particulares y confío en que haya sido para una mejor comprensión del misterio mariano. Me hubiera gustado haber añadido un capítulo específico sobre la relación entre María y la Iglesia: el espacio disponible no lo ha permitido. Espero una ulterior ocasión y que los interesados acudan a la buena bibliografía de estos últimos lustros, que fácilmente puede encontrarse, sobre todo en los textos de Juan Pablo II y Benedicto XVI, tan asequibles ahora por medio de Internet (www.vatican.va)

El autor

CAPITULO I

LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA VIRGEN

Un poco de historia

En el siglo V, a los cristianos de Oriente ya les resultaba bastante familiar la palabra Theotókos, que significaba “aquella que ha engendrado a Dios”, es decir, Deípara o Madre de Dios. El patriarca de Constantinopla era a la sazón Nestorio (año 428). Sabía que no se trataba de una nueva versión de las teogonías o fábulas paganas en las que ciertos personajes se convertían en "diosas" o "dioses"; nada más ajeno al pensamiento cristiano, incluido el de aquella época. Su problema era más complicado. Nestorio creía que el Cristo era un sujeto humano, unido pero distinto al Verbo; un hombre extraordinario, unidísimo a la Divinidad, pero no verdadero Dios. María podía ser llamada Cristotókos, Madre del Cristo; pero, de ningún modo, Theotókos.

Hacía un siglo, el Concilio de Nicea, año 325, había proclamado al Logos, «consubstancial» con el Padre (Dios Eterno). Nestorio no podía concebir que una mujer pudiera engendrar y alumbrar al Logos hecho hombre. No cabe minimizar la dificultad desde una perspectiva meramente racional, pero la fe recibida de la Iglesia así lo requería, el pueblo fiel lo creía firmemente y advertidos el Papa Celestino y san Cirilo confirmaron la verdad cristológica: el Logos del Padre, Segunda Persona de la Trinidad, consubstancial al Padre, ha asumido una naturaleza humana, de modo que, sin dejar de ser lo que era, se hizo lo que no era. Para despejar cualquier duda posible, se convocó un nuevo Concilio, el de Éfeso, año 431.

Hacia la inteligibilidad del misterio

Pero antes de adentrarnos en las definiciones del Magisterio sobre el misterio de Cristo y de la Maternidad divina, es conveniente que nos acerquemos a su inteligibilidad, esclareciendo dos conceptos que hemos de utilizar necesariamente para comprender tanto la unidad de Cristo como la maternidad divina de María: se trata de los conceptos de “naturaleza” y de “persona”.

Que María sea Madre de Dios implica otro misterio elevadísimo, quizá el de más difícil comprensión para los hombres: el de la Encarnación del Verbo, por la cual, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumió una naturaleza humana formada en el seno de María Virgen, de manera que el hombre así concebido es hombre verdadero, pues verdaderamente humana es la naturaleza creada que asumió y posee, sin dejar por ello de ser Dios. Aunque no sea comprensible o abarcable por la humana razón, este misterio es inteligible, no se opone a la luz de nuestro intelecto, aunque la supere infinitamente.

Naturaleza y persona

Después de las controversias de los primeros siglos sobre el ser de Cristo, para expresar el misterio del Dios-Hombre, la Iglesia se ha servido de las palabras que traducimos al castellano por “naturaleza” y “persona”. No son términos sinónimos: designan principios realmente distintos, aunque de hecho no haya naturaleza humana sin que esté dotada de “personeidad”, ni persona (humana) que no posea una naturaleza (humana). Nuestra lengua refleja muy certeramente esa distinción, confirmando que no se trata de una sutileza fabricada artificiosamente para explicar algo esotérico o inextricable. En efecto: no es lo mismo preguntar con la palabra “qué” que con la palabra “quién”.

‑Tú, ¿qué eres?

La respuesta puede ser:

‑Yo soy hombre. Es decir soy un individuo de la especie humana; tengo una naturaleza humana, soy humano.

Y ahora una pregunta distinta:

‑Tú, ¿quién eres?

Una respuesta justa sería:

‑Yo soy Pedro. Es decir, en rigor “yo” no soy ante todo un “qué”, soy un “quién”; no soy “algo”, soy “alguien”. Más bien “tengo” una “naturaleza” y “soy” una “persona”.

Las consideraciones metafísicas pertinentes, podrían complicar mucho nuestro discurso, pero es fácil entender que no es lo mismo un “qué” que un “quién”, no es lo mismo lo que llamamos “naturaleza”, que lo que llamamos “persona”. Esta distinción es absolutamente necesaria para entender que no es absurdo ni imposible que una naturaleza humana pueda pertenecer a una persona no humana.

La persona es el sujeto necesario de cualquier naturaleza humana individual. No es pensable lo contrario. Pero sí es pensable, en cuanto nos lo sugiere la Revelación, que Dios pueda crear una naturaleza humana de tal modo que el “yo” de esa naturaleza, es decir, el sujeto que la tiene y sostiene, sea un “Yo” divino, es decir, una de las Personas de la Santísima Trinidad. Es éste un misterio verdaderamente inabarcable. No hubiéramos podido imaginar que Dios ‑ el Dios único, creador y trascendente ‑ pudiera hacer y querer una cosa así; pero una vez sabido, no repugna a la razón. Repugnaría, si naturaleza y persona fueran términos sinónimos. Contradictorio sería que una naturaleza humana fuera a la vez divina o viceversa. Pero no lo es que una Persona divina, sin dejar de ser Dios, es decir, sin dejar de poseer la naturaleza divina, venga a tomar posesión de una naturaleza humana hasta el punto de que El mismo se haga Sujeto de esa humanidad.

La fe católica enseña que Dios, a la vez que formó una naturaleza humana en el seno inmaculado de María, se hizo Sujeto del hombre concebido en María por obra del Espíritu Santo. De manera que, desde el instante en que la Virgen dijo “fiat”, El Verbo pudo decir: “este hombre soy Yo”. Jesús, engendrado por obra del Espíritu Santo, es verdadero hombre porque tiene una naturaleza real y perfectamente humana. Y es verdadero Dios, porque la persona que sustenta esa naturaleza no es otra que la del Verbo. El Verbo - Dios eterno -, misteriosamente, viene a ser hombre: uno de nuestra misma especie, alguien con una naturaleza igual a la nuestra (salvo el pecado), pero con una singularidad irrepetible: ese hombre es el Verbo. El “yo” de ese hombre, Jesús, es el “Yo” divino del Verbo.

La persona no es el cuerpo, ni el alma; ni el cuerpo y el alma unidas. Cuerpo y alma componen la naturaleza humana, hacen a un hombre perfecto y completo. Pero decir persona es decir más que hombre perfecto: es decir sujeto irreductible, independiente, autónomo respecto a cualquier otro; del que predicamos la generación, la concepción, el nacimiento, la filiación. En este sentido, el “sujeto” de Jesús, o, más exactamente, el “sujeto” llamado Jesús, hijo de María, es verdaderamente el Verbo.

En Cristo, pues, no hay persona humana, lo que no obsta para que su naturaleza humana sea perfecta: tiene todas las perfecciones que tiene o puede tener cualquier naturaleza humana. También está sostenida, actualizada, vivificada, por una persona, con la particularidad de que ésta es la Segunda de la Santísima Trinidad. María engendró, por obra del Espíritu Santo a un verdadero hombre que era, desde el primer instante de su existencia, verdadero Dios.

Que María es Madre del hombre Jesús, no tiene duda, por la sencilla y contundente razón de que le da todo lo que una madre da a su hijo. Pero es preciso añadir enseguida: el “quién” de Jesús es el de la Segunda Persona de la Trinidad. Ahora bien, las verdaderas madres lo son del hijo completo, es decir, de la naturaleza y de la persona. Es lógico, porque persona y naturaleza son realidades distintas, pero no separables. De ahí que justa y verdaderamente se llame a María Madre de Dios, por haber engendrado la naturaleza humana de Jesús, cuya persona es divina. Volvamos a decir: María da a Jesús - es decir, a Dios Hijo - todo lo que una madre da a su hijo. Ella es, pues, sin lugar a dudas y en un sentido propio, Madre de Dios Hijo.

Esta explicación encaja perfectamente con la formulación católica del dogma, definido por la Iglesia en el Concilio de Éfeso (año 431) frente a los errores de Nestorio: “la Santa Virgen es Madre de Dios, pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne” [6]. El Concilio de Calcedonia enseñó que Cristo fue “engendrado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto a la humanidad” [7]. Y añade que no puede llamarse a “la Virgen María Madre de Dios en sentido figurado” [8], hay que afirmarlo en sentido propio.

A lo largo de la Historia de la Iglesia, el Magisterio, sin cesar, ha ido saliendo al paso de los distintos errores acerca del misterio de la Maternidad divina, afirmando, entre otras cosas, que Jesucristo:

-«El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado»[9].

‑«Ni tomó un cuerpo celeste que pasó por el seno de la Virgen a la manera que el agua transcurre por un acueducto» [10], como pensaban los gnósticos;

‑«De la Virgen nació su cuerpo sagrado (el de Cristo), dotado de alma racional, al cual se unió hipostáticamente el Verbo de Dios» [11]

El último Concilio Ecuménico Vaticano II, haciéndose eco de la constante enseñanza de la Iglesia, afirma en la introducción del capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen gentium que «efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del Ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor». [12] El Papa Juan Pablo II no se cansaba de recordar este gran misterio, para gozo y fortaleza de todos los fieles [13].

La Maternidad divina de María en la Sagrada Escritura

Aunque no con la claridad del Nuevo Testamento, en el Antiguo, no faltan veladas alusiones al misterio que estamos estudiando[14]. Comenzando por Eva, a pesar de su desobediencia, porque de su linaje saldrá una vencedora del Maligno y verdadera “madre de los vivientes” [15]. Sara, en edad avanzada, concebirá un hijo [16] y se le dirá, como a María, que “nada es imposible para Dios” [17]. María concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre es Emmanuel [Dios con nosotros]” [18]. Judit será “bendita entre las mujeres” [19]. Y preanuncios (tipos) claros de María son también Débora, Rut, Ester y muchas otras. También aparece en el Antiguo Testamento una figura llamada gebirah, o madre del rey, reina madre, con dignidad y poderes ante el mismo rey. Por ejemplo, Salomón se postra delante de su madre Betsabé y la sienta en su trono [20]. Veremos a María coronada por la Trinidad como Reina y Señora de todo lo creado. Finalmente, varios profetas hablan simbólicamente de una “Hija de Sión” que representa el misterio del pueblo de Israel en los tres aspectos de Esposa, Madre y Virgen, que se realizarán plenamente en el misterio de María.

En el Nuevo Testamento la maternidad divina de María se afirma implícitamente, siempre que habla de Ella como “Madre de Jesús”, el cual declaró sin lugar a dudas que es Dios, cosa que entendieron muy bien sus enemigos, los cuales en ello vieron blasfemia y encontraron pretexto para llevarle a la cruz [21]. El texto más primitivo es Gálatas 4, 4-5, donde el Apóstol menciona a María sin nombrarla. Dice de Jesús que fue «nacido de mujer» [22]. Marcos llama a Jesús «hijo de María» e «Hijo de Dios» [23]. En Mateo y Lucas la palabra Madre se emplea tanto en el relato de la Concepción como en el del Nacimiento [24]; al anunciar a María, el Ángel le dice: “concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús” [25].

El Nuevo Testamento enseña también explícitamente el misterio:

El ángel dice a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo, será llamado hijo de Dios” [26].El hijo de María se llamará «Emmanuel ... Dios con nosotros» [27]. A José, el Ángel le anuncia que Jesús «salvará a su pueblo» (1, 21c), expresión que en el AT se reserva a Dios. Y que lo salvará «de sus pecados» (1, 21d), poder que se atribuye sólo a Dios [28]. Ilustrada por el Espíritu Santo, Isabel saluda a María, «¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” [29]. Los judíos llamaban a Dios “su Señor». Y por el contexto tanto el próximo como el remoto, hay que entender aquí el título de “Señor” en sentido trascendente, divino.

Los Padres más cercanos a la enseñanza de los Apóstoles, como San Ignacio de Antioquía (+ 107), hablan de la maternidad divina de María. Cabe destacar a San Justino (+ 165), San Ireneo (+ 202), Tertuliano (+ 220/230), San Hipólito (+ 235). Orígenes es el primero que nos da noticia de la feliz fórmula «Theotókos» (=Madre de Dios), que encontramos luego en autores tan importantes como San Atanasio, San Dídimo, San Gregorio de Nisa, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio de Salamina, San Juan Damasceno. El término latino equivalente se encuentra en San Ambrosio de Milán, San Jerónimo y otros.

Dignidad de la Madre de Dios

«Por el hecho de ser Madre de Dios, afirma santo Tomás de Aquino, tiene una dignidad en cierto modo infinita, a causa del bien infinito que es Dios. Y en esa línea no puede imaginarse una dignidad mayor, como no puede imaginarse cosa mayor que Dios» [30]. «Ella es la única que junto con Dios Padre puede decir al Hijo de Dios: Tú eres mi Hijo» [31]. En la misma línea, dice Cayetano: «María, al concebir, dar a luz y alimentar con su leche al Dios humanado, llegó a los confines de la divinidad con su operación propia y natural» [32].

Es cierto que hay un riesgo de exceso verbal en la proclamación de la excelsa dignidad de María. El Concilio Vaticano II «exhorta con empeño a los teólogos y a los predicadores de la palabra divina a que, al considerar la dignidad singular de la Madre de Dios, se abstengan cuidadosamente, tanto de toda falsa exageración como de una excesiva estrechez de espíritu» [33].

Exageración sería considerar a la Virgen revestida de una dignidad divina sin conexión con quien Ella sabe que debe todo cuanto es y puede: su Hijo. La maternidad divina es evidentemente un don sobrenatural del todo gratuito. María se sabe “esclava del Señor”, conoce que su dignidad se debe enteramente a su Creador y Redentor. Pero no podrá considerarse nunca justamente como exageración lo que el Magisterio mismo y la Liturgia de la Iglesia (lex orandi, lex credendi) afirman de Ella: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Sagrario del Espíritu Santo. Para orientarse, bastaría leer el capítulo VIII de Lumen Gentium; o cualquiera de los documentos Marianos pontificios: por ejemplo, la Encíclica de Pablo VI Ecclesiam suam. Así por ejemplo, «la liturgia no duda en llamarla “madre de su Progenitor” y saludarla con las palabras que Dante Alighieri pone en boca de San Bernardo: “hija de tu Hijo”» [34]. El resumen puede ser: «más que Ella sólo Dios» [35].

Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo

Juan Pablo II ha insistido en esta fórmula - Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo - que pone de manifiesto de un golpe de vista la dignidad excelsa de María [36]. María es de un modo eminente hija de Dios Padre. Es la única criatura que puede decir con Dios Padre a Dios Hijo: “¡Hijo mío!”.

María es Esposa del Espíritu Santo, no por cierto en el mismo sentido en que una mujer es esposa de un varón, pero sí en el sentido de que es el Espíritu Santo quien la llena de gracia, la introduce en la intimidad de la vida intratrinitaria y después «plasma en su seno virginal la naturaleza humana de Cristo» [37]. Aunque este título fue discutido con ocasión del Concilio Vaticano II, que concluyó sin usarlo, sin embargo lo han hecho posteriormente Pablo VI y Juan Pablo II [38].

Sede de todas las gracias

Predestinada a ser Madre de Dios, María había de ser también predestinada a ser digna Madre de Dios [39]. Era necesario, según la lógica divina, que en el corazón de María hubiese un afecto que aventajase todo lo natural, que alcanzase hasta el supremo grado de Gracia, a fin de que tuviese para su Hijo los sentimientos dignos de una Madre para un Hijo‑Dios.

Del misterio de la plenitud de Gracia en María se han señalado, entre otros, tres aspectos:

a) la total ausencia de pecado y la perfección de todas las virtudes en el alma de María [40].

b) Lo que Santo Tomás llama refluentia o redundantia de la gracia del alma sobre la materialidad del cuerpo de María, que se encontró siempre de algún modo - muy misterioso para nosotros - “introducida” en la vida íntima de la Trinidad.

c) Como consecuencia de lo anterior, María es, en cierto modo, fuente de Gracia para los hombres (en unión, subordinada, por participación, de Cristo) [41].

El misterio de la «Gratia plena» nos introduce en el que vamos a estudiar a continuación: la Inmaculada Concepción de María Santísima.

Reflexiones pedagógicas

Para poder adquirir el certificado del Curso de Mariología

deberá responder las preguntas de todos los envíos

y enviarlas -todas juntas- al final.

1.- ¿Qué quiere decir que Nuestro Señor Jesucristo no es un “mediador solitario”?

2.- ¿Quién ha sido la persona más cristocéntrica de la historia de la humanidad?

3.- ¿Quién era y que creía Nestorio?

4.- ¿Naturaleza y persona son términos sinónimos?¿Por qué?

5.- Jesús, engendrado por obra del Espíritu Santo, ¿es verdadero hombre?

6.- En Cristo, ¿hay una persona humana? ¿Qué personalidad tiene Cristo?

7.- ¿Por qué llamamos a María “La Madre de Dios”?

8.- ¿De quién es la feliz fórmula «Theotókos»? ¿Qué quiere decir?

9.- ¿De dónde proviene la dignidad de la Virgen María?

10.- ¿ Qué escribió San Josemaría Escriva en el 496 de Camino?



1 1 Tim 2, 5.

[2] Cfr. Mt 19, 17.

[3] Cfr. LG, n. 60.

[4] Juan Pablo II, Alocución, Turín, 13-IV-1980.

[5] Juan Pablo II, Homilía en la Basílica de Santa María la Mayor, Roma, 8‑XII‑1980.

[6] DS 252.

[7] DS 301.

[8] DS 427.

[9] CEC, 470. Cfr. GS 22,2; Concilio de Efeso, Carta II de San Cirilo a Nestorio, año 1931; Concilio de Calcedonia, año 451; Concilio II de Constantinopla, can. 6, año 553.

[10] Concilio Florentino, Bula Cantate Domino, 4‑II‑1442.

[11] Concilio de Efeso, Carta II de San Cirilo a Nestorio, año 431.

[12] LG, cap VIII, num. 53.

[13] RCfr., RM, num 4.

[14] Cfr. CEC, n 489.

[15] Gen 3, 15. Analizaremos más adelante este texto.

[16] Cfr. Gen 18, 10-14; 21, 1-2.

[17] Cfr. Gen 18, 14 y Lc 1, 37.

[18] LG n. 55.

[19] Cfr. Judit 13, 18-19 y Lc 1, 42.

[20] Cfr.1 Reg 2, 12-20. En Mt 1, 22-23; 2, 11; Lc 1, 32b-33; 1, 43, se percibe el eco de esta figura.

[21] Cfr. Jn 10, 30-33.

[22] Cfr. LG VIII y RM núm 1.

[23] Cfr. Mc 1, 1; 12, 6-8; 13, 22; 15, 19.

[24] Cfr. Mt 1 y Lc 2.

[25] Lc 1, 31.

[26] Lc 1, 31.

[27] Mt 1, 23b-c. Este texto de san Mateo se entiende en sentido verdaderamente divino, ya que confiesa la divinidad de Jesús resucitado.

[28] Cfr. Mt 9, 2-3; Mc 2, 7.

[29] Lc 1, 43.

[30] Santo Tomás, S. Th., I, q. 25, a. 6, ad 3.

[31] S. Th. III, q. 30, a. 1.

[32] Cfr. S. Th. I-II, q. 103, a. 4, ad 2.

[33] LG, 67.

[34] RM, n. 10.

[35] Cfr. San Josemaria Escrivá, Camino, 496.

[36] RM, n. 8.

[37] RM, n. 1.

[38] Cfr. Pablo VI, MC, AAS 66 (1974) 173 ss.; RM n. 26.

[39] Cfr. LG 56; CEC 490.

[40] LG 53; InD.

[41] Vd. Fernando Ocáriz, María y la Trinidad, en Scrip. Theol. 20 (1988/2-3), pp. 771-772 b.

Capítulo II LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Capítulo II

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

[Antonio Orozco Delclós, Introducción a la Mariología]

El dogma

El Dogma de

Capítulo II LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Capítulo II

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

[Antonio Orozco Delclós, Introducción a la Mariología]

El dogma

El Dogma de

Capítulo IV LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

[Antonio Orozco Delclós, Introducción a la Mariología]

La definición dogmática

El día 1 de noviembre de 1950, Pío Xll definía solemnemente un nuevo dogma de fe: «Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste» ([1]). Asimismo el Concilio Ecuménico Vaticano II reiteró: «La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo» ([2]). El Catecismo de la Iglesia Católica se expresa con términos idénticos: «La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos» ([3])

El sentido de la definición del dogma es claro: la Virgen María está no sólo con su alma, también con su cuerpo resucitado, junto a su Hijo, en el Cielo. Como sucede con el misterio de la Inmaculada, no se encuentra en la Sagrada Escritura una afirmación explícita de esta verdad, pero, la Bula Munificentissimus Deus enseña que «todas las razones y consideraciones de los Santos Padres y de los teólogos [sobre la Asunción] se apoyan como último fundamento en la Sagrada Escritura» [4].

Antes de entrar en los textos sagrados más significativos, aclaremos el significado de los términos que se utilizan en la definición dogmática.

La Sagrada Escritura, la Liturgia y la Teología usan la palabra «Asunción» para expresar acontecimientos diversos: la Ascensión del Señor, la Encarnación, la entrada del alma santa en el Cielo y, en fin, el traslado (paso o «pascua») de